«Otro país: ese espacio de en medio»

Proyecto Otro país: Ese espacio de en medio

Tomar un bus de casi 5 horas termina pareciéndote un recorrido que se hace corto cuando deseas llegar a tu destino. En mi caso, deseaba conocer una de las ciudades históricas más bonitas de España, enclave de dos grandes rutas: de sur a norte la Vía de la Plata, y de este a oeste el Camino a Santiago. Aquí me quedé por unos días en una estancia corta que superó bastante mis expectativas.

Lo cierto es que sin pretenderlo recargué las pilas, porque a cada paso la ciudad de León invita a beber de buen ambiente, no solo por el derredor, sino también por el imponente paraje natural que rodea la ciudad, el chévere entorno favorecido por su gente. Desde la persona que te atiende en un bar, hasta la deliciosa gastronomía te invita a querer más. Luego, en las tardes, la ciudad se enciende de una variedad de gente que puedes percibir que vienen de todos sitios. Y qué decir de las fiestas de despedidas, con sus disfraces, celebrando lo que puede ser los últimos días donde dejarán en el pasado el reconocimiento legal de soltería. En suma, León atrae un ambiente bastante pintoresco.

Pero entre todo, debo reconocer que una de las primeras cosas que me llamó la atención fue la exposición de MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León). Allá fuimos con la intención de dejarnos sorprender por alguna exposición. No teníamos ni idea de quien exponía, pero a cada paso, me iba sintiendo más impresionada. En el Museo había expuestas obras de diversos autores, en especial me llamó la atención la de los artistas filipinos, Isabel & Alfredo Aquilizan.

Cuando se migra, se trae de afuera todo un bagaje cultural, pero también tienes que estar dispuesto a ceder. Tal es la idea que refleja la exposición de estos autores, una pareja de artistas filipinos que emigraron a Australia en 2006.

Foto de autora

Como se trata de la primera muestra expositiva que se ve al entrar a la sala, lo primero que salta a la vista es un barco de enormes dimensiones. Antes de entrar en contacto con cada uno de sus elementos, leí la descripción de la obra, lo que me ayudó a tener un primer acercamiento con ella. A medida que se avanza se puede distinguir como, cada uno de los elementos encajan a la perfección en esa unidad que se ha dado por llamar barco y que representa las raíces que nos unen a nuestras tierras, por mucho que estemos fuera.

Creo que nunca es más difícil la separación, como cuando nos impulsa a desarraigarnos de aquellos elementos, que, aun siendo materiales, tienen un significado en nuestras vidas. Es posible vivir sin lo material, por más que sean alusivos a recuerdos de nuestra infancia, juventud, da igual, porque al final lo material es prescindible. Lo que nos queda de ello, es el infinito recuerdo de algo que ocupó y existió en un momento pasado de nuestra vida, de eso, aunque nos forcemos a olvidar, no nos desprendemos tan fácilmente.

Foto de autora

¿Y por qué desprenderse de algo que tuvo un significado especial? ¿Por qué no reutilizarlo para evocar el recuerdo de todo lo que cargamos nosotros, los que decidimos migrar? Esta obra conecta precisamente con quienes venimos de afuera. En este lugar, donde por mucho tiempo que se permanezca en el aquí y ahora, se puede tener la sensación de que nunca se perderá ese pálpito de estar viviendo un desarraigo permanente. A ello precisamente llama la obra, a describir esa sensación de estar y sentirte fuera, perfectamente descrita a través de materiales desechados que adquieren vida propia a través de la obra.

Se explora el tema de la migración, la familia y el desplazamiento cultural como resultado de experiencias personales. Se puede ver el uso de materiales reciclados como alfombras viejas, peluches, lámparas antiguas, libros de páginas envejecidas por el tiempo, sillones que en su momento sirvieron de descanso, toallas, cajas, esculturas de madera, cafeteras, bolsas de naylon, maletas, esas que ayudaron en el desplazamiento de adentro a afuera, entre otros muchos objetos.

La obra recoge historias, pero no una única, conecta con todas aquellas experiencias de personas que se ven impulsadas a migrar. Se termina convirtiendo en una memoria colectiva de la inmigración y de la experiencia de viaje, de un punto de partida y de un destino hacia el que inevitablemente llegamos cargados con todo lo que dejamos en ese lugar que nuestros sueños de infancia se dio por llamar hogar. El barco es el proyecto de la búsqueda de un futuro, o al menos, la intención de encontrar un hueco en una sociedad que no nos pertenece, pero a la que terminamos poco a poco insertándonos e involucrándonos sin perder eso que cargamos cuando llegamos, nuestras raíces.

Foto de autora

La exposición invita en cierta forma a viajar en el tiempo. A mí me supuso navegar en los recuerdos de ese espacio de en medio, y visualizar mi barco. El mío viene cargado de cartas viejas de esas que comparten los adolescentes enamorados, trozos de papel con trazos de dibujos, libros y vasos de cristal, aquellos que dejábamos para beber, al calor de una tarde en familia, nuestro sagrado café.


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