Más allá del cuerpo…

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Me gusta la sensación que deja el poder de la abstracción, es algo parecido al Mindfulness o Atención Plena, en teoría permite estar atentxs de manera consciente a la experiencia del momento presente con tanto interés, curiosidad y aceptación que nos deslocaliza de nuestros propios cuerpos y los pensamientos que lo habitan. Es algo así como agudizar todos los sentidos para disfrutar del momento presente.

El momento presente ¿acaso hay algo más importante que eso?

Pero no hay nada más jodidamente difícil que lograr ese estado de desconexión en donde unx se pueda despojar de todos los pensamientos, si quisiéramos. He probado la meditación y soy, debo reconocerlo, una mala practicante. Empecé durante el confinamiento, tiempo en que descubrí mi fobia al encierro, y sí, soy una más de tantas personas que encontraron algo de satisfacción en sus técnicas. No puedo decir que lo sigo practicando, pero encontré que correr me deja un efecto algo parecido y ya entiendo por qué me gusta tanto. El acto de correr implica de cierta forma una desconexión con la mente y con todo aquello que la sucumbe para dejarnos en un estado de plenitud con cada músculo de nuestra geografía humana.

Correr me lleva a entregarme, a sentir la plenitud del cuerpo en movimiento, a concentrarme en que cada vértebra cumpla su función hasta llegar a su destino. Siempre implica una carrera de esfuerzo, yo simplemente me tengo que planificar el principio y cuál será la meta, lo demás depende de como gestionas en el proceso que tu cuerpo responda a tu plan. Me gusta porque yo tengo el control de ese plan, porque sólo depende de mi el triunfo o el fracaso de la carrera deseada. Las fuerzas pueden flaquear, pero sabes que si no lo logras en esta, lo lograrás en la próxima porque está bajo tu control y es muy fácil prevenir las situaciones sobre las que tenemos gran parte de la capacidad de gestión.

Abstraerme me lleva a pensar en mi cuerpo como una máquina que simplemente nos responde. Nacemos predeterminados genéticamente a ser de una determinada forma física que determina las características fenotípicas que nos definen. La estatura, el color de piel, de los ojos, el grosor de nuestros labios, el tamaño y forma de nuestros ojos, nariz, orejas, la textura de nuestros cabellos, todo lo que conforma nuestra apariencia física termina constituyendo nuestro pasaporte del ser físico y esto termina condicionando muchas veces la aceptación que tendremos socialmente.

¿Acaso importan las formas, los tamaños, las texturas, los colores? Pienso en mi cuerpo como una materia con contrato temporal con la vida. No hay ni existe la posibilidad de concertar nada fijo que lo haga existir “para siempre”, esa quimera que nos hace pensar que las cosas pueden durar “toda la vida” cuando la vida misma tiene un periodo de caducidad determinado. Me hace “existir” pero no me determina, me determina su contenido, lo que conforma esa triada perfecta de pensamientos, emociones y conductas. 

Mi cuerpo es lo tangible, un caparazón que me permite enfrentarme a las luchas externas y ante momentos de debilidad se resiente porque las luchas nos resienten por dentro. Todo es un no parar y es lo que le da sentido a la vida misma. Vivimos para crecer y vencer una carrera de obstáculos que a veces se nos puede hacer demasiado larga, pero en realidad es muy corta.  Los momentos malos acabarán cediendo lugar a otros mejores y viceversa. Siempre pasa, todo pasa, nada es permanente.

Es mi cuerpo el que ahora mismo hace que me encuentre sentada en suelo, con las piernas extendidas, ojos atrapados en cada nueva letra que dejan tocar mis dedos sobre el ordenador. Ya es más de media noche y me dice que está cansado, pero a veces no lo escucho, a veces creo que pide demasiado. Es el termómetro de mi existencia, me deja saber siempre lo que necesito, sólo que a veces va con cierto retraso porque mi mente deja de escucharlo cuando está enfocada en otras cosas. Somos carne, pero también somos esencia y esto último es lo verdaderamente importante. Nuestra esencia es esa que, en palabras del zorro del Principito “es invisible a la vista”. He ahí lo maravilloso y al mismo tiempo lo incierto.

El cuerpo es la materia, aquello que nos hace respirar, mediante lo que visualizamos los estados anímicos. Tiene necesidades: comer, dormir, ejercitarse, medicamentos ante un estado febril o cualquier otra dolencia física, sexo, y otro cúmulo de necesidades fisiológicas que nos exigen su cuidado. Tiene sentido cuidarlo, porque tiene sentido seguir vivos por algo. Un motivo o razón para andar siempre tenemos, podemos perderla de vista un poco, pero volvemos a centrarnos. A veces nos centramos tanto en nosotros mismos que somos incapaces de contemplar nuestro alrededor.

La belleza de contemplar nos permite disfrutar de lo que tenemos y no centrarnos tanto en nuestro ombligo como si fuera lo más importante de este mundo. Somos prescindibles, nuestras vidas se apagarán algún día y queremos trascender, ser recordadxs y está bien. El cuerpo no perdura, lo hace nuestra esencia, nos reviste pero quien habla por y de nosotros es el contenido, eso que nos hace tener o estar desposeidxs de valores.

Somos esencia primero, el resto es solo el mecanismo por el que la verbalizamos. Ambos son importantes porque sin el uno no hay la otra, y debemos de cuidar de ambos, pero también debemos aprender a contemplar otras esencias, esas que están llamadas a despertarnos los sentidos, a veces positiva y otras negativamente. No existen los estados absolutos ni permanentes, nada es estático: te dejas llevar, se acaba una etapa, empieza otra, vuelves a buscarlo, lo encuentras y así hasta que acaba el ciclo de nuestra propia existencia.

Me quedo con el dejarnos llevar, lo que no implica ponernos a merced de una supuesta suerte que va a hacer que venga el mago de Aladino y te conceda los tres deseos con su lámpara mágica. ¡No! es un error romantizar la vida con eventos o situaciones que solo existen en películas. Quiero decir que me quedo con el proceso, contemplo y disfruto de las esencias, me mantengo fiel a la propia, observo las nuevas, sea lo que sea que descubramos en ellas, y a las que de un modo infalible estamos conectadxs.

Más allá del cuerpo somos esencia y hay una realidad siempre cambiante a la que adaptarse y de la que aprender constantemente porque no hay garantías de que cometiendo un error una vez no lo vayamos a volver a cometer. Como cuando aprendes a montar bicicleta de niñx y tras repetidas caídas, dejas de caerte. Luego te haces mayor, sigues con la bici y terminas cayendo al suelo en lo que puede ser la caída más tonta del siglo. No hay garantías de nada.

Llevo horas escribiendo y ya amanece, me dejo llevar…


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