Al amparo de la Cibeles

El monumento es muy fácil distinguirlo. Se encuentra justo en el centro de la Plaza que recibe su nombre. Fue esculpido en 1782, durante el reino de Carlos III, diseñado por Ventura Rodríguez. La diosa Cibeles no pasa desapercibida, pareciera que en algún momento se trató de una figura con vida propia, de carne y hueso. Se nos muestra imponente en el lugar en donde se encuentra enclavada, desde donde observa a todo el que entre en contacto con esa mirada. Aunque moldeada en piedra, da la sensación de que permanece vigilante, como ese Gran Hermano de la obra de Orwell, con la diferencia de que solo pareciera la testigo de la plaza.

Aun tallada en piedra, la Cibeles hace gala de una majestuosidad e impregna toda su grandiosidad desde la intersección de la calle de Alcalá con el paseo de Recoletos y el paseo del Prado. Se trata de uno de los monumentos más emblemáticos de capital de España. Se puede observar el carro donde va montada, tirado por dos leones, los que simbolizan a Hipómenes y Atalanta, condenados a esta tarea por Afrodita.

Desde las mitologías griega y romana se han adoptado diferentes versiones de su historia, aunque ambas comparten el concebirla como símbolo de la fertilidad de la tierra, diosa de la naturaleza y animales, cavernas y montañas. Masculina, femenina, castrada, fuerte, son algunos de los calificativos que la definen desde los que la veneran para celebrar las victorias en el terreno del fútbol, como la recientemente celebrada Copa Mundial.

Según cuenta la leyenda, Cibeles tiene su origen en el esperma de Zeus. Producto de un sueño erótico, la eyaculación del padre de los dioses fue tan poderosa que cae en Frigia y fecunda la roca Agdos. La mitología tiene de fantástico hasta los signos de puntuación, pero sigamos con la leyenda. De allí nació un ser hermafrodita, Agdistis, tan libidinoso que finalmente los dioses confabularon para apagar la procacidad, al menos de su parte masculina. El dios Dioniso, fue el encargado para ejecutar la acción y terminó vertiendo vino en la fuente en la que Agdistis solía beber. Aprovechó la somnolencia provocada por la borrachera para atar los testículos del hermafrodita a sus propios pies. Cuando despertó tan bruscamente, se terminó amputando su sexo viril. En adelante, Agdistis pasó a ser una figura femenina, conocida como Cibeles.

De la sangre derramada en la mutilación nació un almendro y Ana, la hija del río Sangario, consumió una de las almendras y quedó encinta. El bebé fue abandonado, pero logró salvarse gracias a los cuidados de un macho cabrío y, ya adolescente, se dedicaría al pastoreo. Se trata de Atis, el novio protagonista del banquete, un joven tan hermoso que la propia Cibeles sucumbió a sus encantos.

En cierta ocasión, Cibeles irrumpe celosa de Atis, del que se había enamorado, y su sola presencia despertó tanto el deseo de todos y todas las presentes, que el acto termina en una orgía de sangre. Enajenados todos ante la atracción sexual que provocaba su presencia, los varones se amputan los genitales. Cibeles, espantada del horror que ha producido, recoge el sexo ensangrentado de Atis, y pide a Zeus su resurrección. Las festividades en honor a Cibeles han reproducido simbólicamente esa muerte y resurrección de Atis.

Es difícil no sentir su protección estando cerca. El paisaje se acompaña de la grandiosidad monumental de las cuatro esquinas de la plaza, presidida por edificios emblemáticos, construidos entre finales del siglo XVIII y principios del XX. Lo cierto es que, no solamente la circunvalación de la plaza declama la protección de la diosa Cibeles, sino que se ha sabido ganar el mérito de ser símbolo de la ciudad. Tanto es así que también es centro principal de las celebraciones del equipo madridista fútbol, desde los años 80.

Las fiestas del Real Madrid no se han hecho esperar tras la victoria final de la Copa Mundial, y por ende, como campeones de Europa por decimocuarta vez. Las celebraciones junto a la diosa no se hicieron esperar, después de recorrer los cinco kilómetros que separan a la plaza madrileña del estadio Santiago Bernabéu.

Allá se dirigieron los victoriosos. En la plaza de Cibeles confluyen, por tradición, creencias o lo que fuere. No soy una ferviente seguidora del fútbol, baste decir que ni seguidora, y es que de los deportes con pelota, bastante tarde supe distinguir la diferencia entre un home run y un gol. A pesar de mi ignorancia en materia de deportes, me llamó la atención la leyenda de Cibeles. Cual diosa frigia, pareciera que a ella se acercan a regalar la victoria del deporte, que es insignia nacional, la más grandiosa ofrenda del triunfo.


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