Esperar ¿para qué?

Ann Poan/pexel.com

El tiempo es un coñazo cuando esperas y creo que siempre estamos esperando algo. Vivimos a toda prisa. El caos del mundo en el que, casi siempre, el llegar tarde se penaliza y todavía con más dureza a medida que van pasando los años. Las oportunidades van decreciendo según edades y pueden ser experimentadas de disímiles formas, es como si la humanidad se pusiera de acuerdo para castigar el volvernos cada año más viejos. Todo lo cual nos hace apresurarnos y vivir en un contínuum de batalla contra un tiempo que nos vale oro, ya que de su aprovechamiento dependerá el concretar esas aspiraciones que queremos alcanzar y unos propósitos que definen nuestros más elementales deseos de supervivencia, carrera hacia su consecución podemos llegar a prever desafortunada si no conseguimos lo que queremos HOY.

Y entonces vamos por la vida, tomando, regalando, aprovechando y también desperdiciando tiempo. En el ensayo literario, «Tiempo regalado», Andrea Köhler recorre pasajes clave de distintas obras del pensamiento y la literatura occidentales para hacernos ver que la espera es, seguramente, la más fundamental de las vivencias humanas. Hace dos semanas me regalé esta lectura y estaba ansiosa por compartírselas porque trata un tema que absolutamente a todo ser humano, si no preocupa, al menos concierne.

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«Las distancias son menores, los espacios más estrechos y las unidades de medida del tiempo, fracciones cada vez más pequeñas. Al mismo tiempo, en los centros de la sociedad móvil va creciendo la fila de los que esperan. Ya sea en la antesala del negociado o al final de la cola: la experiencia esencial es una sensación de pérdida de tiempo» (Köhler, 2017, p. 56).

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Esperamos el transporte para trasladarnos. Esperamos el fin de semana para descansar. Esperamos a llegar a casa y poner esa serie que nos tiene enganchados hasta la médula. Esperamos a que llegue el momento adecuado para tomar decisiones importantes. Esperamos a que llegue el ascensor. Esperamos a declararnos en el «momento más oportuno» a esa persona que nos mueve por dentro y por fuera. Esperamos al día siguiente para establecer nuevos hábitos. Esperamos ese momento en que se nos presente la oportunidad de un ascenso que nos haga superarnos profesionalmente.

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«Puedo esperar con obstinación algo ante lo que mi entendimiento me dice que no va a llegar ahora de ninguna manera. Esta esperanza es incorregible, es la del empeño animal del corazón. Lo sé perfectamente: la espera concluirá en tal y tal fecha; sin embargo, la esperanza alimenta notoriamente las chispas de mi deseo contra toda probabilidad. Espero una carta, una llamada, y sé que la persona no escribirá, no llamará antes de tal día, o de tal y tal hora. Y, sin embargo, compruebo una y otra vez si no se habrá cruzado en sus planes algún espíritu benévolo que haya terminado atendiendo a mi deseo» (p. 49).

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Esperamos por temor a recibir una respuesta que no nos gusta, o peor aún, por ese miedo terrorífico que produce la falta de respuesta: el silencio. Pero también esperamos para darnos pausas que nos hagan reflexionar sobre lo que vendrá después. Esperamos a conciencia de que podemos dar el paso en cualquier momento, pero a veces preferimos regalarnos ese tiempo para luego actuar. Ese tiempo para ti, es sagrado. Mientras que para otros puede convertirse en pérdida, en un tic toc que apresura su paso cada minuto en el que no obtiene una respuesta.

Köhler señala que una de las peores consecuencias de esperar es el silencio, ese vacío ensordecedor que nos cunde por dentro cuando lo que esperamos es una respuesta, una palabra, música, una voz al otro lado que nunca llega.

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«Ni siquiera el teléfono móvil nos ha librado de la impotencia de la espera. Cierto que hoy el que espera una llamada ya no ha de permanecer junto al aparato rodeándolo con insensatos exorcismos y, sin embargo, el que ansía la señal ausente en el bolsillo sigue pareciéndose a un caballo circense que gira en círculos sin saber por qué. Ha caído presa de esa condena que Kafka llamaba «el silencio de las sirenas» en la parábola del mismo nombre. Y es que las sirenas que con su canto cautivador conducían hacia el abismo a los primeros viajeros que se aventuraban lejos tienen «un arma mucho más temible que su canto, que es su silencio»» (p. 16).

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En su texto invierte el significado de una espera que como concepto siempre se ha referido a algo negativo, molesto, estresante. Su discurso conduce a la intención de ver en la espera un momento de encuentro con nosotros mismos, un tiempo que debe gratificar. A cada segundo estamos más cerca de dejar atrás el minuto anterior y así las horas, los días, las semanas, los meses, los años. Pero, por contradictorio que parezca, también es un regalo la espera, esa que nos hace ganar tiempo regalado.

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«La espera es un tiempo subjetivo. Algo te obliga a un alto en el transcurrir esperable de las cosas, y te conviertes de pronto en un felino hambriento. En el mejor de los casos la espera será tiempo regalado, aunque la mayoría de las veces sea simplemente tiempo perdido; sin embargo, en la espera el tiempo se convierte siempre en algo palpable» (p. 35).

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Tiempo sentido, tiempo de espera que puede darnos la esperanza de un mañana cargado de entretenimiento y diversión. Muchas veces, vivimos la espera como niños ansiosos o la sufrimos porque puede implicar dolor el día de mañana. A ello la autora se refiere cuando hace alusión al cuento de Las mil y una noches, y del sentido que adquiere el tiempo para las personas, siempre de forma individual.

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«Pues incluso cuando esperamos en grupo, uno está solo. Esperar es algo tan difícil de compartir como el sueño, pese a que a veces tratemos de pasar el tiempo con juegos, por ejemplo, o contando cuentos, a la espera solo se la engaña de forma individual. Esa es exactamente la premisa de Las mil y una noches, esa historia clásica de la dilación en la que la hija de un visir, que espera cada madrugada su muerte, logra posponer la hora de su ejecución mediante un relato que va componiendo hábilmente y que interrumpe siempre en el mejor momento» (p. 25).

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La espera y el tiempo también son idealizados desde la industria cultural. En el mundo del cine, se idealiza la espera con la idea de que el sacrificio siempre tiene su recompensa. Y muchas veces hay recompensas, pero muchas veces estas no tienen nada que ver con lo que esperas, sino con el fortuito desenlace que depara el destino, ese que es completamente impredecible, inesperado y casi siempre diferente a como pensamos el final de aquello que esperamos.

La autora pone un ejemplo muy claro en la historia de Blancanieves y la Bella Durmiente, dibujos animados que representan la espera y el resultado reconfortante que implica la misma. Además, critica la idealización de la espera que se ha hecho a través del cine, una que promete la idea de que el paso del tiempo no tiene consecuencias, como si nuestro cuerpo no sufriese sus efectos, como si siempre jugara a nuestro favor para disipar el efecto de pérdida. Tal consecuencia no existe, la idealización nos lleva a pensar que la espera siempre valdrá la pena, pero «siempre» es una falacia.

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«(…) Blancanieves, en su ataúd de cristal, presagia ya la idea de la salvación por el hielo, la fantasía de que un buen día una nevera nos proporcionará una prórroga. Atada a su antiguo amor vio pasar la caravana de guerras y generaciones ante su puerta, hasta que de pronto lo recupera. Una anciana, «arrugada y gris», que ya por fin podrá tenderse en el «frío tálamo» de su amor de juventud. No es seguro qué nos quiera enseñar esta leyenda: que el amor no obedece al dictado del tiempo y que, al final, aunque sea con muletas, la absurda lealtad obtiene su recompensa, o bien lo contrario: la inutilidad exhumada, y la triste constatación de que la larga espera no nos depara más que el bello cadáver del amor» (p. 85).

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Tiempos inciertos, tiempos en donde la espera, concebida como un castigo, nos hace beber constantemente del trago amargo de una ansiedad que no cesa, quitándonos instantes de vivir a plenitud y dejándonos la creencia de que esperar con gozo constituye, por lo general, una excepción. Tiempo regalado es una lectura que te hará visualizar el agradable fundamento de ver en la espera la ganancia de cada minuto.


2 respuestas a “Esperar ¿para qué?

  1. Para mí la espera tiene dos caminos, uno que es más posible, aunque incierto, porque el resultado puede ser para bien o para mal. La otra espera es la de por Gustavo Adolfo Becquer, como decimos los cubanos jijijiji Sabemos que nunca ocurrirá pero seguimos ahí aferrados a un milagro, que en el fondo, somos conscientes que nunca llegará.
    Saluditos y no esperes más 🤣🤣🤣

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