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Mi pelo afro

Hay días en los que no sé qué hacer con mi pelo. Me encuentro en una etapa en la que, después de haberlo sometido a todo tipo de tratamiento químico, decidí que lo quiero de vuelta en su forma natural, como hace tiempo que no lo tengo. Reconozco que no está siendo fácil el proceso, lo supe desde el principio, por eso decidí llevar a cabo la transición poco a poco.

Desde pequeña mis cabellos siempre constituyeron una lucha constante. Mi abuela era quien me peinaba, dejaba listo y alisado cada hebra de mi cuero cabelludo antes de ir a la escuela. Recuerdo que en el proceso, mi cabeza siempre se mecía en vaivenes ante los jalones producidos por la batalla del cepillo y el peine intentando desenredar mis rizos rebeldes.

Los resultados de ese ir y venir de jalones, solían devolverme varios tipos de peinados, de los cuales el que más odiaba era el de las cuatro trenzas a modo de motonetas duales. Nunca me gustó mucho porque me parecía que tenía un avión en la cabeza por el movimiento que producían en cada paso que daba. Tampoco me gustaba la apariencia infantil que me hacía lucir, atentaba contra la prematura madurez de la que solía vanagloriarme por aquellos años.

No obstante lo rebelde que siempre fue, mi pelo natural era largo y saludable, hasta que comencé a aplicar sobre él diversos tratamientos. El primero de ellos fue una indumentaria conocida como el “peine caliente”, el que me permitía mantenerlo alisado al menos por un corto tiempo; los efectos duraban hasta que el pelo volvía a entrar en contacto con el agua.

A medida que fui creciendo, también crecían mis deseos de alisarlo permanentemente por varias razones, una de ellas tiene que ver con la comodidad que implica mantenerlo peinado y alisado, y el otro motivo era mi necesidad de apegarme a los modelos cánones preestablecidos. Me gustaba como lucían las chicas de mi color de piel con sus pelos alisados, en ese entonces no me cuestionaba el por qué quería yo desprenderme de algo que formaba parte de mi esencia misma.

Cuando cumplí los 15 años me lo alisé bajo tratamiento de alisado de más larga duración, lo que me hizo depender de este, aproximadamente cada dos meses. Desde entonces he aplicado diversos tratamientos de alisado sobre cada uno de los nacientes rizos que identifican mi negritud.

Sumo el hecho de que en mi contexto de pertenencia es algo natural esta práctica de alisarse el pelo por parte de las mujeres de mi color. Los productos y servicios que se ofrecen no están pensados, en su mayoría, para pelo afro, aun cuando es grande la comunidad afro en Cuba.

Según datos estadísticos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), reportados en 2012, la composición racial está estructurada en 64,1% blanca, 9,3% negra y 26,6% mestiza. Aunque estas cifras apunten a un predominio de la población blanca, los expertos señalan que pudiera tratarse de estadísticas poco fiables, ya que provienen de valoraciones de los propios ciudadanos, quienes pueden no reconocerse como afrodescendientes, aun siéndolo.

“En Cuba, más del 30 % de la población tiene una ancestra de origen africano” (Marcheco, 2014).  

También se adolece de estadísticas sobre los consumos de productos para el pelo de la población afrodescendiente. Es en Estados Unidos donde más amplios datos existen. De acuerdo a un estudio desarrollado por Investigadores del Perception Institute (Instituto de la percepción) llamado “Test de asociaciones implícitas con respecto al cabello”, se pretendía medir si la gente sentía inconscientemente prejuicios contra el cabello de las mujeres.

Su desarrollo consistió en la exposición a un grupo de participantes de un conjunto imágenes de una mujer llevando varios peinados lisos o con textura (como trenzas, rastas o afro) y se les pidió que asociaran palabras positivas o negativas a cada una de ellas. También se pidió que puntuaran a las modelos de acuerdo a lo bella, profesional o sexy que parecían en cada una de las imagénes y que compartieran sus opiniones sobre la percepción social de las mismas.

El estudio arrojó entre sus resultados que la mayoría de los participantes, independientemente de su raza, mostraba prejuicios contra el cabello con textura de las mujeres negras. Casi la mitad (el 48%) de las afroestadounidenses afirmaba llevar el pelo liso. Además, una de cada cinco mujeres negras reconoció sentir presión social para alisar su pelo en el lugar de trabajo, lo que duplica las cifras de las mujeres blancas. No sólo en Estados Unidos, en muchos contextos se vive como una realidad la presión social de las mujeres negras por llevar el cabello alisado.

A día de hoy ansío volver a aquella etapa donde la rebeldía de cada hebra realzaban su naturalidad, donde no pesaba sobre mi cabello ningún tratamiento químico, más que el champú y el suavizador que me ayudaban a tenerlo limpio e hidratado. Después de pasar por mucho: tratamiento desrizador, extensiones, tintes de pelo; ahora busco recuperar su naturalidad en toda la expresión de la palabra.

Soy consciente de que en esta nueva etapa necesitaré superar la transición y sobreponerme al cambio que implicará. Lo que me ha hecho pensarlo ha sido precisamente el cambio de apariencia. Ello no ha hecho que me sienta menos comprometida con la causa de las mujeres negras. De tanto tiempo llevando el pelo alisado, me he acomodado a llevarlo así y ha perdido su fortaleza natural a base de tratamientos invasivos.

En mis aprendizajes como mujer afrodescendiente, esto no se ha contradicho con sentirme menos afrodescendiente por llevarlo de otro modo y dejo claro que tampoco critico a quienes deciden mantenerlo alisado.

Para mí era sólo una manera de lucirlo, pero ahora mi decisión sobre este aspecto es una cuestión de actitud. La transición pasará por la necesidad de empoderarme como mujer negra a través de cada elemento de mi cuerpo y el pelo es uno de ellos, define inevitablemente mi territorio de lucha como mujer negra.

Ausencias de diversidad étnica en el Ballet Nacional Cubano

Fuente: Getty Images

Me gusta ver la sintonía de la danza y cómo se logra un espectáculo casi perfecto con la compenetración cuerpo a cuerpo. Es una sensación extraña la que deja formar parte de un espectáculo de ballet. Digo “formar parte” porque aunque sólo sea una espectadora más dentro de un montón, el acto parece que tiene tal poder de hipnotización que es capaz de abrazarte como si tu cuerpo también se moviera a la par de lxs bailarinxs. Me atrapa cada pequeño acto de esta sublime danza y a su vez me parece tan distante. Y no me refiero precisamente al espacio entre el escenario y una simple butaca entre la multitud.

Mis ojos siempre han intentado solucionar las distancias de manera automática. Con ellos sigo cada detalle, embelesada, pero también esperanzada, siempre confiando en que en algún momento actuará un bailarín negro o una bailarina negra. Pero eso pocas veces pasa.

Pareciera que lo que mis ojos con tanta ansiedad buscan en una sala de ballet es algo demasiado difícil como para poder verlo. Así es, no sólo en Cuba, a nivel mundial el ballet ha sido una manifestación del arte que ha estado asociada desde sus orígenes, a las grandes élites. Existe un canon establecido y una de sus características principales es la blanquitud. El Ballet Nacional Cubano (BNC) no está ajeno a esta realidad.

Hay muchos estereotipos implícitos en el mundo de la danza clásica y la creencia de que las personas negras no tienen talento para formar parte, es una de ellas. Ello se acompaña de otras creencias machistas como la consideración de que los hombres bailarines son todos homosexuales; tampoco faltan las creencias elitistas que lo vinculan con la exclusividad de su consumo por la alta clase social. 

Estos estigmas son cada vez más criticados en el ámbito internacional y algunos hasta han dejado de tener el peso que tenían. No obstante, la cuestión del color de la piel sigue siendo un elemento que evidencia que la discriminación es latente en este mundo artístico.

Algunos de los argumentos que se han manejado para excluir a personas negras de la práctica de la danza clásica, vienen soportados por la historia, desde la que se registra que el ballet se originó en Italia, durante el Renacimiento. Era un período en donde la danza comenzaba a formar parte de acontecimientos aristocráticos como forma de entretenimiento a un público altamente elitista. Luego se extendería por Europa, también enfocado en las actuaciones para la aristocracia de la época.

Por mucho que parezca un pensamiento pasado de siglo, este sigue siendo un argumento usado para justificar la escaza presencia de diversidad étnica en el ballet. Sólo basta con mirar los rostros que han destacado por ser emblemáticos en la historia del ballet cubano, no tendremos respuestas exactas pero si una gran falta de referentes de bailarinas y bailarines negrxs.

Existe un blanqueamiento prácticamente intencional que cubre este mundo artístico. El Ballet Nacional de Cuba, siendo una de las más prestigiosas compañías danzarias del mundo es también una institución que encubre los síntomas de discriminación racial prevalecientes en Cuba.

Aunque “no existen documentos de carácter público que registren las relaciones porcentuales adecuadas de individuos por el color de la piel en los grupos de estudiantes del sistema de enseñanza del ballet o de otra manifestación artística” (Betancourt, 2009, p. 112), parece evidente que el color de la piel juega un papel importante en su sistema de evaluación puesto que no es casual que la gran mayoría de los bailarines sean de piel blanca.

“En el campo cubano del ballet la discriminación por el tipo de color de la piel se expresa en la depreciación de la belleza escénica corporal del bailarín socialmente negro o mulato respecto al danzante de color de piel blanca” (et. al., p. 116).

En Cuba, las escalas de colores de piel parten de una triada tipificada a todos los niveles, que definen a las personas por grupos raciales: blancxs, negrxs y mestizxs o mulatxs. La clasificación no sólo sectariza a la población en grupos diferenciados por el color de piel, elementos como la textura del cabello también se prejuzgan de antemano dentro de cada una de estas categorías.

De acuerdo con un estudio de Hamlet Betancourt León, el autor se plantea como objetivo determinar el impacto del color de la piel en la apreciación de belleza escénica corporal del bailarín de ballet del campo cubano. Como parte de su análisis, muestra una figura que ilustra un ejemplo de la aplicación de la clasificación popular que opera en la sociedad cubana en un grupo académico de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba.

Sistema de clasificación racial de la sociedad civil aplicado a bailarinas de un grupo del 7mo año académico de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba.
Números 1 al 7: Bailarinas socialmente blancas.
Números 8 al 10: Bailarinas socialmente mulatas.
Número 11: Bailarina socialmente negra.

“Exaltar o disminuir la belleza escénica corporal del bailarín por su pigmentación es ejercer discriminación por el tipo de color de la piel” (et. al., p. 105).

El mismo autor llega a la conclusión de que “la discriminación por el tipo de color de la piel que devalúa la apreciación de belleza escénica corporal de los danzantes socialmente negros (piel negra) y mulatos (piel carmelita) no se expresa en su exclusión o no admisión al campo social” (et. al., p. 116). Se expresa de otras muchas maneras implícitas en los sistemas de evaluación de la belleza escénica corporal y/o el desempeño y nivel técnico artístico del individuo.

“En Cuba la discriminación ‘racial’ abandona el espacio privado, se hace más visible en esferas claves de la sociedad como la laboral y en el acceso a servicios privados” (Campoalegre, 2019, p. 26). Aunque todavía sigue siendo un tema vedado, actualmente ha ganado mayor visibilidad por el esfuerzo continuado de activistas, profesionales que desde diferentes campos han puesto el dedo sobre una llaga abierta en el seno del sistema político, social y cultural cubano.

Los intentos por negar la existencia del problema contraponen los discursos ante una realidad observable que denota su vivencia en el contexto y que adquiere distintas formas de manifestación a través de los años. En el ballet cubano toca muy de cerca y por mucho que se quiera negar es evidente.

Un ejemplo cercano que despertó la polémica del racismo en el ballet lo podemos ver en las propias palabras del historiador del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Miguel Cabrera, en una entrevista que le hiciera Amaury Pérez Vidal, como parte de su espacio televisivo ‘Con dos que se quieran’.

(Min 27:23) Miguel Cabrera:

“Nos preguntan: ‘¿Y los negros?’ En el ballet de Cuba, el color es el talento (…). ¿Cuántas bailarinas blancas no llegan a ser primeras bailarinas?- valdría la pena señalar por qué aquí no se pregunta lo contrario que es bastante más cuestionable– ¿Cuántas bailarinas no han llegado a ser…? Bueno, Tuvimos una estrella: Catherine Zuasnábar, estrella; Andrés William, primer bailarín; Paulo Moré; mira Carlos Acosta es un negro (…). Hoy en día estamos teniendo lo que yo le llamo la mulatocracia, ¿por qué? Porque están saliendo con un físico, el ballet tiene un canon, una estética. Todo el mundo que quiere no puede llegar a ser primer bailarín. No es por el color, es por el talento y por la estética de su físico…”.

El discurso fue denunciado por el Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR) como “racista, clasista y excluyente”. Reproduce justamente todos los estigmas que se han intentado desmontar sobre el mundo del ballet. Se intenta negar que dentro de los parámetros que miden la estética del físico no influye el color de la piel pero la realidad muestra otra cosa. Sólo echando un vistazo a lxs bailarines y bailarinas del Ballet Nacional de Cuba podremos tener algunas pistas que soportan estos argumentos.

En este sentido es pertinente señalar que el color de la piel influye en la evaluación de los rasgos estéticos de lxs bailarinxs pues a ello también vienen asociado necesariamente los rasgos faciales propios de estas categorías. No es posible separar la valoración de rasgos estéticos de la valoración del color de piel porque ambos se condicionan mutuamente.

“El color de la piel se entrelaza con la evaluación cualitativa de la belleza facial del bailarín, pues su tenencia modifica ópticamente la expresión escénica de los rasgos faciales que se asocian a ser de cara linda/cara fea en la representación publica del bailar ballet” (Betancourt, 2009, p. 99).

Lamentablemente no se puede tapar el sol con un dedo y las lecciones sobre la supuesta necesidad de ser blanco o blanca para triunfar en el ballet son una falsa. Figuras como Carlos Acosta son ejemplos fehacientes de que el talento no viene condicionado por el color de la piel ni por los supuestos indicadores racistas que miden estética del físico.

Lograr mayor diversidad étnica en el mundo del ballet es un camino que requiere pasar necesariamente por el reconocimiento del racismo como problema social vigente en Cuba. Urge un cambio de mentalidad que impida la naturalización de comportamientos y actitudes racistas a todos los niveles.  

Referencias bibliográficas

Betancourt, León Hamlet (2009). Acordes arrítmicos del color de la piel del bailarín de la escuela cubana de ballet. Revista Cuiculco, número 46.

Campoalegre, Septien Rosa (2019). Una escuela tan negra como nosotras: desafíos ante el racismo y el patriarcado. Revista Práxis Educacional, Vitória da Conquista – Bahia – Brasil, v. 15, n. 32, p. 17-32.

Ellas y el Blues

Billie Holiday (1915-1959). Es considerada una de las voces más influyentes del Blues.

I’m hurt inside, but that don’t help my case
Cause I can’t hide what is on my face
How will it end? Ain’t got a friend
My only sin is in my skin
What did I do to be so black and blue?
Tell me, what did I do?

“Black and Blue” de Bessy Smith

Escuchar a Bessy Smith es despertar, volver y regresar de un pasado cargado de melodías y letras que reflejan la esencia misma de la vida de ellas: mujeres negras que se refugiaron en la música para contar sus historias como una forma de visibilizar sus principales preocupaciones, temores y problemas particulares.

El blues tiene muchos exponentes, tanto masculinos como femeninos, de clase alta y baja, pero nunca fue más revolucionario este género musical como cuando constituyó el modo de expresión de mujeres negras de clase trabajadora. Sus letras son la expresión de sus trayectorias de vida y hacen referencia a los deseos de emancipación y libertad de derechos sobre sus cuerpos y destinos.

Los orígenes del blues se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX en el sur de los Estados Unidos y tuvo una influencia directa de diferentes ritmos musicales promovidos por esclavxs afroamericanxs que expresaban a través de este, la soledad, melancolía, pobreza a la que se veían expuestxs. Este género musical se convertiría en uno de los más fuertes exponentes de la gestación de una conciencia negra colectiva, lo que lo llevó a levantar uno de los movimientos de participación política y social más importantes del siglo XX en los Estados Unidos. Se llegó a considerar de manera ofensiva como un tipo de música satánica por las temáticas que trataba y la potencia de su compás.

El blues fue así la expresión de la realidad de la población negra y las mujeres jugaron un papel muy importante como gestadoras del mensaje que estaba llamado a extender. La denuncia social a través de la música era una necesidad para aquellas que se refugiaron en este género en función de visibilizar sus experiencias de vida que, de otro modo, no encontraban cabida en una sociedad que las excluía de muchas maneras. Fue así como encontraron una de sus principales armas de lucha, una vía de protesta pacífica y apegada a sus esencias culturales.

Mujeres negras como Ma Rainey, Victoria Spivey, Trixie Smith, Ida Cox, Sara Martin, Lucille Hegamin, Alberta Hunter, Bertha Hill, Edna Hicks, Billie Holiday, Ann Cook, Ella Fitzgerald, Dinah Washington, Nina Simone han sido algunas de las exponentes más importantes del blues. Ellas lograron convertirse en referentes para otras mujeres de color ya que sus letras expresaban el rechazo a las injusticias sociales, tabúes sexuales y convenciones socialmente establecidas (Cobo Piñero, 2013, p. 1).

Lo que hizo que esta música revolucionara fue su letra y el respaldo que tenía en las experiencias de vida de las mujeres negras como principales protagonistas. Se trata de un discurso contrahegemónico que ha puesto en tela de juicio a la dominación patriarcal y al orden impuesto en donde las mujeres eran el objeto decorativo del hogar, las víctimas por excelencia de la violencia ejercida por los hombres, las principales expuestas a violaciones y otras lacras sociales, las estereotipadas como objetos sexuales y en donde pesaba todavía más el ser negra como una desventaja social y un pecado natural.

La libertad de orientación sexual, la emancipación, la violencia de género, la complejidad de las relaciones de pareja, el matrimonio, la maternidad, entre otros, fueron temas que encontraron espacios en muchas de las letras de las cantantes de blues. Se trataba de “músicas que conseguían traducir los deseos y los lamentos de la población negra en una expresión de carácter colectivo, en un discurso que, en la medida en que era inaccesible para los grupos dominantes, funcionaba como una expresión comunitaria de la experiencia de ser negro” (Jabardo, 2012, p. 40).

Ellas…

Una de sus primeras grandes figuras fue Ma Rainey (1886-1939), reconocida también como la “Madre del blues”. Su nombre real era Gertrude Pridgett. Nació en Columbus (Georgia) y desde su infancia bebió del ambiente artístico que rodeó la vida de sus padres, quienes eran artistas ambulantes. Sus canciones hablaban de la violencia de género (Black Eyed Blues), los vicios (Booze and Blues), la cárcel y el sexo.

Down in Hogan’s Alley lives Miss Nancy Ann
Always always fuss and fighting with her man
Than I heard miss Nacy say
Why do you treat your girl that way
I went down the alley other night
Nancy and her man just had a fight
He hit miss Nancy ‘cross her head
“Black Eyed Blues” de Ma Rainey

En Black Eye Blues, Ma Rainey pone en evidencia la experiencia de sometimiento a la violencia que vivía su vecina, Miss Nancy Ann. Es un claro ejemplo de cómo el blues sirvió para ponerle rostro a los casos de violencias de género como problema social que se salía de los esquemas de la vida privada y que era necesario denunciar. Fue también un camino hacia su deslegitimación como casos aislados que también sirvió para visibilizar otras tantas experiencias de abuso.

That thing called Love fue el primer disco de blues, grabado en 1920 por Mammie Smith (1883-1946), reconocida como la “primera dama del blues”, que además fue cantante, bailarina, actriz y pianista.

I’m worried in my mind
I’m worried all the time
My friend he told me today
That he was going away and stay
Now I love him deep down in my heart
But the best of friends must part
Now I want somebody please
To cure me of my love disease
“That thing called Love” de Mammie Smith

A su popular repertorio se unen temas como Crazy Blues, It’s Right Here For You, You Can’t Keep A Good, Mamie Smith Blues, en los cuales conjuga historias de amor y conquistas como reflejo también de lo que se entendía que debían ser aspiraciones para una mujer, casi todas apegadas al terreno sentimental.

Bessie Smith (1894-1937) fue otra de sus máximos exponentes, nacida en Chattanooga, Tennessee. Su potente voz hizo que se le otorgara el apodo de la “Emperatriz del blues”. Fue protagonista de canciones referentes a situaciones de violencia de género  y  maltratos sufridos por su pareja, temas que sirvieron para poner voz a los problemas de mujeres trabajadoras, madres, lesbianas, amas de casa y esposas.

Once I was crazy ‘bout a man
He mistreated me all the time
The next man I get has got
To promise to be mine, all mine
Trouble, trouble, I’ve had it all my days
Trouble, trouble, I’ve had it all my days
It seems that trouble’s going to follow me to my grave
Down hearted Blues” de Bessie Smith

Otra de las grandes pioneras fue la guitarrista, compositora y cantante Lizzie Douglas, mejor conocida como Memphis Minnie (1897–1973), quien pudo superar la gran presión de la época para hacerse crecer y triunfar dentro de un mundo en donde era muy difícil hacerlo siendo mujer.

I ain’t no doctor, but I’m the doctor’s wife
You better come to me if you want to save your life
He’s a dirty mother fuyer, he don’t mean no good
He got drunk this morning, tore up the neighborhood
I want you to come here, baby, come here quick
He done give me something ‘bout to make me sick
Awwww, dirty mother fuyer, he don’t mean no good
He got drunk this morning, tore up the neighborhood
“Dirty Mother for You” de Memphis Minnie

Las canciones de Ida Cox también se hicieron destacar como evidencias de las experiencias de las mujeres frente el abuso (Wild Women Don´t Have The Blues), el sexo (One Hour Mama), la pobreza (Hard Time Blues), y la muerte (Death Letter Blues).


I hear these women raving ‘bout their monkey men
About their trifling husbands and their no good friends
These poor women sit around all day and moan
Wondering why their wandering papa’s don’t come home
But wild women don’t worry, wild women don’t have no blues
Now when you’ve got a man, don’t never be on the square
‘Cause if you do he’ll have a woman everywhere
I never was known to treat no one man right
I keep ‘em working hard both day and night
‘Cause wild women don’t worry, wild women don’t have their blues
“Wild Women Don´t Have The Blues” de Ida Cox

Estas son algunas de las pioneras más importantes del blues, pero hay otros muchos nombres que guardan el legado de la praxis política que protagonizaron las mujeres negras a través de la música, como forma de enfrentamiento a las diversas opresiones que de manera interseccional han afectado sus vidas.

Referencias bibliográficas

Cobo Piñero, R. M. “El Blues Femenino : Intersección de raza, clase y género como forma de resistencia”. Seminário Internacional Fazendo Gênero 10 (Anais Eletrônicos). Florianópolis. 2013, pp. 1-11.

Jabardo, M. (ed.) (2012). Feminismos negros. Una antología, Traficantes de sueños, Madrid.

El genocidio de la esterilización forzada

La esterilización forzada es de las prácticas más antiguas y crueles asociada a la eugenesia. Esta última es concebida como una filosofía social que basa sus esencias en el mejoramiento de la raza humana, mediante métodos que promueven la no procreación de grupos sociales considerados inferiores.

Uno de los estudiados orígenes del término se remonta a 1883, cuando el médico británico Francis Galton, reconocido también como “el padre de la eugenesia”, lo acuñaba para designar a la ciencia que permitiría aumentar la calidad genética de la especie. Galton proponía como argumento, que el fomento de la descendencia de las “razas superiores” lograría la reproducción de “hombres de una alta clase”, sin problemas genéticos. En este sentido, afirma que la eugenesia es:

«la ciencia de la mejora de la estirpe, que no queda en absoluto confinada a cuestiones de elección juiciosa, sino que, muy especialmente en el caso del hombre, se basa en todos los factores (…) susceptibles de conferir a las razas o a los orígenes más convenientes una oportunidad mayor de prevalecer rápidamente sobre las que lo son menos ».

(Veuille, 2010, p. 478)

Las raíces que sentó esta práctica se pueden encontrar en múltiples contextos, como por ejemplo, en la etapa del régimen fascista. En Alemania fueron promulgadas leyes encaminadas a preservar la descendencia mediante  la esterilización forzada de personas que padecieran trastornos genéticos y hereditarios como la ceguera, malformaciones o fueran alcohólicas.

Aunque pudieran parecer ancestrales y de épocas remotas, los casos asociados a la eugenesia continúan siendo manifiestos en la actualidad, sobre todo, los terribles efectos y víctimas mortales.

Un ejemplo concreto que rompe con el mito que lo ubicaba como fenómeno particular de tiempos remotos, es el que se ubica en las comunidades indígenas de Canadá, en donde se vieron afectadas particularmente mujeres de grupos autóctonos. Aunque se consideraba que fue en los años sesenta que esta práctica llegó a su fin, en 2015 salieron a la luz testimonios de mujeres sometidas a este método entre los años 2008 y 2012 en hospitales de Saskatoon (provincia de Saskatchewan).

En un Informe presentado en Julio de 2017 por Judith Bartlett, profesora de medicina en la Universidad de Manitoba, e Yvonne Boyer, abogada especializada en derechos humanos, se llegan a visibilizar, con voz propias, los casos de mujeres víctimas. En el mismo, las autoras también se remiten a una breve explicación sobre el panorama de la esterilización forzada en Canadá y sus vulnerables efectos en comunidades indígenas.

«Many Aboriginal women generally suffer from poverty, poor housing, and poor physical and mental health. The issues are compounded by the negative effects of racism and systemic discrimination that is grounded in false notions that somehow they are in some way responsible for their own plight. Racism is a determinant of health. Some governments imposed policies and laws geared toward sterilizing Aboriginal women who, by virtue of the placement on the Canadian social strata, appeared to be prime candidates for sterilization.  In addition to gender bias, it is well documented that systemic discrimination and racism in health care exists. Decades and generations of Aboriginal people affected are accordingly distrustful of this system».

En las comunidades de mujeres indígenas y campesinas de Perú también dejó sus huellas la esterilización forzada. Según un Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en 2003, este grupo social era y sigue siendo el más expuesto a violaciones de derechos humanos. Más de 2000 que acudieron a los servicios de salud fueran esterilizadas sin ser informadas o bajo fuertes presiones.  

Manifestación por los derechos de las víctimas de esterilizaciones forzadas en Perú.

Durante el gobierno de Alberto Fujimori entre los años 1995 y 2000, como parte del Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, orientado al control demográfico de los sectores más pobres, se vulneraron los derechos de muchas. Se calcula que en la década de los 90, más de 200.000 personas, en su mayoría mujeres indígenas y campesinas, fueron esterilizadas forzosamente por parte del Gobierno. Amenazas con multas, prisión o retiro de ayudas de alimentación fueron algunas de las reprimendas utilizadas para presionarlas a esterilizarse.

En la mayoría de los casos se adolecía de cuidados especiales tras estas operaciones, lo que condujo a que las consecuencias de la negligencia médica trajeran consigo múltiples problemas de salud para muchas y la muerte de algunas de ellas. Actualmente se continúan investigando las experiencias de esterilizaciones forzadas aunque todavía no hay suficientes respuestas por parte de la Justicia.

La esterilización forzada también se extendió en países como Japón y Australia. Según Philippa Levine, historiadora de la eugenesia de la Universidad de Texas (EEUU), Estados Unidos y Escandinavia fueron las regiones del mundo que más firmemente apostaron por la eugenesia.

Estados Unidos fue un fuerte precedente en este sentido. Existen amplias pruebas de que la esterilización forzada estuvo dirigida a la no reproducción de razas humanas consideradas inferiores. Tal es así que sus víctimas fueron especialmente personas afroamericanas y personas con rasgos de pueblos originarios de Latinoamérica. También hubo prácticas con personas homosexuales y personas con diversidad cognitiva, neurológica y enfermedades como la epilepsia. Muchos intelectuales estarían a favor de esta práctica.

«El movimiento eugenésico fue sobre todo aceptado por la clase media e intelectuales para mejorar la salud y la vitalidad de la nación y su pueblo (…). Si eras una persona bien formada en un país de habla inglesa o alemana, la eugenesia se consideraba la mejor manera de promover la salud de la población».

Ruth Clifford Engs, profesora emérita de la Universidad de Indiana (EEUU).

Bajo estos preceptos se consideraba positiva la práctica de la eugenesia, sin embargo, existía en ello matices dirigidos a una supuesta preservación de la especie humana mediante la exclusión de razas “impuras”. Luego se extenderían leyes que abogaban abiertamente por el exterminio de poblaciones subordinadas, poniendo freno a su reproducción. Tal es el caso de la ley que se aprueba en 1907 en Indiana (EEUU), la primera ley destinada a “prevenir la procreación de criminales confirmados, idiotas, imbéciles y violadores”.

El Instituto Carnegie, fundado por Andrew Carnegie en 1902, con reconocimiento oficial del Gobierno de los Estados Unidos, estuvo vinculado a la eugenesia. En el Laboratorio de Cold Spring Harbor, Nueva York fueron realizados estudios eugenésicos encaminados a dividir a la población estadounidense en personas aptas y no aptas según su pedigrí. El determinante llamado a la exclusión de los sectores más vulnerables, puede verse demostrada documentalmente en un registro de cartas existentes en esta época:   

«En este país, tenemos el grave problema del negro, una raza cuyo desarrollo mental promedio está muy por debajo del caucásico. ¿Hay alguna posibilidad de que, a través de la educación del individuo, produzcamos una raza mejorada para que podamos esperar finalmente que la mente negra sea tan enseñable, elástica, original y fructífera como la del caucásico? ¿O deben las próximas generaciones, indefinidamente, comenzar desde el mismo punto bajo y producir los mismos escasos resultados? No sabemos; no tenemos datos. La ‘opinión’ prevaleciente dice que debemos asumir la segunda alternativa. Si es así, sería mejor expulsar a la raza negra de una vez».

Charles Davenport, líder e impulsor de la eugenesia en Estados Unidos; fue presidente del Laboratorio de Cold Spring Harbor en 1910.

En 1914, doce estados ya disponían de leyes de esterilización forzada que afectaban fundamentalmente a personas con alguna discapacidad o que tenían antecedentes criminales, e incluso, homosexuales. En 1924 se implementa uno de los antecedentes de leyes más radicales en Virginia. Se trata del Acta de Integridad Racial (SB 219) y Un Acta para proporcionar la esterilización sexual de los internos de las instituciones estatales en ciertos casos (SB 281), también conocida como Acta de Esterilización; basadas en el “Modelo de Ley de Esterilización Eugenésica” de Harry Laughlin.

El Acta de Integridad Racial recogía que las personas debían ser registradas en su momento de nacimiento como blancas o de color (incluía todas las razas que no fueran blancas), basándose en la “norma de una gota”; es decir, tener un ancestro de color bastaba para entrar en la segunda categoría. También reafirmaba la ley que prohibía los matrimonios interraciales (anulada por el Tribunal Supremo en 1967). La segunda Acta defendía la esterilización de individuos considerados “débiles mentales”, incluyendo “locos, idiotas, imbéciles y epilépticos”.

Estas leyes eran expresión de la permisividad y la alta tolerancia del gobierno ante estas prácticas y el caso Buck demostró la verdadera gravedad de sus efectos. El mismo deja registrada la historia de una abuela, madre e hija que fueron esterilizadas en contra de su voluntad. La decisión fue tomada por el jefe del Centro para Epilépticos y Débiles Mentales al considerar que la joven Carrie Buck tenía la mentalidad de una niña de 8 años, al igual que su madre -quien era prostituta-, y que posiblemente le ocurriera lo mismo a la hija de Carrie. Ante esto, el reconocido juez Oliver Wendell Holmes, quien atendió el caso en el Tribunal Supremo, adujo que:

«Es mejor para todo el mundo si, en lugar de esperar a ejecutar a los descendientes degenerados por algún crimen o dejarlos que mueran de hambre por su imbecilidad, la sociedad puede prevenir que aquellos que son manifiestamente inaptos se reproduzcan. (…) Tres generaciones de imbéciles son suficientes».

En 1924 la joven Carrie Buck, de 17 años, fue violada por un pariente y dio a luz a un hijo fuera del matrimonio. A Carrie le declararon una “retrasada mental” y la internaron en la institución estatal en Lynchburg, Virginia donde su madre, Emma, ya vivía.

A raíz de esta sentencia fueron aprobadas leyes eugenésicas en 23 estados del país. Las leyes contra el mestizaje y la Ley de Inmigración de 1924 son exponentes de políticas impulsadas a consecuencia del terreno de legalidad el que se inscribía la eugenesia. No son casuales los abusos esterilización infligidos a mujeres negras, indígenas e inmigrantes mexicanas, puertorriqueñas en Estados Unidos. Son el reflejo de un sistema abominable de extinción de todo lo que no encaje en un supuesto modelo de “ser social superior”.

Estudios de la Universidad de Vermont estiman que fueron esterilizadas en contra de su voluntad e incluso bajo desconocimiento, entre 60.000 u 80.000 personas de 1929 a 1974. Sin embargo, California sería el estado cúspide del movimiento: se cree que al menos 20.108 personas fueron esterilizadas o castradas -ambas opciones eran legales- entre 1909 y 1964. En la actualidad, para la compensación de las personas afectadas, la organización California Latinas for Reproductive Justice ha co-patrocinado un proyecto de ley cuya esencia va dirigida a la atención y la puesta en valor de sus víctimas.

Los casos de esterilización forzada en el mundo son una evidencia del genocidio masivo llevado a cabo por sistemas gubernamentales clasistas, racistas y discriminatorios en todos los sentidos, que atentan claramente contra los derechos humanos de las personas. Se trata de violaciones que han tenido graves repercusiones en la vida de muchxs, sobre todo, mujeres vulnerables a la explotación por sus niveles de pobreza.

Todavía se sigue investigando este problema. Lamentablemente, para algunas la Justicia no llegará, al menos, para las personas que han muerto a causa de esta mala práctica o para las afectadas. No obstante, su reconocimiento ya es en sí mismo un paso de avance en el acercamiento a los errores cometidos y en la pronunciación de las experiencias de quienes tocó vivirlo en carne propia.

Todo no está perdido. La resistencia y la denuncia constituyen armas permanentes a nuestro favor que, aunque no permita invertir esta barbarie ni devolverle la vida a muchas de las víctimas mortales, constituyen esfuerzos sostenidos que intentan unir a grupos solidarizados con esta causa en función de erradicar la reproducción de estos casos y poner fin a la violencia que implica.

Referencias bibliográficas

Eugenics in Virginia: Buck v. Bell and Forced Sterilization. (n.d.). Retrieved from http://exhibits.hsl.virginia.edu/eugenics/.

Veuille, M. (2010). “Eugenesia”. En Lecourt, D. (dir.), Diccionario Akal de historia y filosofía de las ciencias. Akal, Madrid, pp. 478-480.

Nuestro cuerpo, nuestro territorio

De las dos aguas, 2007. María Magdalna Campos-Pons.

No existe espacio más nuestro que el cuerpo. El mapa de nuestra geografía no pasa por alto ni un ápice de lo que nos define. De ello se aprovecha la artista cubana María Magdalena Campos-Pons para contar, a través de su obra, la experiencia de los cuerpos afrodiaspóricos. Con este propósito explora a través de las artes visuales y el performance artístico, las identidades de mujeres negras que como ella, se definen a través de una influencia cultural diversa.

Campos-Pons nació en Matanzas, Cuba en 1959 y actualmente, vive y trabaja en Boston desde 1991. Su carrera artística comenzó en Cuba, cuando inició estudios en la Escuela Nacional de Arte y en el Instituto Superior de Arte de La Habana, en donde impartió docencia. Luego se desplazaría a Estados Unidos y en el Massachussets College of Art de Boston continuó nutriendo su perfil como artista.

Campos-Pons no sólo se expresa mediante la pintura, también se vale de la fotografía, la instalación o la video-instalación, para acercarse a temas como la esclavitud, el género, la raza y la memoria colectiva. Su trabajo hace una reflexión constante a las identidades a través de los cuerpos y para ello utiliza en gran medida el argumento de sus orígenes como discurso del que se vale para basar muchas de sus metáforas artísticas.

Muchos de los elementos que fundamentan sus creaciones se apoyan en la historia y en la de sus antepasados.

«Las obras de Magda cuentan una historia poderosa de lucha y supervivencia evocando rituales, mitos y narrativos que han evolucionado a través de las generaciones (…). Aunque la inspiración sea la trayectoria de su propia familia, las imágenes cautivadoras y las ideas de identidad detrás de ellas intentan resonar con una audiencia más amplia. Magda también usa sus obras para revelar historias que a menudo suelen ser ignoradas o subestimadas por las autoridades oficiales». Katie Delmez, curadora.

When I am not here, estoy allá.

When I am not here, estoy allá es una de las series fotográficas presentadas por la artista que han alcanzado gran popularidad. Se proyecta en 1990 y en ella se cuestiona la experiencia migratoria de los cuerpos a través de elementos como identidad cultural, histórica, racial, idiomática, nacional, ideológica y de género.

En 2007 el Museo de Arte de Indianápolis presenta su trabajo de veinte años bajo el título Everything is Separated by Water en donde desvela parte de su identidad. En esta obra se muestra la huella del desplazamiento cultural que ha vivido, reflejando la experiencia de otras muchas mujeres que como ella, tienen raíces africanas y son sujetas de procesos migratorios que las lleva necesariamente a la inmersión en contextos culturales y sociedades diversas.

En las series “Elevata” y “Nesting”, Campos-Pons busca en su historia la conexión con su presente, remitiéndose a sus raíces. Pero también habla de religión, como lo hace en “Umbilical Cord” (1991) en referencia a las divinidades y creencias devenidas de África.

Sus trabajos muestran a mujeres negras diversas, cuyos cuerpos resignifica a través del pasado y presente.

“Todo en ella es fluido y expectante”

… En memoria a Toni Morrison

Desde niña tuve una premonición que me ha acompañado toda la vida. Pocos eventos recuerdo de la época de enseñanza preescolar y los primeros años de la primaria, culpa de mi memoria a largo plazo. Sin embargo, hay un momento que siempre recordaré como si fuera ayer y al que me fuerzo a volver para no perder su nitidez.

Hubo una vez en que me encontraba en el patio de la casa de una de mis amigas de la infancia. Después de llevarnos un tiempo jugando a las casitas, nos aburrimos y decidimos cambiar la dinámica. No teníamos claro que hacer, así que nos sentamos y pusimos hablar. Aclaro que no tengo ni la más remota idea de lo que hablamos. En mi cabeza, el recuerdo se centra en la parte en la que una de nosotras sostiene, lo que consideré en ese momento, el libro más grueso que había visto en mi vida.

En lo que mi amiga empieza a hojearlo, yo me quedo hipnotizada, viéndola tan interesada en lo que, a la distancia que estaba, parecían ilustraciones a colores. A mi alrededor, las demás parecían entretenidas en la olvidada conversación. Todo en mi pequeño mundo interior se convirtió en la necesidad de tener ese libro en mis manos.

La historia no es mucho más larga. Me contuve para dejar que mi amiga saboreara una milésima de tiempo más aquel tesoro y luego iría a por él. Así fue como, en lo que las otras chicas hablaban, me acerqué. Ya había dibujado en mi mente el plan si las cosas se ponían difíciles y ella se rehusaba a prestármelo, iba preparada. Al llegar a su lado bajé la guardia y gentilmente pedí que me lo mostrara, muy en el fondo no estaba segura de qué hacer si me decía que no, supongo que esperar molesta.

Cuando lo tuve en mis manos sentí una satisfacción inexplicable. Yo sólo atiné a apartarme con él entre las manos y con el deseo de prolongar esa grata sensación por un rato más. Empecé a hojear página tras página, me fijaba en todo, pero lo que más llamó mi atención fueron las letras. No tenía ni idea de lo que decía el libro, ni cómo se llamaba, tampoco lo recuerdo ahora. Era muy pequeña y apenas empezaba a conocer las vocales.

En ese justo momento, se produjo algo inesperado: deseé con todas mis fuerzas aprender a leer, estaba convencida de que la lectura sería una de mis pasiones, y no me equivoqué. Recuerdo que cuando aprendí a leer devoraba libros enteros en un solo día, de todos los géneros, yo me mostraba abierta a cualquier folio con letras. Lo que empezaron siendo dos o tres, se convirtieron en un montón que ahora me siento incapaz de enumerar.

De todas mis viejas lecturas aprendí muchísimo, yo buscaba viajar a través de las historias,  reconocerme a través de ellas y perpetuar la satisfacción que encontraba con cada fragmento del texto leído. Así me pasó con El Principito, Corazón, Las Mil y una noches, entre otros que siguen siendo los más hermoso regalos de mi colección, pues llegaron sin ser esperados. Luego llegarían lecturas recomendadas, de todas estas, con una de las que me quedo es con Ojos azules (The Bluest Eye, 1970).

He de decir que la selección del libro no es fortuita. Viene dado porque de muchas historias que he leído, las de Toni Morrison tienen esa frescura y esos matices especiales que hacen cercana la trama. Sus obras y ella, todo en conjunto es especial. Hablar de una sola, sería como quedarse con sed de más porque la autora de Ojos azules fue, sin lugar a duda, un ícono de la literatura universal.

Sula (1973), La canción de Salomón (Song of Solomon, 1977), Beloved (1987), Jazz (1992) y Paraíso (Paradise, 1997), conforman grandes obras que llegaron para quedarse. Morrison aborda problemas tan crudos y latentes en la realidad social pasada y contemporánea como el racismo, la violencia de género y el precedente que sentó la esclavitud como base de la discriminación racial más cruel que se mantiene en la actualidad. Su éxito la condujo a ser premiada en 1988 con el Premio Pulitzer y el Premio Nobel de Literatura en 1993.

Me gusta citar Ojos azules porque es la historia que ella misma pidió leer y esta fue su motivación para hilvanarla. En una entrevista de 2014 con la revista del Fondo Nacional para las Artes, la autora aseguró que la escribió “porque quería leerla. Creía que ese tipo de libro, ese tipo de personaje -las niñas negras más vulnerables, menos atendidas, menos tomadas en serio- nunca habían existido realmente en la literatura. Como no pude encontrar un libro que lo hiciera, pensé bueno, lo escribiré yo y después lo leeré”.

El libro cuenta sobre la vida de una chica negra. Su nombre es Pecola, quien estaba obsesionada por tener los ojos azules para sentirse bella y admirada, en un país donde su cuerpo y en general sus rasgos físicos no cumplían la norma. Sufre de una violación por parte de su propio padre, quien a menudo la maltrataba. Su personaje refleja la discriminación racial y las múltiples opresiones a las que acaban siendo sometidas las mujeres negras por las normas patriarcales, etnocéntricas y heteronormativas que encuadran el mundo.

Sus obras son un reflejo de la maestría que poseía al escribir y el compromiso que siempre tuvo con la comunidad afroamericana, eso le hizo saltarse las omisiones y silencios que muchas veces calla la historia sobre la esclavitud y los rezagos de esta, poniendo letras mayúsculas en todas las vejaciones que relataba y que formaron parte de la sangrienta lucha por la libertad. Esto lo podemos encontrar en la que fuera su obra cumbre, Beloved.

En ella Morrison se remite a la época de la esclavitud, dándole voz propia y visibilizando la complejidad y difícil situación de lxs esclavos a través de un personaje real, la esclava afroamericana, Margaret Garner, quien se escapó a Ohio, un estado libre en 1856. Garner reencarna a la protagonista, Sethe, quien prefiere matar a su hija de dos años antes de verla sometida a todos los lesos crímenes que conllevaba ser mujer negra y por lo que se había obligado a huir. “Beloved se convierte en la alegoría de un pasado y de una historia, de cierta «soledad» incontenible e insoslayable que nunca ha sido comunicada” (Holloway, 1989, p. 179).

En sus historias, recrea la suya propia, pero no la suya personal, sino la que toca de fondo a los afroamericanos de ayer y hoy. Morrison no fue sólo literatura, fue activismo, antirracismo, no violencia, lucha en contra de las injusticias sociales. Fue ante todo, una mujer con familia y amigos que deben estar sufriendo su reciente pérdida.

Pero centrarnos en la pérdida sólo sería como restarle importancia a su verdadero legado, ese que construyó durante toda su vida y lo hizo especialmente desde la palabra. Las suyas cuentan discursos de amor, dolor, compromiso, sacrificio, orgullo, lucha y defensa constante hacia lxs hijxs de la esclavitud. En ella no hay aversión que valga… “todo en ella es fluido y expectante”*.

Referencias bibliográficas

Holloway. K. F.C. (1989). Beloved. Black American Literature Forum 23, pp. 179-82.

*Fragmento del libro Ojos azules.

Hablar de orgasmo femenino sigue siendo un tabú

Artículo tomado de: El Toque

Ilustración: María Esther Lemus.

Hace poco conversaba con mis amigas sobre el orgasmo femenino pero muy rápido percibí que me sentía cohibida. He notado que ese tema no es muy común en nuestras conversaciones o simplemente lo dejamos en el punto en el cual se toma como broma.

Yo me atreví a empezar la charla hablando de la experiencia de masturbarse y de lo bien que una la puede pasar en el encuentro con su propio cuerpo. De repente todas me miraron estupefactas, como si hubiese cometido uno de los siete pecados capitales. Fue tan graciosa la reacción de sorpresa de mis amigas que solo atiné a reír y a callarme.

Es tan fácil hablar de sexo entre nosotras y, sin embargo, cuando el tema pasa a ser la masturbación o el orgasmo, normalmente se enrarece e interrumpe el diálogo. Eso me hizo recordar que ninguna ha reconocido masturbarse alguna vez.

Cuando hablamos de sexo sí que nos extendemos, contándonos lo que para alguna han sido nuevos descubrimientos de posturas o simplemente burlándonos de nosotras mismas al recordar nuestros primeros pasos en la materia.

Sexo, amor y política son temas de conversación a los que siempre volvemos. Sin embargo, casi nunca llega el momento propicio para hablar de orgasmos. Mi propia experiencia me ha demostrado que la idea del placer vinculado a la autocomplacencia que puede proveerse una misma sobre su cuerpo, es una cuestión aún vedada, incluso entre mis amigas.

Pero si miramos al pasado, encontramos que las cuestiones sexuales de las mujeres han constituido un tabú social desde tiempos remotos. A través de la historia, se han asociado esencialmente a la posibilidad de ser madre y a la satisfacción de la pareja. De ese momento de éxtasis que dura entre 13 y 25 segundos como promedio y de la acción que lo antecede, se menciona poco.

Investigaciones históricas hablan de la masturbación como tratamiento médico contra la histeria. El masaje hasta el orgasmo, en el caso de las mujeres, era una práctica médica muy frecuente entre algunos doctores occidentales, grupos de hombres que tenían exclusivo control sobre sus vidas y se beneficiaban de las ganancias económicas de la actividad.

En ese entonces se definía como inmoral la masturbación femenina. Del sexo se concebían tres momentos esenciales: preparación para la penetración (estimulación erótica), la penetración y el orgasmo masculino. Se esperaba que la mujer alcanzara el orgasmo durante el coito pero si esto no sucedía, ello no disminuía la legitimidad del acto como “sexo genuino” (Maines, p. 188, 2010).

Muchas personas todavía confían y siguen este paradigma. Otros estamos convencidos de que llegar al orgasmo por medio de la penetración es una vía, pero no es la única.

Recuerdo las primeras ocasiones de intimidad con el que fuera mi primera pareja y relación sexual. Yo era muy joven y al principio no disfrutaba tanto ni tenía sentido para mí eso que escuchaba sobre el sexo como una de las mejores cosas de la vida.

El descubrimiento fue llegando poco a poco. Pero aun cuando el disfrute era mínimo no se me ocurría hablar de insatisfacciones sexuales o de la posibilidad de la masturbación para llegar al orgasmo o conocer mejor mi cuerpo. En mi cabeza eso era cosa exclusiva de hombres.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo a mostrarle a mi pareja qué me ocasionaba mayor placer o excitación, y también fui conociendo sus gustos.

Fui comprendiendo que el sexo es más disfrutable cuando conocemos nuestro mapa corporal y el del otrx. Saber cuáles son esas zonas eróticas que nos llevan al punto de ebullición, en muchos casos, depende de cada persona. Y cada quien conoce mejor que nadie la mejor forma de llegar a estas, la masturbación para algunos puede ser uno de los mecanismos para hallarlas.

Los seres humanos pueden experimentar la satisfacción de distintas formas y no debería ser difícil hablar de ese tema con la pareja, incluso con los amigos. Por el tiempo que me tomó a mí misma encontrarle sentido, supongo que quizás a una buena parte de las mujeres nos cuesta expresarnos al respecto porque nos sentimos culpables de buscar el placer más allá del acto sexual.

Quizás no hemos entendido totalmente que llegar al clímax puede ser tanto un trabajo de equipo como un esfuerzo individual.

Referencias bibliográficas

Maines, R. (2010): La tecnología del orgasmo. La histeria, los vibradores y la satisfacción sexual de las mujeres. Editorial Mil razones, Barcelona.

La sublime vida de una muñeca negra

Cuando llegó a mis manos no tenía nombre. Era una viajera solitaria, de esas que emprenden un largo camino en la vida sin un destino claro más que el de hacerse querer por un tiempo y volver a partir. Se veía cansada, como si no hubiese bastado lo largo del camino que había recorrido para llegar ahí, parecía como si tampoco hubiera sido fácil para ella.

Mi madre me la regaló como sorpresa de cumpleaños y cuando mis ojos entraron en contacto visual con aquella criatura, yo abrí mis ojos saltones que casi se me salen de órbitas, por la sorpresa de tenerla en frente. Nunca le pensé un nombre, siempre la llamé simple y sencillamente, mi muñeca negra.

«El imaginario del juguete se distingue por la ausencia de tratamiento de otras razas, aunque en algunas ocasiones y muy tímidamente se detectan algunos casos » (Tosa, 1999).  

No le puse nombre porque hacerlo hubiese sido como profanar la originalidad que guardaba su esencia misma. Tocarla era como palpar un dolor desconocido pero a la vez perceptible entre mis manos. En mi cabeza había trazado el mapa de su vida como si la hubiera acompañado en todo momento, como si cada una de sus vicisitudes formara parte de mi vida también.

Sus ojos parecían melancólicos, su sonrisa casi se desdibujaba del rostro por el desgaste del tejido que unía cada una de sus partes. Esa sonrisa imperfecta era mi felicidad, lo que me hacía quererla con todas mis fuerzas hasta el punto de no querer despegármele cuando llegaba a casa.

Quizás otrxs la veían como una simple muñeca de trapo. Quizás mi madre me la regaló sin la intención de que yo me le aferrara por aquello de que “no era más que una muñeca negra de trapo”. Para mí era mucho más. Sentía que nos unía una extraña comunicación telepática que me hacía creer que me leía la mente. Yo le hablaba también, confiándole mis secretos más íntimos en voz alta y siempre tuve la sensación de que estaba atenta.

Compartíamos muchas cosas en común. Éramos dos niñas, sólo que una de carne y hueso y la otra, atrapada en un cuerpo de trapo. Mi muñeca negra iría perdiendo el contorno de su sonrisa con el tiempo, pero esto no disminuyó mi amor por ella. Cuando se delineó por completo, ya no me hacía falta porque, al fin de cuentas, seguía estando ahí. Era su esencia la que me despertaba esa emoción que no desapareció ni con los años que iba acumulando.

Pero esa extraña conexión no sería pasajera. Mi madre pensaba que era producto de mi imaginación infantil que se inventaba historias en donde éramos protagonistas las dos. Pero la verdad es que, además de las aventuras en las que la imagine acompañándome, era ese referente cercano del que me sentía privada.  

No era yo una niña a quien abundaban los juguetes, quizás por eso la apreciaba tanto, y por lo diferente que era en comparación con los de mis amigas, incluyo barbies, todas rubias o morenas casi anoréxicas. Nosotras sentíamos que teníamos que parecernos a ellas en algún momento de nuestras vidas; para eso son concebidas, para que nos sintamos identificadas como mujeres.

“La muñeca es por un lado, la metáfora social de la mujer objeto de deseo,  y por otro la mujer madre y cuidadora” (Iglesias y Pereira, 2008, p. 10). Recuerdo que nos pasábamos horas cosiéndole ropita a esos pequeños seres, o cocinando, o cuidando de los bebés. “A partir de estos modelos, las niñas son inducidas a interpretar el mundo desde una perspectiva de deseo masculino, a pensar en función del otro y a perpetuar el conflicto identificativo de graves consecuencias para el futuro de las mujeres” (íbidem).

Ella era cercana a mí, sobre todo, por el parecido a mi color de piel, eso me hizo quererla de una manera especial. Por muchas razones mi muñeca terminó convirtiéndose en una ilusión de mi misma. La repetida historia de las casitas para las niñas y el deporte para los niños tiene una influencia directa en cómo desde nuestra niñez comenzamos a construir nuestras vidas apegadas a modelos. Se nos construye una realidad a través de los juguetes, tan llena de estereotipos, que se convierte en un escándalo y en algo socialmente juzgado cuando una niña comienza a sentir preferencias por algo “no femenino”, lo que también sucede en el caso de los niños cuando muestran interés por algo considerado “femenino”.

Mi muñeca negra rompía también con algunos de los esquemas y ya por eso sentía que tenía un tesoro entre manos. Llegó a mi cansada, pero no rota. De alguna manera ella representaba la virtuosa vida de una mujer que ha llegado lejos rompiendo barreras, así de desaliñada como llegó, yo la recompuse con el cariño que le profesé desde el primer momento.

Lxs niñxs muchas veces encuentran en sus juguetes el aliento que los devuelve al mundo de fantasía que construyen en sus mentes. Ellos se convierten en esx mejor amigx y compañerx de aventuras y travesuras. Aun cuando es criticable su construcción estereotipada, es importante destacar como positivo el que las muñecas, como todos los juguetes, son ese símbolo que forma parte primordial  en  el crecimiento y desarrollo intelectual y creativo de lxs niñxs (De  Konn, 2006).

Se supone que toda producción en esta industria deba estar alejada de la violencia. Ahora resulta que hay muñecas que se conciben como herramientas de autocontrol de la ira. Como si la violencia fuera algo natural y nos la vendieran como recurso tal cual si se tratase de un medicamento o la cura de una enfermedad. Como si vender un juguete destinado para recibir golpes fuese la solución a los problemas de violencia que enfrenta la humanidad y de la que somos participes como seres humanos.

Mi desconcierto viene dado a raíz de la reciente noticia sobre la venta de muñecas negras con instrucciones para ser golpeada contra la pared en caso de estrés, en un establecimiento en New Jersey, Estados Unidos. Angela McKnight, política demócrata estadounidense, fue la mujer que denunció este hecho, explicando que le molestaba y que era “una representación inadecuada de las personas negras (…) Cuando vi a la muñeca en persona, me estremecí y me sentí realmente desanimada por la idea de que una niña negra fuera golpeada por otro niño o un adulto por puro placer”.

La muñeca llevaba grabada las siguientes instrucciones:

“Cuando las cosas no te vayan bien y quieras golpear la pared y gritar, aquí está la muñeca ‘siéntete mejor’ de la que no podrás prescindir. Solo agarra con fuerza sus piernas y encuentra una pared para golpearla. Y mientras golpeas no te olvides de gritar ‘me siento bien, me siento bien”.

Con esto se vende la idea de que ante la violencia mejor golpear a una mujer y mucho mejor si esta es negra. Este hecho no hace más que reforzar el lamentable odio que promueve la industria del consumo, valiéndose de la representación de la violencia de género y del racismo como antivalores sociales. Con ello contribuye a fortalecer el terror, la segregación, la misma violencia que alienta a resolver y de dirigirla hacia un sector muy específico de la población, cual si estuviese muy bien liberar el estrés solo con el placer de golpear a una mujer negra.

Lamentablemente lo que parece tan obvio no lo es para algunxs. Y aunque la muñeca antiestrés ha sido retirada del mercado, todavía me pregunto cómo, productos como estos pueden llegar tan siquiera a ser concebidos. Mi mayor temor es que lxs nixs están siendo expuestos a una sociedad en la que se reproduce cada vez de forma más extrema el sectarismo, la xenofobia, el racismo, la violencia en todas sus formas de expresión. Temo que se fortalezca el odio sin sentido y si me preguntan, no quiero un mundo así para nadie, mucho menos para las nuevas generaciones, ni tampoco para esos objetos sagrados de nuestra infancia. Pensar en que mi muñeca pueda ser golpeada, lanzada, maltratada, sería como también sufrirlo en carne propia.

A día de hoy todavía la pienso. Llegó a mi vida como una viajera solitaria pero encontró donde quedarse para siempre… ahora habita mis más dulces recuerdos de la infancia.

Referentes bibliográficos

Iglesias Méndez, M. L. y Pereira Domínguez, C. La publicidad de los juguetes. Una reflexión sobre sus contravalores y sobre el fomento de la desigualdad de género (2008). En Sahuquillo, P. (Ed.). Educación, género y políticas de igualdad. Comunicaciones, experiencias y pósters. Valencia: Universitat de Valencia.

Tosa, M. (1999). Barbie, 40 años de fantasía. Palma de Mallorca: Cartago.

¿Qué pasa con las víctimas del caso R. Kelly?

Robert Sylvester Kelly, también conocido como R. Kelly, cantante y exjugador profesional de baloncesto.

No es de hoy que se viene denunciando el acoso sexual. Muchas han sido las mujeres víctimas de este problema que constituye una de las formas de expresión de la violencia de género, definido como:

«Comportamiento de tono sexual tal como contactos físicos e insinuaciones, observaciones de tipo sexual, exhibición de pornografía y exigencias sexuales, verbales o de hecho. Este tipo de conducta puede ser humillante y puede constituir un problema de salud y de seguridad (…)». Recomendación General núm. 19. Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra las Mujeres (CEDAW).

En los últimos años ha despertado popularidad mediática a raíz de la denuncia de mujeres celebrities víctimas de este flagelo. Todo empezó en octubre de 2017, cuando la actriz Alyssa Milano fomentó a que las víctimas de agresiones sexuales contasen sus historias, etiquetándolas bajo el hashtag #metoo, acción impulsada por las acusaciones de abuso sexual contra el productor de cine y ejecutivo estadounidense Harvey Weinstein.

Traducción: Si has sido acosada o abusada sexualmente, escribe “yo también” como respuesta a este tuit.

Pero ese no sería el verdadero comienzo del “Me too”. Como movimiento ya había sido creado desde 2006 por la activista Tarana Burke, para atender a mujeres afroamericanas de comunidades marginadas que sufren algún tipo de violencia sexual. Sin embargo, el reconocimiento no empezó hasta que los medios en masa no se hicieran eco de las experiencias de las celebrities, aun cuando no es de ahora que se viene hablando de acoso. Pero ¿sabemos cuántas mujeres han sido sus víctimas? ¿Conocemos los diversos nombres y rostros que oculta esta lacra social?

Con el despertar de los casos de acoso, el #Metoo también se ha reflejado como un movimiento de élite que ha destapado el silencio en el que permanecen muchas otras víctimas que de distinta clase social, etnia, nacionalidad, etc. han sido ignoradas desde sus experiencias particulares. La atención mediática “ha contribuido más a segmentar el silencio que a romperlo, contribuyendo a invisibilizar a las mujeres más oprimidas en detrimento de las más privilegiadas” (Manzano, 2018, p. 136).

«What history has shown us time and again is that if marginalized voices- those of people of color, queer people, disabled people, poor people- aren’t centered in our movements then they tend to become no more than a footnote. I often say that sexual violence knows no race, class or gender, but the response to it does… Ending sexual violence (and harassment) will require every voice from every corner of the world and it will require those whose voices are most often heard to find ways to amplify those voices that often go unheard»* Tarana Burke.

Tras la visibilidad del hashtag #Metoo, han relucido nombres de actores y directores famosos que alguna vez han sido denunciados de acoso, sin embargo, las cifras se multiplican si sumamos el margen de los desconocidos públicamente. De ahí a que otra de las consecuencias que han estado asociadas a estos escándalos es “la concepción de que el caso Weinstein se trata bien como algo   asociado a hombres poderosos, o bien como un escándalo aislado” (Manzano, 2018, p. 135). Ello lo refuerzan otros casos que, en mayor o menor medida, han ocupado la cima mediática, casi siempre, visibilizando a hombres famosos involucrados como victimarios, tal es el caso de Robert Sylvester Kelly, también conocido como R. Kelly, cantante y exjugador profesional de baloncesto.  

I believe I can fly (Creo que puedo volar)/I believe I can touch the sky (Creo que puedo tocar el cielo)/I think about it every night and day (Lo pienso cada noche y día)/Spread my wings and fly away (Extenderé mis alas y volaré lejos).

Así reza una estrofa de la canción “I believe I can fly”, uno de los temas musicales más populares y aclamados del cantante. Si no lo recuerdan puede que si la reconozcan como parte de la banda sonora de la película “Space Jam” (El juego del siglo), protagonizada por Michael Jordan.

R. Kelly ha sido acusado de frecuentes abusos sexuales y hasta hoy, todavía está pendiente a juicio por cargos federales que el artista insiste no haber cometido nunca. Desde 2002 se dio a conocer uno de sus primeros escándalos, cuando el diario Chicago Sun Times recibió una cinta de 27 minutos en la que se veía a alguien físicamente muy parecido a él, manteniendo relaciones sexuales con una niña menor de edad. Tras esto se le imputaron cargos por explotación sexual de menores y pornografía infantil.

Más adelante, en julio de 2017, en una noticia publicada en BuzzFeed, fue acusado de someter a chicas entre 17 y 21 años a “cultos sexuales” en sus residencias de Chicago y Atlanta. Después de esto, se llevó a cabo una investigación policial pero no se encontraron pruebas suficientes para seguir adelante con la denuncia.

Su larga trayectoria de abusos ha sido constante ante el ojo público, sin embargo, aun siendo anterior a los escándalos asociados al #Metoo, no han tenido tanta visibilidad como estos últimos. Cabe señalar que, a diferencia de las víctimas del #Metoo, las asociadas a los escándalos de acoso de R. Kelly son en su mayoría, mujeres negras que distan mucho de tener la popularidad mediática de las celebrities.

A pesar de tratarse de casos que reflejan un mismo problema, es indudable que los medios privilegian ciertos contenidos sobre otros. “Los editores y directores informativos, con su selección día a día y su desplegué de informaciones, dirigen nuestra atención e influyen en nuestra percepción de cuáles son los temas más importantes del día” (McCombs, 2006, p. 24).

De ello puede comprenderse las prioridades establecidas y por qué, medios como El País, publican noticias como la tituladaPrincipales acusados de acoso sexual en Estados Unidos de fecha 29 de noviembre de 2017, en donde pone rostro sólo a hombres famosos vinculados a algún tipo de escándalo por acoso sexual. De esta lista se excluye a R. Kelly y esto no es casual puesto que si bien el #Metoo ha dado voz a diversas celebrities, el resto de mujeres no han tenido la misma fuerza para poder levantar sus voces. Otro cuestionamiento que pudiera levantar la noticia, es que, si bien se centra en hombres públicamente reconocidos, ¿por qué no visibilizar otros múltiples rostros victimarios de estos casos?

Ante la política de visibilidad/invisibilidad que llevan a cabo los medios, es preciso desarrollar una visión crítica ya que todo de lo que bebemos para informarnos merece el margen de la duda. Levantemos cuestionamientos sobre ello porque será la única manera en que podamos también contribuir y ser críticamente activos con la información que consumimos.

Actualmente, R.Kelly sigue siendo investigado. Aunque todavía persiste en desmintir este tipo de incriminaciones, la serie documental “Surviving R. Kelly” ha dado más detalles que las autoridades no han podido eludir y que lo involucran de facto.

Las victimas de R. Kelly no fueron celebrities pero si mujeres, muchas de ellas negras. “El hecho de que esta historia involucre niñas negras claramente es un factor invisibilizante… Sin embargo, me atrevo a esperar que el nivel en la toma de conciencia sea más alto “, afirma Zakiyah Ansari, activista, miembro de la organización Alliance for Quality Education.

El silencio en torno a las víctimas y su frecuente exposición a este problema, cuando se trata de mujeres negras, no es un fenómeno nuevo. Desde tiempos posteriores a la abolición de la esclavitud “las mujeres estaban especialmente expuestas a recibir brutales agresiones del sistema judicial. El abuso sexual que rutinariamente habían sufrido durante la época de la esclavitud no se detuvo por el advenimiento de la emancipación” (W. E. B. DuBois en Davis, 2004, p. 95). Históricamente se ha discriminado, marginado y excluido a las mujeres. Las diferencias han forzado la exclusión de las mujeres, negras, indígenas, campesinas, pobres.

Los medios han dirigido la mirada hacia la visibilidad del acoso, por un lado dando más reconocimiento a las víctimas celebrities que en el problema en sí, lo que ha forzado la invisibilidad y la doble marginación de esas otras víctimas no privilegiadas que se han visto afectadas de diversas formas. También es innegable que han puesto mayor interés en hombres reconocidos públicamente, ignorando a conveniencia, otros rostros que han repercutido incluso en mayores medidas, en la reproducción del problema. Elementos como el género, la etnia, la clase, la orientación sexual, entre otros, deben ser centrales en los proyectos de liberación por la igualdad, sólo así se podrán reflejar las múltiples opresiones de las que son víctimas las mujeres en particular.

Las victimas del caso R. Kelly se encuentran en ese grupo de mujeres de las que poco se ha hablado, pero también hay que reconocer que son solo una parte de las que existen. Fuera del mundo de la celebridad y la fama, hay muchas otras voces que deben ser rescatadas y reconocidas a fin de ir desmontando poco a poco las violencias a las que se enfrentan en su día a día. En el camino debemos ir todas juntas de la mano ya que es lo que hará posible la sororidad que reclama poner en vigor el movimiento feminista como una revolución que debe involucrar múltiples y diversas experiencias.

Referencias bibliográficas

Burke, T. (Nov, 9, 2017). MeToo Was Started for Black and Brown Women and Girls. They’re Still Being Ignored, Washington Post. Encontrado en https://www.washingtonpost.com/news/post-nation/wp/2017/11/09/the-waitress-who-works-in-the-diner-needs-to-know-that-the-issue-of-sexual-harassment-is-about-her-too/

Davis, A. (2004). Mujeres, raza y clase. Madrid: Editorial: Akal.

Manzano, Z. L (2018). Apropiación ideológica y feminismo mediático : una aproximación crítica al caso Weinstein y el #MeToo en las ediciones digitales de S Moda y Mujerhoy. Trabajo Fin de Máster, Universidad de Sevilla.

McCombs, Maxwell (2006). Estableciendo la agenda. Barcelona: Paidós

“La Sirenita, ¿negra? No es racismo, pero…”

Halle Bailey fue elegida para interpretar a Ariel en la próxima película live action de Disney, La Sirenita.

Cuando era pequeña, solía pasarme horas frente al televisor al regresar de la escuela. Era el momento en que comenzaba la programación infantil. Mi niñez gravitaba entre el mundo real y ese mundo de la ficción que me aproximaba a la pequeña pantalla y me hacía disfrutar de dibujos animados como Elpidio Valdés, Aventuras en la Isla del Coco, Chuncha o Fernanda, todos, seriales de producción autóctona cubana.

A mí me parecían maravillosos los muñes. No era yo precisamente una niña que viviera apegada al consumo de televisión, pero, ¿a qué niño no le gustan?

A la producción nacional acompañaría todo un paquete de películas animadas de producción extranjera; entre ellas, las producidas por Walt Disney guardan en mi recuerdo una nostalgia especial por la manera en que fui flechada por filmes como Blanca Nieves (1937), Cenicienta (1950), La Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991), Aladdin (1992), etc.

No recuerdo el orden en que las terminé viendo, pero sí recuerdo sus tramas desde el principio como si las hubiera visto ayer. Hay muchas cosas que una no se cuestiona cuando es pequeña, y estos filmes terminan deleitándonos con un mensaje que casi se nos plantea incuestionable: ser princesa, conquistar el amor de un príncipe, aspirar a un modelo de belleza física. Todo esto se convierte, a grandes rasgos, en sus principales líneas discursivas. Sin embargo, nunca me pareció tan claro encontrar tan pocos referentes de mujeres negras como protagonistas.

«La imagen de inocencia y defensa de la moral que nos vende Disney dificulta un análisis crítico de productos como las películas Disney de dibujos animados. Sin embargo, analizando de forma crítica el contenido de esas historias podemos encontrar numerosos estereotipos que refuerzan valores sexistas, racistas y clasistas » (Digón, 2006, pp. 165-166).

Natural era para mí no encontrar nada, y digo natural porque yo no estaba buscando un referente de mi negritud en esas películas, ellas por si solas se posicionaron en mi mente como el referente al que toda niña debe aspirar. Esos estigmas tan complejos no se lo cuestionan las niñas tal cual, porque a tan temprana edad no se es consciente de los problemas asociados al hecho de pertenecer a determinado grupo social, pero es inevitable que sean elementos que causen ruidos en la percepción de lxs más pequeñxs de casa.

«People think that kids don’t catch subtle messages about race and gender in movies, but it’s quite the opposite» (Barnes, 2009). (Traducción: «La gente piensa que los niños no captan mensajes sutiles sobre raza y género en las películas, pero es todo lo contrario»)

¿Por qué casi todos los personajes de los dibujos animados son blancxs? Está bastante claro que no hay armonía interracial entre los caracteres de Disney. No creo sensato que alguien responda a esta pregunta aduciendo que porque siempre ha sido así y no tiene por qué ser diferente. Para quienes se detienen en este argumento, el patriarcado y el problema de la violencia de género dan respuestas más que suficientes como para no creer que lo que siempre ha existido está bien.

No se puede pasar por alto que tras las producciones del gigante mediático subyace la realidad de un gran poder económico y político que protege sin fisuras su posición mítica como abastecedor de inocencia y virtud moral norteamericana. No sólo proporciona las fantasías por medio de las cuales se produce, experimenta y afirma la inocencia de la infancia y la aventura, también produce prototipos para escuelas, familias, identidades y comunidades modelos y la manera en que debe comprenderse el futuro por medio de una construcción particular del pasado (Giroux, 1997, pp. 66-67).

El filme de La Sirenita (The Little Mermaid) se nos plantea reproductor de esas ideas y del hechizo que provoca la industria hacia el estereotipo del héroe, de la malvada villana, del amor romántico y de la vulnerable sirenita, también vista como la heroína, por el sacrificio que está dispuesta a hacer para alcanzar como objeto de deseo, el amor del príncipe. Esta clara evidencia de sexismo se puede percibir en varios pasajes del filme, uno de los ejemplos más claros se nos presenta cuando  Úrsula le decía a Ariel:

“Tienes tu belleza, tu linda cara. Y no debes subestimar la importancia que tiene el lenguaje corporal. Hablando mucho enfadas a los hombres. Se aburren y no dejas buen sabor, pues les causan más placer las chicas que tienen pudor. ¿No crees que estar callada es lo mejor?”

Ariel y Úrsula en La Sirenita.

La Sirenita no sería la única película que reforzaría los estereotipos de género. De una forma u otra, estos se repiten en todos los dibujos animados de Disney. En lo que concierne al tratamiento de la raza en estas producciones, son escasas de manera general.

El personaje de Jazmine en Aladdin fue un intento por dar visibilidad a una mayor diversidad racial: la primera princesa árabe fue alabada y criticada por este mismo motivo. Es válido señalar que la presencia de caracteres como este en la filmografía, también despertó críticas, pues la película magnifica los estereotipos populares asociados con la cultura árabe. Mientras algunos vieron un acto de buena fe, otros leyeron un intento de Disney de expandirse a otros mercados al introducir a una protagonista que, aunque nacida en el Medio Oriente, está fuertemente americanizada (Míguez, 2015, p. 49).

Jazmine en Aladdin.

Pero este no sería el primer intento por hacer colar la diversidad interracial. La representación de los afroamericanos en el trabajo de Disney ha sido motivo de gran polémica desde mucho antes. La canción del Sur (Song of the South, 1946) y El Libro de la selva (The Jungle Books, 1967) son dos ejemplos que han sido puestos en tela de juicio por la denigración que hacen de las personas negras. «Además, en los años 50 aparecieron en Frontierland representaciones racistas de los nativos norteamericanos como “pieles rojas” violentos» (Giroux, 1997, p. 72).

Otro intento por mostrar la heterogeneidad racial fue la aparición de Tiana en La princesa y el sapo: una princesa trabajadora que pretende ascender socialmente por sus propios medios y no a través del patrón seguido por muchos animados: el matrimonio. El final no termina de mostrar un empoderamiento real de la protagonista pero constituye una práctica que pone en cuestión la raza y rompe con el criterio normativo que asume a lxs protagonistas como personajes blancxs.

La princesa Tiana en La princesa y el sapo.

El propósito de utilizar diversos referentes es un elemento a favor de la educación de lxs más pequeñxs. Lo negativo radica en la historia de vender la idea de «la fantasía, el deseo y la inocencia en el aseguramiento de intereses ideológicos particulares, la legitimación de relaciones sociales específicas y la realización de una afirmación clara sobre el significado de la memoria pública » (íbidem, p. 78).

El valor educativo de esta industria es sumamente importante, por lo que debemos verla como un lugar donde confluyan paisajes culturales diversos y heterogéneos. La reciente designación de la joven actriz y cantante Halle Bailey para el personaje de Ariel en La Sirenita puede estar dirigida en este camino. No sabemos cómo se desarrollará el filme porque todavía no se ha estrenado, pero sin dudas constituye un esfuerzo por rescatar la raza frente a una industria que siempre ha respondido al criterio de la normatividad “blanca” y a cánones establecidos.

Halle Bailey tras la decisión de Disney expresó en su cuenta de Twitter: “sueño hecho realidad”.

Detengámonos a pensar en esto, puesto que la elección ha despertado olas de críticas en contra y en apoyo a la decisión de Disney de elegir a una mujer negra para encarnar este personaje en la próxima adaptación live-action del clásico animado. La selección de Bailey para protagonizar La Sirenita rompe con la normada blanquitud que ha caracterizado al personaje de Ariel.

Recordemos que La Sirenita se basa en el cuento original del escritor danés Christian Andersen, escrita en 1936. Fue adaptada originalmente como un ballet, pero a este se sumarían otras adaptaciones que incluirían un musical, una película animada japonesa de Toei Animation y la película animada de Walt Disney.

Muchas han sido las críticas que ha despertado la noticia. Merece la pena mostrar el caso de la red social Twitter, en donde se dio toda una explosión de mensajes que, posicionados bajo la etiqueta #notmyariel, arremetieron de manera negativa en contra de la designación de Halle como protagonista.


Traducción:
No es una película sobre sirenas … es sobre la película de Disney de 1989 basada en la historia “La Sirenita”, escrita por Hans Christian Andersen, donde la describe de piel blanca y de ojos azules. Ariel es de DINAMARCA … nórdica.
Traducción: Hablaré en nombre de los niños de los años 90. Las películas de Disney eran nuestras posesiones más preciadas. Memorizamos cada canción y conocíamos las películas de memoria. Ariel era una princesa en lo profundo de nuestros corazones. Fingimos ser ella cuando nadamos. Esto no es racista! Disney- Haz una nueva historia.

Estas personas parecen olvidar o desconocer que la adaptación de La Sirenita por Disney difiere en otros muchos argumentos del cuento original de Andersen.  En el cuento danés la sirenita no se queda con el príncipe; tampoco tiene nombre propio; la bruja es un personaje secundario y neutral y el príncipe está enamorado desde el principio de otra princesa ¿y esto ha levantado algún revuelo? La respuesta es no.

Traducción: No se trata de racismo, a la mierda … Se trata sólo de que la actriz elegida no se parece a la pequeña sirena que todos conocen y aman en sus mentes … No todo es odio y discriminación en este mundo queridos neomillenials …
Traducción: El racismo no tiene nada que ver con eso.

Tal como se encuentran insultados estos usuarios pareciera que se está cometiendo un pecado atroz contra el personaje de la sirenita como si se le estuviera amputando una característica esencial, cual si las sirenas fuesen originalmente mujeres, blancas, con cabello rojo y de origen danés.

La decisión de Disney ha dividido opiniones. Es importante destacar, cómo, desde las distintas posiciones a favor o en contra, se ha despertado la reflexión crítica en torno al problema social del racismo, el sexismo y la inclusión social en el cine; temas que, lejos de ser nuevos, rescatan la necesidad de poner el dedo sobre las patas de las que cojea la industria del cine.

Utilizar como argumentos los anteriores nos lleva a recordar cuántas películas han sido protagonizadas por actrices que no cumplen las características básicas del personaje que encarnan; pero las críticas sobre estas han pasado desapercibidas.

Podría llevarse a cabo un estudio comparativo bien detallado sobre cuánta polémica ha enraizado la selección de diversas actrices cuyo origen de procedencia no responden al contexto geográfico que describe la trama. Por citar algunos ejemplos tenemos a Emma Stone para interpretar el papel de una militar nativa de Hawai en el filme Aloha. O cuando Scarlett Johansson protagonizó la película Ghost in a Shell interpretando a un personaje asiático. O también se podría señalar a la actriz británica Naomi Scott, al encarnar el personaje de Jasmine en Aladdin.

De todos estos precedentes, ninguno ha sido tan viral como la elección de Halle para interpretar a La Sirenita. Quiérase o no, los comentarios racistas que enarbolan las críticas están injustificados e inevitablemente han incidido en la reflexión en torno a las prácticas de un racismo que intenta solaparse pero que está siendo muy real y evidente.

Toda esta masa crítica de opiniones en contra o a favor también ejerce, inevitablemente, grupos de presión sobre el papel que desempeñará la actriz. Todo el mundo está a la expectativa del estreno, algunxs para juzgar negativamente cualquier elemento de la actuación de Halle, la que de antemano se encuentra puesta en tela de juicio sin ningún objetivo claro, mas que la pretensión de censurarla al mínimo descontento.

Claro está que al final lo importante es lo que significará su protagonismo como mujer negra dentro del filme, pequeños pasos hacia la deconstrucción de los modelos preestablecidos y hacia la educación de todxs sobre la necesidad de entender que la diversidad de colores de piel debe ser respetada. Somos diversos por naturaleza, así también la producción que deviene de nuestros esfuerzos. Quiérase o no, imponer como modelo único, el de la princesa, blanca, proveniente de un país nórdico, desdibuja nuestra rica diversidad.

Sí, La Sirenita puede ser negra, y blanca y amarilla… Todos aquellos argumentos basados en que el color de la piel no tiene nada que ver con la oposición a la decisión de Disney, no son más que absurdas justificaciones que a toda voz gritan el evidente racismo al que aseguran no responder cuando dicen: “no soy racista, pero…”.

Referencias bibliográficas

Barnes, Brooks (2009, 29 de mayo). Her Prince Has Come. Critics, Too. The New York Times. Recuperado el 8 de julio de 2019 de http://www.nytimes.com/2009/05/31/fashion/31disney.html?pagewanted=all&_r=0l   

Digón, P. (2006) “El caduco mundo de Disney: propuesta de análisis crítico en la escuela”.  Comunicar no. 26. pp. 163-169.

Giroux, Henry, (1997), “¿Son las películas de Disney buenas para sus hijos?”, en Steinberg, Shirley R. y Kincheloe, Joe L. (Comps), Cultura infantil y multinacionales, Morata, Madrid, pp. 65-78.

Míguez, María (2015). De Blancanieves, Cenicienta y Aurora a Tiana, Rapunzel y Elsa: ¿qué imagen de la mujer transmite Disney? Revista Internacional de Comunicación y Desarrollo, 2, pp. 41-58.

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