El genocidio de la esterilización forzada

La esterilización forzada es de las prácticas más antiguas y crueles asociada a la eugenesia. Esta última es concebida como una filosofía social que basa sus esencias en el mejoramiento de la raza humana, mediante métodos que promueven la no procreación de grupos sociales considerados inferiores.

Uno de los estudiados orígenes del término se remonta a 1883, cuando el médico británico Francis Galton, reconocido también como “el padre de la eugenesia”, lo acuñaba para designar a la ciencia que permitiría aumentar la calidad genética de la especie. Galton proponía como argumento, que el fomento de la descendencia de las “razas superiores” lograría la reproducción de “hombres de una alta clase”, sin problemas genéticos. En este sentido, afirma que la eugenesia es:

«la ciencia de la mejora de la estirpe, que no queda en absoluto confinada a cuestiones de elección juiciosa, sino que, muy especialmente en el caso del hombre, se basa en todos los factores (…) susceptibles de conferir a las razas o a los orígenes más convenientes una oportunidad mayor de prevalecer rápidamente sobre las que lo son menos ».

(Veuille, 2010, p. 478)

Las raíces que sentó esta práctica se pueden encontrar en múltiples contextos, como por ejemplo, en la etapa del régimen fascista. En Alemania fueron promulgadas leyes encaminadas a preservar la descendencia mediante  la esterilización forzada de personas que padecieran trastornos genéticos y hereditarios como la ceguera, malformaciones o fueran alcohólicas.

Aunque pudieran parecer ancestrales y de épocas remotas, los casos asociados a la eugenesia continúan siendo manifiestos en la actualidad, sobre todo, los terribles efectos y víctimas mortales.

Un ejemplo concreto que rompe con el mito que lo ubicaba como fenómeno particular de tiempos remotos, es el que se ubica en las comunidades indígenas de Canadá, en donde se vieron afectadas particularmente mujeres de grupos autóctonos. Aunque se consideraba que fue en los años sesenta que esta práctica llegó a su fin, en 2015 salieron a la luz testimonios de mujeres sometidas a este método entre los años 2008 y 2012 en hospitales de Saskatoon (provincia de Saskatchewan).

En un Informe presentado en Julio de 2017 por Judith Bartlett, profesora de medicina en la Universidad de Manitoba, e Yvonne Boyer, abogada especializada en derechos humanos, se llegan a visibilizar, con voz propias, los casos de mujeres víctimas. En el mismo, las autoras también se remiten a una breve explicación sobre el panorama de la esterilización forzada en Canadá y sus vulnerables efectos en comunidades indígenas.

«Many Aboriginal women generally suffer from poverty, poor housing, and poor physical and mental health. The issues are compounded by the negative effects of racism and systemic discrimination that is grounded in false notions that somehow they are in some way responsible for their own plight. Racism is a determinant of health. Some governments imposed policies and laws geared toward sterilizing Aboriginal women who, by virtue of the placement on the Canadian social strata, appeared to be prime candidates for sterilization.  In addition to gender bias, it is well documented that systemic discrimination and racism in health care exists. Decades and generations of Aboriginal people affected are accordingly distrustful of this system».

En las comunidades de mujeres indígenas y campesinas de Perú también dejó sus huellas la esterilización forzada. Según un Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en 2003, este grupo social era y sigue siendo el más expuesto a violaciones de derechos humanos. Más de 2000 que acudieron a los servicios de salud fueran esterilizadas sin ser informadas o bajo fuertes presiones.  

Manifestación por los derechos de las víctimas de esterilizaciones forzadas en Perú.

Durante el gobierno de Alberto Fujimori entre los años 1995 y 2000, como parte del Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, orientado al control demográfico de los sectores más pobres, se vulneraron los derechos de muchas. Se calcula que en la década de los 90, más de 200.000 personas, en su mayoría mujeres indígenas y campesinas, fueron esterilizadas forzosamente por parte del Gobierno. Amenazas con multas, prisión o retiro de ayudas de alimentación fueron algunas de las reprimendas utilizadas para presionarlas a esterilizarse.

En la mayoría de los casos se adolecía de cuidados especiales tras estas operaciones, lo que condujo a que las consecuencias de la negligencia médica trajeran consigo múltiples problemas de salud para muchas y la muerte de algunas de ellas. Actualmente se continúan investigando las experiencias de esterilizaciones forzadas aunque todavía no hay suficientes respuestas por parte de la Justicia.

La esterilización forzada también se extendió en países como Japón y Australia. Según Philippa Levine, historiadora de la eugenesia de la Universidad de Texas (EEUU), Estados Unidos y Escandinavia fueron las regiones del mundo que más firmemente apostaron por la eugenesia.

Estados Unidos fue un fuerte precedente en este sentido. Existen amplias pruebas de que la esterilización forzada estuvo dirigida a la no reproducción de razas humanas consideradas inferiores. Tal es así que sus víctimas fueron especialmente personas afroamericanas y personas con rasgos de pueblos originarios de Latinoamérica. También hubo prácticas con personas homosexuales y personas con diversidad cognitiva, neurológica y enfermedades como la epilepsia. Muchos intelectuales estarían a favor de esta práctica.

«El movimiento eugenésico fue sobre todo aceptado por la clase media e intelectuales para mejorar la salud y la vitalidad de la nación y su pueblo (…). Si eras una persona bien formada en un país de habla inglesa o alemana, la eugenesia se consideraba la mejor manera de promover la salud de la población».

Ruth Clifford Engs, profesora emérita de la Universidad de Indiana (EEUU).

Bajo estos preceptos se consideraba positiva la práctica de la eugenesia, sin embargo, existía en ello matices dirigidos a una supuesta preservación de la especie humana mediante la exclusión de razas “impuras”. Luego se extenderían leyes que abogaban abiertamente por el exterminio de poblaciones subordinadas, poniendo freno a su reproducción. Tal es el caso de la ley que se aprueba en 1907 en Indiana (EEUU), la primera ley destinada a “prevenir la procreación de criminales confirmados, idiotas, imbéciles y violadores”.

El Instituto Carnegie, fundado por Andrew Carnegie en 1902, con reconocimiento oficial del Gobierno de los Estados Unidos, estuvo vinculado a la eugenesia. En el Laboratorio de Cold Spring Harbor, Nueva York fueron realizados estudios eugenésicos encaminados a dividir a la población estadounidense en personas aptas y no aptas según su pedigrí. El determinante llamado a la exclusión de los sectores más vulnerables, puede verse demostrada documentalmente en un registro de cartas existentes en esta época:   

«En este país, tenemos el grave problema del negro, una raza cuyo desarrollo mental promedio está muy por debajo del caucásico. ¿Hay alguna posibilidad de que, a través de la educación del individuo, produzcamos una raza mejorada para que podamos esperar finalmente que la mente negra sea tan enseñable, elástica, original y fructífera como la del caucásico? ¿O deben las próximas generaciones, indefinidamente, comenzar desde el mismo punto bajo y producir los mismos escasos resultados? No sabemos; no tenemos datos. La ‘opinión’ prevaleciente dice que debemos asumir la segunda alternativa. Si es así, sería mejor expulsar a la raza negra de una vez».

Charles Davenport, líder e impulsor de la eugenesia en Estados Unidos; fue presidente del Laboratorio de Cold Spring Harbor en 1910.

En 1914, doce estados ya disponían de leyes de esterilización forzada que afectaban fundamentalmente a personas con alguna discapacidad o que tenían antecedentes criminales, e incluso, homosexuales. En 1924 se implementa uno de los antecedentes de leyes más radicales en Virginia. Se trata del Acta de Integridad Racial (SB 219) y Un Acta para proporcionar la esterilización sexual de los internos de las instituciones estatales en ciertos casos (SB 281), también conocida como Acta de Esterilización; basadas en el “Modelo de Ley de Esterilización Eugenésica” de Harry Laughlin.

El Acta de Integridad Racial recogía que las personas debían ser registradas en su momento de nacimiento como blancas o de color (incluía todas las razas que no fueran blancas), basándose en la “norma de una gota”; es decir, tener un ancestro de color bastaba para entrar en la segunda categoría. También reafirmaba la ley que prohibía los matrimonios interraciales (anulada por el Tribunal Supremo en 1967). La segunda Acta defendía la esterilización de individuos considerados “débiles mentales”, incluyendo “locos, idiotas, imbéciles y epilépticos”.

Estas leyes eran expresión de la permisividad y la alta tolerancia del gobierno ante estas prácticas y el caso Buck demostró la verdadera gravedad de sus efectos. El mismo deja registrada la historia de una abuela, madre e hija que fueron esterilizadas en contra de su voluntad. La decisión fue tomada por el jefe del Centro para Epilépticos y Débiles Mentales al considerar que la joven Carrie Buck tenía la mentalidad de una niña de 8 años, al igual que su madre -quien era prostituta-, y que posiblemente le ocurriera lo mismo a la hija de Carrie. Ante esto, el reconocido juez Oliver Wendell Holmes, quien atendió el caso en el Tribunal Supremo, adujo que:

«Es mejor para todo el mundo si, en lugar de esperar a ejecutar a los descendientes degenerados por algún crimen o dejarlos que mueran de hambre por su imbecilidad, la sociedad puede prevenir que aquellos que son manifiestamente inaptos se reproduzcan. (…) Tres generaciones de imbéciles son suficientes».

En 1924 la joven Carrie Buck, de 17 años, fue violada por un pariente y dio a luz a un hijo fuera del matrimonio. A Carrie le declararon una “retrasada mental” y la internaron en la institución estatal en Lynchburg, Virginia donde su madre, Emma, ya vivía.

A raíz de esta sentencia fueron aprobadas leyes eugenésicas en 23 estados del país. Las leyes contra el mestizaje y la Ley de Inmigración de 1924 son exponentes de políticas impulsadas a consecuencia del terreno de legalidad el que se inscribía la eugenesia. No son casuales los abusos esterilización infligidos a mujeres negras, indígenas e inmigrantes mexicanas, puertorriqueñas en Estados Unidos. Son el reflejo de un sistema abominable de extinción de todo lo que no encaje en un supuesto modelo de “ser social superior”.

Estudios de la Universidad de Vermont estiman que fueron esterilizadas en contra de su voluntad e incluso bajo desconocimiento, entre 60.000 u 80.000 personas de 1929 a 1974. Sin embargo, California sería el estado cúspide del movimiento: se cree que al menos 20.108 personas fueron esterilizadas o castradas -ambas opciones eran legales- entre 1909 y 1964. En la actualidad, para la compensación de las personas afectadas, la organización California Latinas for Reproductive Justice ha co-patrocinado un proyecto de ley cuya esencia va dirigida a la atención y la puesta en valor de sus víctimas.

Los casos de esterilización forzada en el mundo son una evidencia del genocidio masivo llevado a cabo por sistemas gubernamentales clasistas, racistas y discriminatorios en todos los sentidos, que atentan claramente contra los derechos humanos de las personas. Se trata de violaciones que han tenido graves repercusiones en la vida de muchxs, sobre todo, mujeres vulnerables a la explotación por sus niveles de pobreza.

Todavía se sigue investigando este problema. Lamentablemente, para algunas la Justicia no llegará, al menos, para las personas que han muerto a causa de esta mala práctica o para las afectadas. No obstante, su reconocimiento ya es en sí mismo un paso de avance en el acercamiento a los errores cometidos y en la pronunciación de las experiencias de quienes tocó vivirlo en carne propia.

Todo no está perdido. La resistencia y la denuncia constituyen armas permanentes a nuestro favor que, aunque no permita invertir esta barbarie ni devolverle la vida a muchas de las víctimas mortales, constituyen esfuerzos sostenidos que intentan unir a grupos solidarizados con esta causa en función de erradicar la reproducción de estos casos y poner fin a la violencia que implica.

Referencias bibliográficas

Eugenics in Virginia: Buck v. Bell and Forced Sterilization. (n.d.). Retrieved from http://exhibits.hsl.virginia.edu/eugenics/.

Veuille, M. (2010). “Eugenesia”. En Lecourt, D. (dir.), Diccionario Akal de historia y filosofía de las ciencias. Akal, Madrid, pp. 478-480.

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Nuestro cuerpo, nuestro territorio

De las dos aguas, 2007. María Magdalna Campos-Pons.

No existe espacio más nuestro que el cuerpo. El mapa de nuestra geografía no pasa por alto ni un ápice de lo que nos define. De ello se aprovecha la artista cubana María Magdalena Campos-Pons para contar, a través de su obra, la experiencia de los cuerpos afrodiaspóricos. Con este propósito explora a través de las artes visuales y el performance artístico, las identidades de mujeres negras que como ella, se definen a través de una influencia cultural diversa.

Campos-Pons nació en Matanzas, Cuba en 1959 y actualmente, vive y trabaja en Boston desde 1991. Su carrera artística comenzó en Cuba, cuando inició estudios en la Escuela Nacional de Arte y en el Instituto Superior de Arte de La Habana, en donde impartió docencia. Luego se desplazaría a Estados Unidos y en el Massachussets College of Art de Boston continuó nutriendo su perfil como artista.

Campos-Pons no sólo se expresa mediante la pintura, también se vale de la fotografía, la instalación o la video-instalación, para acercarse a temas como la esclavitud, el género, la raza y la memoria colectiva. Su trabajo hace una reflexión constante a las identidades a través de los cuerpos y para ello utiliza en gran medida el argumento de sus orígenes como discurso del que se vale para basar muchas de sus metáforas artísticas.

Muchos de los elementos que fundamentan sus creaciones se apoyan en la historia y en la de sus antepasados.

«Las obras de Magda cuentan una historia poderosa de lucha y supervivencia evocando rituales, mitos y narrativos que han evolucionado a través de las generaciones (…). Aunque la inspiración sea la trayectoria de su propia familia, las imágenes cautivadoras y las ideas de identidad detrás de ellas intentan resonar con una audiencia más amplia. Magda también usa sus obras para revelar historias que a menudo suelen ser ignoradas o subestimadas por las autoridades oficiales». Katie Delmez, curadora.

When I am not here, estoy allá.

When I am not here, estoy allá es una de las series fotográficas presentadas por la artista que han alcanzado gran popularidad. Se proyecta en 1990 y en ella se cuestiona la experiencia migratoria de los cuerpos a través de elementos como identidad cultural, histórica, racial, idiomática, nacional, ideológica y de género.

En 2007 el Museo de Arte de Indianápolis presenta su trabajo de veinte años bajo el título Everything is Separated by Water en donde desvela parte de su identidad. En esta obra se muestra la huella del desplazamiento cultural que ha vivido, reflejando la experiencia de otras muchas mujeres que como ella, tienen raíces africanas y son sujetas de procesos migratorios que las lleva necesariamente a la inmersión en contextos culturales y sociedades diversas.

En las series “Elevata” y “Nesting”, Campos-Pons busca en su historia la conexión con su presente, remitiéndose a sus raíces. Pero también habla de religión, como lo hace en “Umbilical Cord” (1991) en referencia a las divinidades y creencias devenidas de África.

Sus trabajos muestran a mujeres negras diversas, cuyos cuerpos resignifica a través del pasado y presente.

“Todo en ella es fluido y expectante”

… En memoria a Toni Morrison

Desde niña tuve una premonición que me ha acompañado toda la vida. Pocos eventos recuerdo de la época de enseñanza preescolar y los primeros años de la primaria, culpa de mi memoria a largo plazo. Sin embargo, hay un momento que siempre recordaré como si fuera ayer y al que me fuerzo a volver para no perder su nitidez.

Hubo una vez en que me encontraba en el patio de la casa de una de mis amigas de la infancia. Después de llevarnos un tiempo jugando a las casitas, nos aburrimos y decidimos cambiar la dinámica. No teníamos claro que hacer, así que nos sentamos y pusimos hablar. Aclaro que no tengo ni la más remota idea de lo que hablamos. En mi cabeza, el recuerdo se centra en la parte en la que una de nosotras sostiene, lo que consideré en ese momento, el libro más grueso que había visto en mi vida.

En lo que mi amiga empieza a hojearlo, yo me quedo hipnotizada, viéndola tan interesada en lo que, a la distancia que estaba, parecían ilustraciones a colores. A mi alrededor, las demás parecían entretenidas en la olvidada conversación. Todo en mi pequeño mundo interior se convirtió en la necesidad de tener ese libro en mis manos.

La historia no es mucho más larga. Me contuve para dejar que mi amiga saboreara una milésima de tiempo más aquel tesoro y luego iría a por él. Así fue como, en lo que las otras chicas hablaban, me acerqué. Ya había dibujado en mi mente el plan si las cosas se ponían difíciles y ella se rehusaba a prestármelo, iba preparada. Al llegar a su lado bajé la guardia y gentilmente pedí que me lo mostrara, muy en el fondo no estaba segura de qué hacer si me decía que no, supongo que esperar molesta.

Cuando lo tuve en mis manos sentí una satisfacción inexplicable. Yo sólo atiné a apartarme con él entre las manos y con el deseo de prolongar esa grata sensación por un rato más. Empecé a hojear página tras página, me fijaba en todo, pero lo que más llamó mi atención fueron las letras. No tenía ni idea de lo que decía el libro, ni cómo se llamaba, tampoco lo recuerdo ahora. Era muy pequeña y apenas empezaba a conocer las vocales.

En ese justo momento, se produjo algo inesperado: deseé con todas mis fuerzas aprender a leer, estaba convencida de que la lectura sería una de mis pasiones, y no me equivoqué. Recuerdo que cuando aprendí a leer devoraba libros enteros en un solo día, de todos los géneros, yo me mostraba abierta a cualquier folio con letras. Lo que empezaron siendo dos o tres, se convirtieron en un montón que ahora me siento incapaz de enumerar.

De todas mis viejas lecturas aprendí muchísimo, yo buscaba viajar a través de las historias,  reconocerme a través de ellas y perpetuar la satisfacción que encontraba con cada fragmento del texto leído. Así me pasó con El Principito, Corazón, Las Mil y una noches, entre otros que siguen siendo los más hermoso regalos de mi colección, pues llegaron sin ser esperados. Luego llegarían lecturas recomendadas, de todas estas, con una de las que me quedo es con Ojos azules (The Bluest Eye, 1970).

He de decir que la selección del libro no es fortuita. Viene dado porque de muchas historias que he leído, las de Toni Morrison tienen esa frescura y esos matices especiales que hacen cercana la trama. Sus obras y ella, todo en conjunto es especial. Hablar de una sola, sería como quedarse con sed de más porque la autora de Ojos azules fue, sin lugar a duda, un ícono de la literatura universal.

Sula (1973), La canción de Salomón (Song of Solomon, 1977), Beloved (1987), Jazz (1992) y Paraíso (Paradise, 1997), conforman grandes obras que llegaron para quedarse. Morrison aborda problemas tan crudos y latentes en la realidad social pasada y contemporánea como el racismo, la violencia de género y el precedente que sentó la esclavitud como base de la discriminación racial más cruel que se mantiene en la actualidad. Su éxito la condujo a ser premiada en 1988 con el Premio Pulitzer y el Premio Nobel de Literatura en 1993.

Me gusta citar Ojos azules porque es la historia que ella misma pidió leer y esta fue su motivación para hilvanarla. En una entrevista de 2014 con la revista del Fondo Nacional para las Artes, la autora aseguró que la escribió “porque quería leerla. Creía que ese tipo de libro, ese tipo de personaje -las niñas negras más vulnerables, menos atendidas, menos tomadas en serio- nunca habían existido realmente en la literatura. Como no pude encontrar un libro que lo hiciera, pensé bueno, lo escribiré yo y después lo leeré”.

El libro cuenta sobre la vida de una chica negra. Su nombre es Pecola, quien estaba obsesionada por tener los ojos azules para sentirse bella y admirada, en un país donde su cuerpo y en general sus rasgos físicos no cumplían la norma. Sufre de una violación por parte de su propio padre, quien a menudo la maltrataba. Su personaje refleja la discriminación racial y las múltiples opresiones a las que acaban siendo sometidas las mujeres negras por las normas patriarcales, etnocéntricas y heteronormativas que encuadran el mundo.

Sus obras son un reflejo de la maestría que poseía al escribir y el compromiso que siempre tuvo con la comunidad afroamericana, eso le hizo saltarse las omisiones y silencios que muchas veces calla la historia sobre la esclavitud y los rezagos de esta, poniendo letras mayúsculas en todas las vejaciones que relataba y que formaron parte de la sangrienta lucha por la libertad. Esto lo podemos encontrar en la que fuera su obra cumbre, Beloved.

En ella Morrison se remite a la época de la esclavitud, dándole voz propia y visibilizando la complejidad y difícil situación de lxs esclavos a través de un personaje real, la esclava afroamericana, Margaret Garner, quien se escapó a Ohio, un estado libre en 1856. Garner reencarna a la protagonista, Sethe, quien prefiere matar a su hija de dos años antes de verla sometida a todos los lesos crímenes que conllevaba ser mujer negra y por lo que se había obligado a huir. “Beloved se convierte en la alegoría de un pasado y de una historia, de cierta «soledad» incontenible e insoslayable que nunca ha sido comunicada” (Holloway, 1989, p. 179).

En sus historias, recrea la suya propia, pero no la suya personal, sino la que toca de fondo a los afroamericanos de ayer y hoy. Morrison no fue sólo literatura, fue activismo, antirracismo, no violencia, lucha en contra de las injusticias sociales. Fue ante todo, una mujer con familia y amigos que deben estar sufriendo su reciente pérdida.

Pero centrarnos en la pérdida sólo sería como restarle importancia a su verdadero legado, ese que construyó durante toda su vida y lo hizo especialmente desde la palabra. Las suyas cuentan discursos de amor, dolor, compromiso, sacrificio, orgullo, lucha y defensa constante hacia lxs hijxs de la esclavitud. En ella no hay aversión que valga… “todo en ella es fluido y expectante”*.

Referencias bibliográficas

Holloway. K. F.C. (1989). Beloved. Black American Literature Forum 23, pp. 179-82.

*Fragmento del libro Ojos azules.

Hablar de orgasmo femenino sigue siendo un tabú

Artículo tomado de: El Toque

Ilustración: María Esther Lemus.

Hace poco conversaba con mis amigas sobre el orgasmo femenino pero muy rápido percibí que me sentía cohibida. He notado que ese tema no es muy común en nuestras conversaciones o simplemente lo dejamos en el punto en el cual se toma como broma.

Yo me atreví a empezar la charla hablando de la experiencia de masturbarse y de lo bien que una la puede pasar en el encuentro con su propio cuerpo. De repente todas me miraron estupefactas, como si hubiese cometido uno de los siete pecados capitales. Fue tan graciosa la reacción de sorpresa de mis amigas que solo atiné a reír y a callarme.

Es tan fácil hablar de sexo entre nosotras y, sin embargo, cuando el tema pasa a ser la masturbación o el orgasmo, normalmente se enrarece e interrumpe el diálogo. Eso me hizo recordar que ninguna ha reconocido masturbarse alguna vez.

Cuando hablamos de sexo sí que nos extendemos, contándonos lo que para alguna han sido nuevos descubrimientos de posturas o simplemente burlándonos de nosotras mismas al recordar nuestros primeros pasos en la materia.

Sexo, amor y política son temas de conversación a los que siempre volvemos. Sin embargo, casi nunca llega el momento propicio para hablar de orgasmos. Mi propia experiencia me ha demostrado que la idea del placer vinculado a la autocomplacencia que puede proveerse una misma sobre su cuerpo, es una cuestión aún vedada, incluso entre mis amigas.

Pero si miramos al pasado, encontramos que las cuestiones sexuales de las mujeres han constituido un tabú social desde tiempos remotos. A través de la historia, se han asociado esencialmente a la posibilidad de ser madre y a la satisfacción de la pareja. De ese momento de éxtasis que dura entre 13 y 25 segundos como promedio y de la acción que lo antecede, se menciona poco.

Investigaciones históricas hablan de la masturbación como tratamiento médico contra la histeria. El masaje hasta el orgasmo, en el caso de las mujeres, era una práctica médica muy frecuente entre algunos doctores occidentales, grupos de hombres que tenían exclusivo control sobre sus vidas y se beneficiaban de las ganancias económicas de la actividad.

En ese entonces se definía como inmoral la masturbación femenina. Del sexo se concebían tres momentos esenciales: preparación para la penetración (estimulación erótica), la penetración y el orgasmo masculino. Se esperaba que la mujer alcanzara el orgasmo durante el coito pero si esto no sucedía, ello no disminuía la legitimidad del acto como “sexo genuino” (Maines, p. 188, 2010).

Muchas personas todavía confían y siguen este paradigma. Otros estamos convencidos de que llegar al orgasmo por medio de la penetración es una vía, pero no es la única.

Recuerdo las primeras ocasiones de intimidad con el que fuera mi primera pareja y relación sexual. Yo era muy joven y al principio no disfrutaba tanto ni tenía sentido para mí eso que escuchaba sobre el sexo como una de las mejores cosas de la vida.

El descubrimiento fue llegando poco a poco. Pero aun cuando el disfrute era mínimo no se me ocurría hablar de insatisfacciones sexuales o de la posibilidad de la masturbación para llegar al orgasmo o conocer mejor mi cuerpo. En mi cabeza eso era cosa exclusiva de hombres.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo a mostrarle a mi pareja qué me ocasionaba mayor placer o excitación, y también fui conociendo sus gustos.

Fui comprendiendo que el sexo es más disfrutable cuando conocemos nuestro mapa corporal y el del otrx. Saber cuáles son esas zonas eróticas que nos llevan al punto de ebullición, en muchos casos, depende de cada persona. Y cada quien conoce mejor que nadie la mejor forma de llegar a estas, la masturbación para algunos puede ser uno de los mecanismos para hallarlas.

Los seres humanos pueden experimentar la satisfacción de distintas formas y no debería ser difícil hablar de ese tema con la pareja, incluso con los amigos. Por el tiempo que me tomó a mí misma encontrarle sentido, supongo que quizás a una buena parte de las mujeres nos cuesta expresarnos al respecto porque nos sentimos culpables de buscar el placer más allá del acto sexual.

Quizás no hemos entendido totalmente que llegar al clímax puede ser tanto un trabajo de equipo como un esfuerzo individual.

Referencias bibliográficas

Maines, R. (2010): La tecnología del orgasmo. La histeria, los vibradores y la satisfacción sexual de las mujeres. Editorial Mil razones, Barcelona.

La sublime vida de una muñeca negra

Cuando llegó a mis manos no tenía nombre. Era una viajera solitaria, de esas que emprenden un largo camino en la vida sin un destino claro más que el de hacerse querer por un tiempo y volver a partir. Se veía cansada, como si no hubiese bastado lo largo del camino que había recorrido para llegar ahí, parecía como si tampoco hubiera sido fácil para ella.

Mi madre me la regaló como sorpresa de cumpleaños y cuando mis ojos entraron en contacto visual con aquella criatura, yo abrí mis ojos saltones que casi se me salen de órbitas, por la sorpresa de tenerla en frente. Nunca le pensé un nombre, siempre la llamé simple y sencillamente, mi muñeca negra.

«El imaginario del juguete se distingue por la ausencia de tratamiento de otras razas, aunque en algunas ocasiones y muy tímidamente se detectan algunos casos » (Tosa, 1999).  

No le puse nombre porque hacerlo hubiese sido como profanar la originalidad que guardaba su esencia misma. Tocarla era como palpar un dolor desconocido pero a la vez perceptible entre mis manos. En mi cabeza había trazado el mapa de su vida como si la hubiera acompañado en todo momento, como si cada una de sus vicisitudes formara parte de mi vida también.

Sus ojos parecían melancólicos, su sonrisa casi se desdibujaba del rostro por el desgaste del tejido que unía cada una de sus partes. Esa sonrisa imperfecta era mi felicidad, lo que me hacía quererla con todas mis fuerzas hasta el punto de no querer despegármele cuando llegaba a casa.

Quizás otrxs la veían como una simple muñeca de trapo. Quizás mi madre me la regaló sin la intención de que yo me le aferrara por aquello de que “no era más que una muñeca negra de trapo”. Para mí era mucho más. Sentía que nos unía una extraña comunicación telepática que me hacía creer que me leía la mente. Yo le hablaba también, confiándole mis secretos más íntimos en voz alta y siempre tuve la sensación de que estaba atenta.

Compartíamos muchas cosas en común. Éramos dos niñas, sólo que una de carne y hueso y la otra, atrapada en un cuerpo de trapo. Mi muñeca negra iría perdiendo el contorno de su sonrisa con el tiempo, pero esto no disminuyó mi amor por ella. Cuando se delineó por completo, ya no me hacía falta porque, al fin de cuentas, seguía estando ahí. Era su esencia la que me despertaba esa emoción que no desapareció ni con los años que iba acumulando.

Pero esa extraña conexión no sería pasajera. Mi madre pensaba que era producto de mi imaginación infantil que se inventaba historias en donde éramos protagonistas las dos. Pero la verdad es que, además de las aventuras en las que la imagine acompañándome, era ese referente cercano del que me sentía privada.  

No era yo una niña a quien abundaban los juguetes, quizás por eso la apreciaba tanto, y por lo diferente que era en comparación con los de mis amigas, incluyo barbies, todas rubias o morenas casi anoréxicas. Nosotras sentíamos que teníamos que parecernos a ellas en algún momento de nuestras vidas; para eso son concebidas, para que nos sintamos identificadas como mujeres.

“La muñeca es por un lado, la metáfora social de la mujer objeto de deseo,  y por otro la mujer madre y cuidadora” (Iglesias y Pereira, 2008, p. 10). Recuerdo que nos pasábamos horas cosiéndole ropita a esos pequeños seres, o cocinando, o cuidando de los bebés. “A partir de estos modelos, las niñas son inducidas a interpretar el mundo desde una perspectiva de deseo masculino, a pensar en función del otro y a perpetuar el conflicto identificativo de graves consecuencias para el futuro de las mujeres” (íbidem).

Ella era cercana a mí, sobre todo, por el parecido a mi color de piel, eso me hizo quererla de una manera especial. Por muchas razones mi muñeca terminó convirtiéndose en una ilusión de mi misma. La repetida historia de las casitas para las niñas y el deporte para los niños tiene una influencia directa en cómo desde nuestra niñez comenzamos a construir nuestras vidas apegadas a modelos. Se nos construye una realidad a través de los juguetes, tan llena de estereotipos, que se convierte en un escándalo y en algo socialmente juzgado cuando una niña comienza a sentir preferencias por algo “no femenino”, lo que también sucede en el caso de los niños cuando muestran interés por algo considerado “femenino”.

Mi muñeca negra rompía también con algunos de los esquemas y ya por eso sentía que tenía un tesoro entre manos. Llegó a mi cansada, pero no rota. De alguna manera ella representaba la virtuosa vida de una mujer que ha llegado lejos rompiendo barreras, así de desaliñada como llegó, yo la recompuse con el cariño que le profesé desde el primer momento.

Lxs niñxs muchas veces encuentran en sus juguetes el aliento que los devuelve al mundo de fantasía que construyen en sus mentes. Ellos se convierten en esx mejor amigx y compañerx de aventuras y travesuras. Aun cuando es criticable su construcción estereotipada, es importante destacar como positivo el que las muñecas, como todos los juguetes, son ese símbolo que forma parte primordial  en  el crecimiento y desarrollo intelectual y creativo de lxs niñxs (De  Konn, 2006).

Se supone que toda producción en esta industria deba estar alejada de la violencia. Ahora resulta que hay muñecas que se conciben como herramientas de autocontrol de la ira. Como si la violencia fuera algo natural y nos la vendieran como recurso tal cual si se tratase de un medicamento o la cura de una enfermedad. Como si vender un juguete destinado para recibir golpes fuese la solución a los problemas de violencia que enfrenta la humanidad y de la que somos participes como seres humanos.

Mi desconcierto viene dado a raíz de la reciente noticia sobre la venta de muñecas negras con instrucciones para ser golpeada contra la pared en caso de estrés, en un establecimiento en New Jersey, Estados Unidos. Angela McKnight, política demócrata estadounidense, fue la mujer que denunció este hecho, explicando que le molestaba y que era “una representación inadecuada de las personas negras (…) Cuando vi a la muñeca en persona, me estremecí y me sentí realmente desanimada por la idea de que una niña negra fuera golpeada por otro niño o un adulto por puro placer”.

La muñeca llevaba grabada las siguientes instrucciones:

“Cuando las cosas no te vayan bien y quieras golpear la pared y gritar, aquí está la muñeca ‘siéntete mejor’ de la que no podrás prescindir. Solo agarra con fuerza sus piernas y encuentra una pared para golpearla. Y mientras golpeas no te olvides de gritar ‘me siento bien, me siento bien”.

Con esto se vende la idea de que ante la violencia mejor golpear a una mujer y mucho mejor si esta es negra. Este hecho no hace más que reforzar el lamentable odio que promueve la industria del consumo, valiéndose de la representación de la violencia de género y del racismo como antivalores sociales. Con ello contribuye a fortalecer el terror, la segregación, la misma violencia que alienta a resolver y de dirigirla hacia un sector muy específico de la población, cual si estuviese muy bien liberar el estrés solo con el placer de golpear a una mujer negra.

Lamentablemente lo que parece tan obvio no lo es para algunxs. Y aunque la muñeca antiestrés ha sido retirada del mercado, todavía me pregunto cómo, productos como estos pueden llegar tan siquiera a ser concebidos. Mi mayor temor es que lxs nixs están siendo expuestos a una sociedad en la que se reproduce cada vez de forma más extrema el sectarismo, la xenofobia, el racismo, la violencia en todas sus formas de expresión. Temo que se fortalezca el odio sin sentido y si me preguntan, no quiero un mundo así para nadie, mucho menos para las nuevas generaciones, ni tampoco para esos objetos sagrados de nuestra infancia. Pensar en que mi muñeca pueda ser golpeada, lanzada, maltratada, sería como también sufrirlo en carne propia.

A día de hoy todavía la pienso. Llegó a mi vida como una viajera solitaria pero encontró donde quedarse para siempre… ahora habita mis más dulces recuerdos de la infancia.

Referentes bibliográficos

Iglesias Méndez, M. L. y Pereira Domínguez, C. La publicidad de los juguetes. Una reflexión sobre sus contravalores y sobre el fomento de la desigualdad de género (2008). En Sahuquillo, P. (Ed.). Educación, género y políticas de igualdad. Comunicaciones, experiencias y pósters. Valencia: Universitat de Valencia.

Tosa, M. (1999). Barbie, 40 años de fantasía. Palma de Mallorca: Cartago.

¿Qué pasa con las víctimas del caso R. Kelly?

Robert Sylvester Kelly, también conocido como R. Kelly, cantante y exjugador profesional de baloncesto.

No es de hoy que se viene denunciando el acoso sexual. Muchas han sido las mujeres víctimas de este problema que constituye una de las formas de expresión de la violencia de género, definido como:

«Comportamiento de tono sexual tal como contactos físicos e insinuaciones, observaciones de tipo sexual, exhibición de pornografía y exigencias sexuales, verbales o de hecho. Este tipo de conducta puede ser humillante y puede constituir un problema de salud y de seguridad (…)». Recomendación General núm. 19. Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra las Mujeres (CEDAW).

En los últimos años ha despertado popularidad mediática a raíz de la denuncia de mujeres celebrities víctimas de este flagelo. Todo empezó en octubre de 2017, cuando la actriz Alyssa Milano fomentó a que las víctimas de agresiones sexuales contasen sus historias, etiquetándolas bajo el hashtag #metoo, acción impulsada por las acusaciones de abuso sexual contra el productor de cine y ejecutivo estadounidense Harvey Weinstein.

Traducción: Si has sido acosada o abusada sexualmente, escribe “yo también” como respuesta a este tuit.

Pero ese no sería el verdadero comienzo del “Me too”. Como movimiento ya había sido creado desde 2006 por la activista Tarana Burke, para atender a mujeres afroamericanas de comunidades marginadas que sufren algún tipo de violencia sexual. Sin embargo, el reconocimiento no empezó hasta que los medios en masa no se hicieran eco de las experiencias de las celebrities, aun cuando no es de ahora que se viene hablando de acoso. Pero ¿sabemos cuántas mujeres han sido sus víctimas? ¿Conocemos los diversos nombres y rostros que oculta esta lacra social?

Con el despertar de los casos de acoso, el #Metoo también se ha reflejado como un movimiento de élite que ha destapado el silencio en el que permanecen muchas otras víctimas que de distinta clase social, etnia, nacionalidad, etc. han sido ignoradas desde sus experiencias particulares. La atención mediática “ha contribuido más a segmentar el silencio que a romperlo, contribuyendo a invisibilizar a las mujeres más oprimidas en detrimento de las más privilegiadas” (Manzano, 2018, p. 136).

«What history has shown us time and again is that if marginalized voices- those of people of color, queer people, disabled people, poor people- aren’t centered in our movements then they tend to become no more than a footnote. I often say that sexual violence knows no race, class or gender, but the response to it does… Ending sexual violence (and harassment) will require every voice from every corner of the world and it will require those whose voices are most often heard to find ways to amplify those voices that often go unheard»* Tarana Burke.

Tras la visibilidad del hashtag #Metoo, han relucido nombres de actores y directores famosos que alguna vez han sido denunciados de acoso, sin embargo, las cifras se multiplican si sumamos el margen de los desconocidos públicamente. De ahí a que otra de las consecuencias que han estado asociadas a estos escándalos es “la concepción de que el caso Weinstein se trata bien como algo   asociado a hombres poderosos, o bien como un escándalo aislado” (Manzano, 2018, p. 135). Ello lo refuerzan otros casos que, en mayor o menor medida, han ocupado la cima mediática, casi siempre, visibilizando a hombres famosos involucrados como victimarios, tal es el caso de Robert Sylvester Kelly, también conocido como R. Kelly, cantante y exjugador profesional de baloncesto.  

I believe I can fly (Creo que puedo volar)/I believe I can touch the sky (Creo que puedo tocar el cielo)/I think about it every night and day (Lo pienso cada noche y día)/Spread my wings and fly away (Extenderé mis alas y volaré lejos).

Así reza una estrofa de la canción “I believe I can fly”, uno de los temas musicales más populares y aclamados del cantante. Si no lo recuerdan puede que si la reconozcan como parte de la banda sonora de la película “Space Jam” (El juego del siglo), protagonizada por Michael Jordan.

R. Kelly ha sido acusado de frecuentes abusos sexuales y hasta hoy, todavía está pendiente a juicio por cargos federales que el artista insiste no haber cometido nunca. Desde 2002 se dio a conocer uno de sus primeros escándalos, cuando el diario Chicago Sun Times recibió una cinta de 27 minutos en la que se veía a alguien físicamente muy parecido a él, manteniendo relaciones sexuales con una niña menor de edad. Tras esto se le imputaron cargos por explotación sexual de menores y pornografía infantil.

Más adelante, en julio de 2017, en una noticia publicada en BuzzFeed, fue acusado de someter a chicas entre 17 y 21 años a “cultos sexuales” en sus residencias de Chicago y Atlanta. Después de esto, se llevó a cabo una investigación policial pero no se encontraron pruebas suficientes para seguir adelante con la denuncia.

Su larga trayectoria de abusos ha sido constante ante el ojo público, sin embargo, aun siendo anterior a los escándalos asociados al #Metoo, no han tenido tanta visibilidad como estos últimos. Cabe señalar que, a diferencia de las víctimas del #Metoo, las asociadas a los escándalos de acoso de R. Kelly son en su mayoría, mujeres negras que distan mucho de tener la popularidad mediática de las celebrities.

A pesar de tratarse de casos que reflejan un mismo problema, es indudable que los medios privilegian ciertos contenidos sobre otros. “Los editores y directores informativos, con su selección día a día y su desplegué de informaciones, dirigen nuestra atención e influyen en nuestra percepción de cuáles son los temas más importantes del día” (McCombs, 2006, p. 24).

De ello puede comprenderse las prioridades establecidas y por qué, medios como El País, publican noticias como la tituladaPrincipales acusados de acoso sexual en Estados Unidos de fecha 29 de noviembre de 2017, en donde pone rostro sólo a hombres famosos vinculados a algún tipo de escándalo por acoso sexual. De esta lista se excluye a R. Kelly y esto no es casual puesto que si bien el #Metoo ha dado voz a diversas celebrities, el resto de mujeres no han tenido la misma fuerza para poder levantar sus voces. Otro cuestionamiento que pudiera levantar la noticia, es que, si bien se centra en hombres públicamente reconocidos, ¿por qué no visibilizar otros múltiples rostros victimarios de estos casos?

Ante la política de visibilidad/invisibilidad que llevan a cabo los medios, es preciso desarrollar una visión crítica ya que todo de lo que bebemos para informarnos merece el margen de la duda. Levantemos cuestionamientos sobre ello porque será la única manera en que podamos también contribuir y ser críticamente activos con la información que consumimos.

Actualmente, R.Kelly sigue siendo investigado. Aunque todavía persiste en desmintir este tipo de incriminaciones, la serie documental “Surviving R. Kelly” ha dado más detalles que las autoridades no han podido eludir y que lo involucran de facto.

Las victimas de R. Kelly no fueron celebrities pero si mujeres, muchas de ellas negras. “El hecho de que esta historia involucre niñas negras claramente es un factor invisibilizante… Sin embargo, me atrevo a esperar que el nivel en la toma de conciencia sea más alto “, afirma Zakiyah Ansari, activista, miembro de la organización Alliance for Quality Education.

El silencio en torno a las víctimas y su frecuente exposición a este problema, cuando se trata de mujeres negras, no es un fenómeno nuevo. Desde tiempos posteriores a la abolición de la esclavitud “las mujeres estaban especialmente expuestas a recibir brutales agresiones del sistema judicial. El abuso sexual que rutinariamente habían sufrido durante la época de la esclavitud no se detuvo por el advenimiento de la emancipación” (W. E. B. DuBois en Davis, 2004, p. 95). Históricamente se ha discriminado, marginado y excluido a las mujeres. Las diferencias han forzado la exclusión de las mujeres, negras, indígenas, campesinas, pobres.

Los medios han dirigido la mirada hacia la visibilidad del acoso, por un lado dando más reconocimiento a las víctimas celebrities que en el problema en sí, lo que ha forzado la invisibilidad y la doble marginación de esas otras víctimas no privilegiadas que se han visto afectadas de diversas formas. También es innegable que han puesto mayor interés en hombres reconocidos públicamente, ignorando a conveniencia, otros rostros que han repercutido incluso en mayores medidas, en la reproducción del problema. Elementos como el género, la etnia, la clase, la orientación sexual, entre otros, deben ser centrales en los proyectos de liberación por la igualdad, sólo así se podrán reflejar las múltiples opresiones de las que son víctimas las mujeres en particular.

Las victimas del caso R. Kelly se encuentran en ese grupo de mujeres de las que poco se ha hablado, pero también hay que reconocer que son solo una parte de las que existen. Fuera del mundo de la celebridad y la fama, hay muchas otras voces que deben ser rescatadas y reconocidas a fin de ir desmontando poco a poco las violencias a las que se enfrentan en su día a día. En el camino debemos ir todas juntas de la mano ya que es lo que hará posible la sororidad que reclama poner en vigor el movimiento feminista como una revolución que debe involucrar múltiples y diversas experiencias.

Referencias bibliográficas

Burke, T. (Nov, 9, 2017). MeToo Was Started for Black and Brown Women and Girls. They’re Still Being Ignored, Washington Post. Encontrado en https://www.washingtonpost.com/news/post-nation/wp/2017/11/09/the-waitress-who-works-in-the-diner-needs-to-know-that-the-issue-of-sexual-harassment-is-about-her-too/

Davis, A. (2004). Mujeres, raza y clase. Madrid: Editorial: Akal.

Manzano, Z. L (2018). Apropiación ideológica y feminismo mediático : una aproximación crítica al caso Weinstein y el #MeToo en las ediciones digitales de S Moda y Mujerhoy. Trabajo Fin de Máster, Universidad de Sevilla.

McCombs, Maxwell (2006). Estableciendo la agenda. Barcelona: Paidós

“La Sirenita, ¿negra? No es racismo, pero…”

Halle Bailey fue elegida para interpretar a Ariel en la próxima película live action de Disney, La Sirenita.

Cuando era pequeña, solía pasarme horas frente al televisor al regresar de la escuela. Era el momento en que comenzaba la programación infantil. Mi niñez gravitaba entre el mundo real y ese mundo de la ficción que me aproximaba a la pequeña pantalla y me hacía disfrutar de dibujos animados como Elpidio Valdés, Aventuras en la Isla del Coco, Chuncha o Fernanda, todos, seriales de producción autóctona cubana.

A mí me parecían maravillosos los muñes. No era yo precisamente una niña que viviera apegada al consumo de televisión, pero, ¿a qué niño no le gustan?

A la producción nacional acompañaría todo un paquete de películas animadas de producción extranjera; entre ellas, las producidas por Walt Disney guardan en mi recuerdo una nostalgia especial por la manera en que fui flechada por filmes como Blanca Nieves (1937), Cenicienta (1950), La Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991), Aladdin (1992), etc.

No recuerdo el orden en que las terminé viendo, pero sí recuerdo sus tramas desde el principio como si las hubiera visto ayer. Hay muchas cosas que una no se cuestiona cuando es pequeña, y estos filmes terminan deleitándonos con un mensaje que casi se nos plantea incuestionable: ser princesa, conquistar el amor de un príncipe, aspirar a un modelo de belleza física. Todo esto se convierte, a grandes rasgos, en sus principales líneas discursivas. Sin embargo, nunca me pareció tan claro encontrar tan pocos referentes de mujeres negras como protagonistas.

«La imagen de inocencia y defensa de la moral que nos vende Disney dificulta un análisis crítico de productos como las películas Disney de dibujos animados. Sin embargo, analizando de forma crítica el contenido de esas historias podemos encontrar numerosos estereotipos que refuerzan valores sexistas, racistas y clasistas » (Digón, 2006, pp. 165-166).

Natural era para mí no encontrar nada, y digo natural porque yo no estaba buscando un referente de mi negritud en esas películas, ellas por si solas se posicionaron en mi mente como el referente al que toda niña debe aspirar. Esos estigmas tan complejos no se lo cuestionan las niñas tal cual, porque a tan temprana edad no se es consciente de los problemas asociados al hecho de pertenecer a determinado grupo social, pero es inevitable que sean elementos que causen ruidos en la percepción de lxs más pequeñxs de casa.

«People think that kids don’t catch subtle messages about race and gender in movies, but it’s quite the opposite» (Barnes, 2009). (Traducción: «La gente piensa que los niños no captan mensajes sutiles sobre raza y género en las películas, pero es todo lo contrario»)

¿Por qué casi todos los personajes de los dibujos animados son blancxs? Está bastante claro que no hay armonía interracial entre los caracteres de Disney. No creo sensato que alguien responda a esta pregunta aduciendo que porque siempre ha sido así y no tiene por qué ser diferente. Para quienes se detienen en este argumento, el patriarcado y el problema de la violencia de género dan respuestas más que suficientes como para no creer que lo que siempre ha existido está bien.

No se puede pasar por alto que tras las producciones del gigante mediático subyace la realidad de un gran poder económico y político que protege sin fisuras su posición mítica como abastecedor de inocencia y virtud moral norteamericana. No sólo proporciona las fantasías por medio de las cuales se produce, experimenta y afirma la inocencia de la infancia y la aventura, también produce prototipos para escuelas, familias, identidades y comunidades modelos y la manera en que debe comprenderse el futuro por medio de una construcción particular del pasado (Giroux, 1997, pp. 66-67).

El filme de La Sirenita (The Little Mermaid) se nos plantea reproductor de esas ideas y del hechizo que provoca la industria hacia el estereotipo del héroe, de la malvada villana, del amor romántico y de la vulnerable sirenita, también vista como la heroína, por el sacrificio que está dispuesta a hacer para alcanzar como objeto de deseo, el amor del príncipe. Esta clara evidencia de sexismo se puede percibir en varios pasajes del filme, uno de los ejemplos más claros se nos presenta cuando  Úrsula le decía a Ariel:

“Tienes tu belleza, tu linda cara. Y no debes subestimar la importancia que tiene el lenguaje corporal. Hablando mucho enfadas a los hombres. Se aburren y no dejas buen sabor, pues les causan más placer las chicas que tienen pudor. ¿No crees que estar callada es lo mejor?”

Ariel y Úrsula en La Sirenita.

La Sirenita no sería la única película que reforzaría los estereotipos de género. De una forma u otra, estos se repiten en todos los dibujos animados de Disney. En lo que concierne al tratamiento de la raza en estas producciones, son escasas de manera general.

El personaje de Jazmine en Aladdin fue un intento por dar visibilidad a una mayor diversidad racial: la primera princesa árabe fue alabada y criticada por este mismo motivo. Es válido señalar que la presencia de caracteres como este en la filmografía, también despertó críticas, pues la película magnifica los estereotipos populares asociados con la cultura árabe. Mientras algunos vieron un acto de buena fe, otros leyeron un intento de Disney de expandirse a otros mercados al introducir a una protagonista que, aunque nacida en el Medio Oriente, está fuertemente americanizada (Míguez, 2015, p. 49).

Jazmine en Aladdin.

Pero este no sería el primer intento por hacer colar la diversidad interracial. La representación de los afroamericanos en el trabajo de Disney ha sido motivo de gran polémica desde mucho antes. La canción del Sur (Song of the South, 1946) y El Libro de la selva (The Jungle Books, 1967) son dos ejemplos que han sido puestos en tela de juicio por la denigración que hacen de las personas negras. «Además, en los años 50 aparecieron en Frontierland representaciones racistas de los nativos norteamericanos como “pieles rojas” violentos» (Giroux, 1997, p. 72).

Otro intento por mostrar la heterogeneidad racial fue la aparición de Tiana en La princesa y el sapo: una princesa trabajadora que pretende ascender socialmente por sus propios medios y no a través del patrón seguido por muchos animados: el matrimonio. El final no termina de mostrar un empoderamiento real de la protagonista pero constituye una práctica que pone en cuestión la raza y rompe con el criterio normativo que asume a lxs protagonistas como personajes blancxs.

La princesa Tiana en La princesa y el sapo.

El propósito de utilizar diversos referentes es un elemento a favor de la educación de lxs más pequeñxs. Lo negativo radica en la historia de vender la idea de «la fantasía, el deseo y la inocencia en el aseguramiento de intereses ideológicos particulares, la legitimación de relaciones sociales específicas y la realización de una afirmación clara sobre el significado de la memoria pública » (íbidem, p. 78).

El valor educativo de esta industria es sumamente importante, por lo que debemos verla como un lugar donde confluyan paisajes culturales diversos y heterogéneos. La reciente designación de la joven actriz y cantante Halle Bailey para el personaje de Ariel en La Sirenita puede estar dirigida en este camino. No sabemos cómo se desarrollará el filme porque todavía no se ha estrenado, pero sin dudas constituye un esfuerzo por rescatar la raza frente a una industria que siempre ha respondido al criterio de la normatividad “blanca” y a cánones establecidos.

Halle Bailey tras la decisión de Disney expresó en su cuenta de Twitter: “sueño hecho realidad”.

Detengámonos a pensar en esto, puesto que la elección ha despertado olas de críticas en contra y en apoyo a la decisión de Disney de elegir a una mujer negra para encarnar este personaje en la próxima adaptación live-action del clásico animado. La selección de Bailey para protagonizar La Sirenita rompe con la normada blanquitud que ha caracterizado al personaje de Ariel.

Recordemos que La Sirenita se basa en el cuento original del escritor danés Christian Andersen, escrita en 1936. Fue adaptada originalmente como un ballet, pero a este se sumarían otras adaptaciones que incluirían un musical, una película animada japonesa de Toei Animation y la película animada de Walt Disney.

Muchas han sido las críticas que ha despertado la noticia. Merece la pena mostrar el caso de la red social Twitter, en donde se dio toda una explosión de mensajes que, posicionados bajo la etiqueta #notmyariel, arremetieron de manera negativa en contra de la designación de Halle como protagonista.


Traducción:
No es una película sobre sirenas … es sobre la película de Disney de 1989 basada en la historia “La Sirenita”, escrita por Hans Christian Andersen, donde la describe de piel blanca y de ojos azules. Ariel es de DINAMARCA … nórdica.
Traducción: Hablaré en nombre de los niños de los años 90. Las películas de Disney eran nuestras posesiones más preciadas. Memorizamos cada canción y conocíamos las películas de memoria. Ariel era una princesa en lo profundo de nuestros corazones. Fingimos ser ella cuando nadamos. Esto no es racista! Disney- Haz una nueva historia.

Estas personas parecen olvidar o desconocer que la adaptación de La Sirenita por Disney difiere en otros muchos argumentos del cuento original de Andersen.  En el cuento danés la sirenita no se queda con el príncipe; tampoco tiene nombre propio; la bruja es un personaje secundario y neutral y el príncipe está enamorado desde el principio de otra princesa ¿y esto ha levantado algún revuelo? La respuesta es no.

Traducción: No se trata de racismo, a la mierda … Se trata sólo de que la actriz elegida no se parece a la pequeña sirena que todos conocen y aman en sus mentes … No todo es odio y discriminación en este mundo queridos neomillenials …
Traducción: El racismo no tiene nada que ver con eso.

Tal como se encuentran insultados estos usuarios pareciera que se está cometiendo un pecado atroz contra el personaje de la sirenita como si se le estuviera amputando una característica esencial, cual si las sirenas fuesen originalmente mujeres, blancas, con cabello rojo y de origen danés.

La decisión de Disney ha dividido opiniones. Es importante destacar, cómo, desde las distintas posiciones a favor o en contra, se ha despertado la reflexión crítica en torno al problema social del racismo, el sexismo y la inclusión social en el cine; temas que, lejos de ser nuevos, rescatan la necesidad de poner el dedo sobre las patas de las que cojea la industria del cine.

Utilizar como argumentos los anteriores nos lleva a recordar cuántas películas han sido protagonizadas por actrices que no cumplen las características básicas del personaje que encarnan; pero las críticas sobre estas han pasado desapercibidas.

Podría llevarse a cabo un estudio comparativo bien detallado sobre cuánta polémica ha enraizado la selección de diversas actrices cuyo origen de procedencia no responden al contexto geográfico que describe la trama. Por citar algunos ejemplos tenemos a Emma Stone para interpretar el papel de una militar nativa de Hawai en el filme Aloha. O cuando Scarlett Johansson protagonizó la película Ghost in a Shell interpretando a un personaje asiático. O también se podría señalar a la actriz británica Naomi Scott, al encarnar el personaje de Jasmine en Aladdin.

De todos estos precedentes, ninguno ha sido tan viral como la elección de Halle para interpretar a La Sirenita. Quiérase o no, los comentarios racistas que enarbolan las críticas están injustificados e inevitablemente han incidido en la reflexión en torno a las prácticas de un racismo que intenta solaparse pero que está siendo muy real y evidente.

Toda esta masa crítica de opiniones en contra o a favor también ejerce, inevitablemente, grupos de presión sobre el papel que desempeñará la actriz. Todo el mundo está a la expectativa del estreno, algunxs para juzgar negativamente cualquier elemento de la actuación de Halle, la que de antemano se encuentra puesta en tela de juicio sin ningún objetivo claro, mas que la pretensión de censurarla al mínimo descontento.

Claro está que al final lo importante es lo que significará su protagonismo como mujer negra dentro del filme, pequeños pasos hacia la deconstrucción de los modelos preestablecidos y hacia la educación de todxs sobre la necesidad de entender que la diversidad de colores de piel debe ser respetada. Somos diversos por naturaleza, así también la producción que deviene de nuestros esfuerzos. Quiérase o no, imponer como modelo único, el de la princesa, blanca, proveniente de un país nórdico, desdibuja nuestra rica diversidad.

Sí, La Sirenita puede ser negra, y blanca y amarilla… Todos aquellos argumentos basados en que el color de la piel no tiene nada que ver con la oposición a la decisión de Disney, no son más que absurdas justificaciones que a toda voz gritan el evidente racismo al que aseguran no responder cuando dicen: “no soy racista, pero…”.

Referencias bibliográficas

Barnes, Brooks (2009, 29 de mayo). Her Prince Has Come. Critics, Too. The New York Times. Recuperado el 8 de julio de 2019 de http://www.nytimes.com/2009/05/31/fashion/31disney.html?pagewanted=all&_r=0l   

Digón, P. (2006) “El caduco mundo de Disney: propuesta de análisis crítico en la escuela”.  Comunicar no. 26. pp. 163-169.

Giroux, Henry, (1997), “¿Son las películas de Disney buenas para sus hijos?”, en Steinberg, Shirley R. y Kincheloe, Joe L. (Comps), Cultura infantil y multinacionales, Morata, Madrid, pp. 65-78.

Míguez, María (2015). De Blancanieves, Cenicienta y Aurora a Tiana, Rapunzel y Elsa: ¿qué imagen de la mujer transmite Disney? Revista Internacional de Comunicación y Desarrollo, 2, pp. 41-58.

El Taxi

Era una mañana de esas en las que da pereza levantarse y hacer cualquier cosa. Claro que la falta de presión vino condicionada al hecho de que al fin de cuentas era fin de semana, podía descansar y decidir tranquilamente qué hacer durante el día. Lamentablemente mi espíritu de acción estaba decidido a seguir descansando aun cuando mis ojos se resistían a cerrarse porque ya mi cuerpo había cubierto las horas necesarias de sueño. Así fue que tomé la decisión de quedarme tumbada sobre la cama mirando al techo.

De repente, se me antojó un poco de música para terminar de ponerle el melodrama a esa situación tan penosa de hastío, inercia y paralización de casi todos mis sentidos. Agarré el móvil sin tener que hacer otro movimiento que el de estirar mi brazo hasta alcanzar la mesita de noche que tenía justo al lado de la cama.  Lo desbloqueé y ahí estaba esperándome la última playlist de Spotify.

Normalmente voy directo a mi música favorita, pero esta vez quise escuchar una lista diferente, así que dejé que la suerte del ‘Reproducir playlist’ me sorprendiera… el resultado no fue lo tan sorprendente ni grato que esperaba.

El Taxi… esa canción cargada de recuerdos y que ha quedado en mi cabeza como uno de los peores temas musicales, totalmente a la altura de esa categoría. Sólo atiné a dar un suspiro profundo de queja por mi mala suerte.

Yo la conocí en un taxi, en camino al club
Yo la conocí en un taxi, en camino al club

Así empieza la letra, pero claro, una se entera antes de que efectivamente es “la canción” porque ese ruido del background del principio es identificable a mil leguas de distancia. Debo reconocer que mis oídos se han hecho sensibles a su detección. Digo ruido y con eso ya quiero posicionarme claramente en que se trata de un tema que me desagrada desde principio a fin, y una de mis motivaciones para creer en esto, además de la letra, es la trayectoria poco fiable de su autor: Osmani García, el tan mal aclamado y autodenominado “La Voz”.

La espectacularización vanal de su vida es lo que ha despertado más que nada la relativa fama de este hombre. Cubano y residente actualmente en Miami, Estados Unidos. Osmani García ha levantado su fama a través de los escándalos asociados a sus relaciones personales, en donde él y su exmusa Dayami han sido la historia que ha dado visibilidad a su carrera artística.

Además de eso no hay más nada, o si, una carrera musical prácticamente vacía y sin otra visible proyección que la de generar interés con su perfil en redes sociales. Si no lo creen basta con visitarlas o, también CiberCuba puede ser una referencia, medio que al parecer ha seguido bastante activamente la vida de este personaje.

Hay que reconocer que la canción de El Taxi ganó mucha popularidad. No se puede tapar el sol con un dedo, el reguetón vende.

Críticas pudiéramos señalar muchas sin ser expertos en música: la canción es extensa, hay una muy evidente pobreza léxica. Ante todo esto, el autor se vale de ello para reafirmar su masculinidad en el discurso, posicionándose como protagonista central, ilustrando a la mujer como el objeto de su virilidad,  y de placer.

Me lo paro
El taxi
Me lo paro
El taxi
Me lo paro
El taxi
Me lo paro

Lo paro con una mano, lo paro que yo la vi
Cho cho cho fe para el taxi
Cho cho cho cho cho fe para el taxi

Quizás también este hombre viva de la autoemoción que le genera su música. A muchas personas les gusta esta canción y respeto la decisión, como bien dicen, “para gustos los colores”. Seguro que habrá peor música en toda la historia, pero no dejo de hilvanar cada letra de El Taxi y con ello cuestionarme en si no habrá sido una invención propia de su falta de talento y habilidades como cantante.

La canción reproduce los mitos relativos al ámbito de las conquistas sexuales como espacio de legitimación de la masculinidad donde la idea es vincularse sexualmente, pero no afectivamente. La mujer se percibe como ese objeto a alcanzar cual si fuese un premio para un hombre que se plantea la conquista como “la colección de ‘medallas de guerra’ que representan a cada mujer o coito logrado” (Salas, 2005, p. 71).

Ella está pa un accidente, no me importa si está crazy
No me importa si hace vino por ahí

(…)

No me importa si es casada
No la quiero pa instalarme
Yo no quiero que sea sólo para mí

(…)

Ella hace de todo to to to to to
Ella sabe de todo to to to to to

Y me pregunto, ¿qué querrá decir exactamente eso de “ella hace de todo to to to to to”?

En su Sitio Web La fábrica de éxitos se vale de la palabra para adornar su carrera musical. Se trata de un Web desactualizada que parece ser que en algún momento le sirvió para visibilizar su contenido artístico. Insisto en que me gustaría saber quién está detrás de esas aduladoras letras que casi que lo describen como el nuevo talento del siglo XXI. Se dice que “Osmani tiene precisamente eso, una Fábrica de Éxitos, lo mismo cuando compone un merengue, un reguetón, una balada o incursiona en cualquier nuevo género musical”. O cosas como que “todo lo que toca se convierte en melodía que llega al mismo corazón de su pueblo”… ¿en serio? Supongo que el fenómeno de generalizar lo hayan exagerado “un poquito”.

La letra no tiene ningún atractivo. Todo su discurso gira en torno a la figura de la mujer y a la sexualidad femenina, en un intento por casar este binomio presente en la música de este tipo de género musical. La participación de las mujeres queda reducida al coro y a la ‘sensualidad’ de la imagen de sus cuerpos en la producción audiovisual. Se convierte en esa imagen mutilada, puesta en función de los intereses de esa masculinidad construida.

Está dura, dura, qué dura
Pero ya tú sabes que ella quiere efectivo dinero, visa qué chula,
Lula,
Con culo de mula,
Y no le tengas duda, ella le saca todo el jugo a la uva
Que hace vino, sí Hace vino

Parece “cool” terminar en inglés y esta práctica es seguida por muchos temas de reguetón. Osmany la sigue para no quedarse atrás y sellar su canción con broche de oro:

Everything is just fine, why?
Because she makes wine
Everything is just fine, why?
Because she makes wine

La visión de la masculinidad en este ritmo musical coincide con una visión tradicional del rol de los hombres como parte del sistema patriarcal. Se trata de un contenido posicionado porque de alguna manera bebe de códigos legitimados socialmente para despertar el interés de las audiencias. Esto último se presenta como una de las razones para poder entender por qué sigue generando convocatoria y aceptación en general.

Reconozco que El Taxi, después de todo, ha merecido mi atención, pero no precisamente porque despierte mi satisfacción. Creo que si de algo ha servido, es para alentar a la crítica de los mitos y estereotipos que tienen normalizados, muchas canciones de este género musical.

Sólo espero que la suerte no me vuelva a tentar a escucharla.

Referencias bibliográficas

Salas, José Manuel (2005). Hombres que rompen mandatos: la prevención de la violencia. San José. Instituto WEM.

La historia de Ana…

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Ella se llama Ana María pero todo el mundo le dice Ana. Su mamá está acostumbrada a seguir viéndola como la pequeña de casa. Le llama Anita, su niñita traviesa, la que siempre reía, la que siempre la recibía con un abrazo tierno cada vez que llegaba del trabajo cansada.

Ese abrazo revitalizador era su gloria, y lo que la cargaba de energías para empezar su segunda gran faena del día: las tareas del hogar. Sumaba a ello el dejar planchado y tendido el uniforme que al día siguiente utilizaría Anita para ir a la escuela.

Su padre también palpitaba de emoción con la alegría que irradiaba, aunque era más serio y sus demostraciones de afecto eran más medidas, también la adoraba y Anita sentía lo mismo por él. A ella sólo le parecía que su padre era un poco controlador. Sus reclamos así lo hacían ver: que si las niñas juegan con niñas y muñecas, no con niños; que si las niñas no juegan pelota, mejor apuntarla en clases de baile; que si la saya que tiene puesta está muy corta, qué pensarán de ella; que si las niñas no salen solas, la calle no es un lugar seguro; etc.

Por suerte, abuela y abuelo siempre estaban ahí para mediar ante las restricciones que se le imponían. No por gusto, eran sus guardianes, los que ella llamaba todo el rato sin cansarse “los requetemejores abus del mundo”.

Con el tiempo, Anita fue creciendo, seguía siendo la pequeña de la casa pese a que ya era notable que estaba casi a las puertas de la juventud. Sus diversiones transitarían de juegos de barbies entre amiguitas a invitaciones de fiestas nocturnas con lxs amigxs hasta llevar a casa al primer novio. Con el tiempo también tendría que despedirse de muchas cosas: tocó hacerlo de sus abus para siempre, de su pasión por la pelota, de los besos matutinos a mamá y papá, de su vivacidad y hasta un poco de ella misma.

Anita desde hace mucho se convirtió en Ana. La madre de una niña preciosa a la que adora, la esposa de un hombre del que se enamoró casi a primera vista y que la hizo la mujer más feliz sobre la tierra el día que le pidió matrimonio.

Ella de Psicología y él de Derecho. Ambos se conocieron en una fiesta de la Universidad de La Habana y la atracción fue mutua al instante. Un amigo en común los presentó, luego una cosa llevó a la otra, entre el baile, el ambiente y el alcohol.

Ellos se querían, ante sus amistades eran la pareja perfecta pero a veces tenían problemas como todas las parejas. Él a veces se ponía violento pero para Ana, esto era pasajero, intentaba excusarlo bajo la frase “él tiene su carácter, todos tenemos nuestro carácter”. Cuando se mudaron a vivir juntos, a veces discutían y él tiraba alguna cosa al suelo con la intención de hacerla callar cuando la discusión se ponía intensa. Para ella no pasaba nada, “todas las relaciones tienen sus diferencias” y ellos seguían enamorados.

Ana también amaba su profesión y a ello se dedicaría con todas sus fuerzas hasta que nació la pequeña de casa, a la que llamó María, como su mamá. Cuando supo que estaba embarazada fue como recibir un regalo, lo que tanto esperaba. Pasados 9 meses, nació María, luego pasarían 12 meses más en los que asumiría la licencia de maternidad por un año, para cuidar a la niña. Pero ese tiempo terminaría postergándose.

El esposo comenzó a trabajar como abogado para una firma internacional y no veía razón alguna por la que ella tuviese que trabajar porque, según él: “con mi salario es suficiente para mantenernos, ¿no ves que el salario tuyo no representa absolutamente nada? No tiene sentido que pierdas tu tiempo trabajando mientras puedes estar en casa dedicándole el tiempo completo a María”. Ella se opuso a esto y empezó a trabajar pero luego la salud de la niña se vino abajo y abría que dedicarle tiempo de cuidados, tiempos que el padre no estaba dispuesto a sacrificar.

Poco a poco Ana se vio alejándose de su vida profesional y ocupándose de ser madre a tiempo completo. Después vendría lo peor. Cada vez que llegaba el esposo del trabajo era un insulto tras otro hacia ella por diversas razones: porque no le gustaba la comida, o porque la casa estaba sucia, o porque ella cada vez se mostraba menos interesada en hacer el amor con él, o porque le reclamaba en qué se gastaba el dinero que él le daba, al fin de cuentas, “él era quien mantenía la casa” y se lo recordaba todos los días.

De insultos repetidos, él pasó a los golpes y a las amenazas, algunas de estas últimas eran de muerte. Ana se fue marchitando hasta un punto en que ya ni ella misma se reconocía. Un día él llegó tan borracho a casa que ella le gritó furiosa porque había despertado a la niña y esta lloraba sin parar. En un ataque de ira y descontrol él le fue arriba con todo; fueron golpes, patadas, le arrojó todo lo que tenía a su alcance, ni la pequeña lámpara de la sala salió invicta. Quedó inconsciente y rota, por dentro y por fuera. 

Ella nunca antes se había quejado porque le daba vergüenza que sus padres la vieran así, porque tenía miedo de que él la matase o le pasara algo a la niña. Temía también que, como abogado, pudiera crear una artimaña en su contra si intentaba denunciar, ya eso él le había advertido.

El amor se fue apagando hasta que desapareció y casi por poco a Ana la mata su esposo, pero no fue así. Esta historia no tiene un final trágico ni fatal porque esta no es la verdadera historia Ana, esta puede ser la historia de cualquier mujer que ha sido víctima de violencia de género. Los matices no son absolutos, sólo son un referente de historias diversas pero en nada se pretende que abarquen las distintas formas de expresión, ámbitos y prácticas concretas de este problema social.

Este ejemplo viene a poner un nombre a todas las víctimas de esta lacra, para visualizar los relatos que se esconden detrás de las vidas rotas, algunas no recuperadas porque han dejado de existir.

En Cuba, la violencia de género es una problemática que no ha merecido toda la atención que requiere y las cifras poco han ayudado a la visibilización del problema. En este sentido, merece la pena destacar las estadísticas recientes anunciadas este año en un Informe nacional ofrecido a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), sobre cómo se afronta la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En el mismo se ofrecen datos  sobre la tasa de femicidios* en 2016.

“El número de muerte ocasionadas por su pareja o expareja han disminuido entre el 2013 y 2016 en un 33,0 por ciento. En este último año la tasa de femicidios fue de 0,99 por 100 000 habitantes de la población femenina de 15 años y más”. (Informe voluntario de Cuba, 2019, p. 64)

Aunque resulta una novedad que se den a conocer estas cifras en un país en el que poco se conoce de casos específicos de agresiones contra la mujer, su publicación no es suficiente si tenemos en cuenta que: no es un dato que ha sido argumentado de forma sistemática; no se profundiza en cómo se determinaron estas cifras; se utiliza una categoría que ni siquiera se encuentra amparada en el marco regulatorio jurídico-penal del país.

Hacen falta muchos esfuerzos y no sólo el de mostrar los datos de la cantidad de víctimas, también debe concentrarse en normativas, procedimientos, acciones y la preparación de las autoridades responsables en atender los casos de violencia de género.

Un gran logro se verá cuando ya no existan víctimas… Confío en que llegará el día en que historias como la de Ana, nunca más se repitan.

*Femicidios: Marcela Lagarde lo propone como ‘feminicidio’. Según la autora, femicidio sólo significa el homicidio de mujeres y oculta la verdadera implicación social del asesinato de mujeres por parte de los hombres, de ahí a que proponga como voz de mayores connotaciones el “feminicidio”, calificándolo como “conjunto de violaciones a los derechos humanos de las mujeres que contienen los crímenes y las desapariciones de las mujeres (…) es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres” (Lagarde, 2008, p. 216).

Referencias bibliográficas

Lagarde, M. (2008). Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres. México: Universidad Autónoma de México (UNAM).

“Mammy”

La actriz británica Vivien Leigh (1913-1967) se apoya en una columna mientras la actriz estadounidense, Hattie McDaniel (1895-1952), aprieta su corsé en un fotograma de la película “Lo que el viento se llevó”.

Cuando vemos a la actriz Hattie McDaniel interpretando el personaje de Mammy en la película Lo que el viento se llevó (Gone with the wind), casi que con efecto inmediato nos mueve a trasladarnos en el tiempo.

De la película se pueden destacar un sinnúmero de elementos que nos ayudan a polemizar sobre la situación de la mujer en la época en que se desarrolla. Mucho se ha hablado del papel de los personajes que protagonizan la trama. Pero, en esta ocasión, hablemos de Mammy.

La película data de 1939 y recrea la historia de vida de Scarlett O’Hara, una bella joven adinerada, procedente del sur de los Estados Unidos. Se narra su supervivencia a través de la historia trágica del Sur durante la Guerra de Secesión, y sus enredos amorosos. Fue inmensamente popular, convirtiéndose en su momento, en la más rentable hasta entonces, y manteniendo esa posición durante más de un cuarto de siglo.

Uno de sus factores de popularidad estuvo condicionado por el hecho de que condujo a la primera nominación y premiación de una mujer negra a un premio Óscar. Reencarnando el papel de Mammy, se nos presenta a un personaje de buena criada, alegre y maternal, cuya vida estaba sujeta a la complacencia, servidumbre y fidelidad a su dueña, la señorita Scarlett (Vivien Leigh).  

Pero, ¿quién era esta mujer que, pese al profundo racismo que prevalecía socialmente en la época, supo imponerse para destacar exitosamente en la industria televisiva?  

Hattie McDaniel tuvo que superar la pobreza de su familia y alzarse ante una sociedad racista como la de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX.

Fue la menor de 13 hermanos que vivían en el seno de una familia muy pobre. Su sueño de convertirse en artista lo empezaría a andar cuando tomó la decisión de viajar a Denver. El talento natural que poseía la elevaría a alcanzar reconocimientos importantes en radio y televisión, deviniendo de lo primero, la ocupación de un puesto en la estación radial KOA de Denver. De 1931 a 1936 actuó en 12 películas y su nombre se fue haciendo popular. De las 94 películas en las que actuó, en 74 encarnó personajes del servicio; estos serían los papeles en los que principalmente se vería envuelta.

«Espero sinceramente servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga». Estas fueron sus palabras ante las críticas que la perseguían por reafirmar los estereotipos racistas, lo que para ella significaba una forma de atacar la discriminación.

Su actuación no era más que el reflejo de la condición social que muchas veces “tocaba” a las mujeres negras. Fue importante, no solo en la medida en que impulsó el camino hacia la presencia de las mismas en la industria fílmica, también contribuyó a mostrar una parte de la realidad social de la época. Esto no significa que haya constituido un triunfo en la lucha por la igualdad ni que haya cumplido el objetivo de ponerle fin a la segregación, pero sin duda, ratificó un mundo construido a la medida de una norma patriarcal y etnocéntrica. Fue un paso significativo en la visualización de los problemas acuciantes de la época, entre ellos, la disparidad racial.

La creciente discriminación no le sería ajena a la actriz pese a su reconocido papel y popularidad. Sufrió también exclusión, y uno de los ejemplos más brutales ocurrió cuando le fue impedido asistir, por su color de piel, al estreno de la película en la ciudad sureña de Atlanta.

Hattie falleció el 26 de octubre de 1952 y sin duda sentó un precedente para las personas afrodescendientes en la historia del cine.

La imagen de la “Mammy” que reencarnó la industria fílmica emergería de la esclavitud y estaría representada por actrices negras con el continuo propósito de estereotipar a la criada en los filmes de Hollywood.

«”Mammy” representa a la mujer negra que trabaja para los blancos y es mucho más que una empleada doméstica, es una verdadera madre, en muchas ocasiones ocupándose más de la familia blanca que de la propia» (Parkhurst, 1938).

El estereotipo de la mujer negra, cuidadora de niños blancos y cocinera del hogar se ha consolidado de muchas maneras, pero fundamentalmente a través del cine y el arte. Kimberly Wallace-Sanders (2008) ha analizado las diversas formas en la que esta figura sin nombre propio es parte de la memoria racial del sur de los Estados Unidos y ha influido en las diversas nociones populares sobre la servidumbre.

Este personaje seguiría siendo visualizado con los años, volviendo a mostrar el estereotipo de la empleada doméstica negra de los clásicos filmes hollywoodenses. En 2011, en la película Criadas y señoras (The Help), este personaje tomaría también la escena.

El filme cuenta la historia de tres mujeres que se arriesgan a cambiar sus entornos en un contexto marcado por la represión y el racismo. Se desenvuelve en el pueblo sureño de Jackson, Mississippi, en donde una aspirante a periodista Skeeter (Emma Stone), busca romper con los estigmas y prejuicios de la sociedad estadounidense, visualizando la vida de dos sirvientas negras (Viola Davis como Aibileen y Octavia Spencer como Minnie), que trabajan y son denigradas por familias blancas.

Las mammys devendrían como una representación sumisa y dócil al servicio de una comunidad liderada por personas blancas.

«A través de esta imagen se fue excluyendo a las mujeres negras de la categoría de la maternidad, alejándolas del ideal de feminidad que acompañaba tradicionalmente a la familia “ideal”, y que se apoyaba en una imagen de mujer que poseía las cuatro virtudes cardinales: piedad, pureza, sumisión y domesticidad» (Collins, 2000, p. 72).

Lo que el viento se llevó y Criadas y señoras representan una parte de la realidad social de la época, ubicando a las mujeres negras en un rol de otredad, de mammys. Ambos productos fílmicos abordan el tema del privilegio, la subordinación y las relaciones raciales en contextos distintos de cambio.

Referencias bibliográficas

Collins, Patricia Hill (2000). Black Feminist Thought. New York: Routledge.

Parkhurst, Jessie W. “The Role of the Black Mammy in the Plantation Household”, The Journal of Negro History, Vol. 23, No. 3, Jul., 1938, pp. 349-369. http://www.jstor.org/stable/2714687, consultado el 03/12/2014

Wallace-Sanders, K. (2008). Mammy: A Century of Race, Gender, and Southern Memory. Lansing: University of Michigan Press.

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