“La Sirenita, ¿negra? No es racismo, pero…”

Halle Bailey fue elegida para interpretar a Ariel en la próxima película live action de Disney, La Sirenita.

Cuando era pequeña, solía pasarme horas frente al televisor al regresar de la escuela. Era el momento en que comenzaba la programación infantil. Mi niñez gravitaba entre el mundo real y ese mundo de la ficción que me aproximaba a la pequeña pantalla y me hacía disfrutar de dibujos animados como Elpidio Valdés, Aventuras en la Isla del Coco, Chuncha o Fernanda, todos, seriales de producción autóctona cubana.

A mí me parecían maravillosos los muñes. No era yo precisamente una niña que viviera apegada al consumo de televisión, pero, ¿a qué niño no le gustan?

A la producción nacional acompañaría todo un paquete de películas animadas de producción extranjera; entre ellas, las producidas por Walt Disney guardan en mi recuerdo una nostalgia especial por la manera en que fui flechada por filmes como Blanca Nieves (1937), Cenicienta (1950), La Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991), Aladdin (1992), etc.

No recuerdo el orden en que las terminé viendo, pero sí recuerdo sus tramas desde el principio como si las hubiera visto ayer. Hay muchas cosas que una no se cuestiona cuando es pequeña, y estos filmes terminan deleitándonos con un mensaje que casi se nos plantea incuestionable: ser princesa, conquistar el amor de un príncipe, aspirar a un modelo de belleza física. Todo esto se convierte, a grandes rasgos, en sus principales líneas discursivas. Sin embargo, nunca me pareció tan claro encontrar tan pocos referentes de mujeres negras como protagonistas.

«La imagen de inocencia y defensa de la moral que nos vende Disney dificulta un análisis crítico de productos como las películas Disney de dibujos animados. Sin embargo, analizando de forma crítica el contenido de esas historias podemos encontrar numerosos estereotipos que refuerzan valores sexistas, racistas y clasistas » (Digón, 2006, pp. 165-166).

Natural era para mí no encontrar nada, y digo natural porque yo no estaba buscando un referente de mi negritud en esas películas, ellas por si solas se posicionaron en mi mente como el referente al que toda niña debe aspirar. Esos estigmas tan complejos no se lo cuestionan las niñas tal cual, porque a tan temprana edad no se es consciente de los problemas asociados al hecho de pertenecer a determinado grupo social, pero es inevitable que sean elementos que causen ruidos en la percepción de lxs más pequeñxs de casa.

«People think that kids don’t catch subtle messages about race and gender in movies, but it’s quite the opposite» (Barnes, 2009). (Traducción: «La gente piensa que los niños no captan mensajes sutiles sobre raza y género en las películas, pero es todo lo contrario»)

¿Por qué casi todos los personajes de los dibujos animados son blancxs? Está bastante claro que no hay armonía interracial entre los caracteres de Disney. No creo sensato que alguien responda a esta pregunta aduciendo que porque siempre ha sido así y no tiene por qué ser diferente. Para quienes se detienen en este argumento, el patriarcado y el problema de la violencia de género dan respuestas más que suficientes como para no creer que lo que siempre ha existido está bien.

No se puede pasar por alto que tras las producciones del gigante mediático subyace la realidad de un gran poder económico y político que protege sin fisuras su posición mítica como abastecedor de inocencia y virtud moral norteamericana. No sólo proporciona las fantasías por medio de las cuales se produce, experimenta y afirma la inocencia de la infancia y la aventura, también produce prototipos para escuelas, familias, identidades y comunidades modelos y la manera en que debe comprenderse el futuro por medio de una construcción particular del pasado (Giroux, 1997, pp. 66-67).

El filme de La Sirenita (The Little Mermaid) se nos plantea reproductor de esas ideas y del hechizo que provoca la industria hacia el estereotipo del héroe, de la malvada villana, del amor romántico y de la vulnerable sirenita, también vista como la heroína, por el sacrificio que está dispuesta a hacer para alcanzar como objeto de deseo, el amor del príncipe. Esta clara evidencia de sexismo se puede percibir en varios pasajes del filme, uno de los ejemplos más claros se nos presenta cuando  Úrsula le decía a Ariel:

“Tienes tu belleza, tu linda cara. Y no debes subestimar la importancia que tiene el lenguaje corporal. Hablando mucho enfadas a los hombres. Se aburren y no dejas buen sabor, pues les causan más placer las chicas que tienen pudor. ¿No crees que estar callada es lo mejor?”

Ariel y Úrsula en La Sirenita.

La Sirenita no sería la única película que reforzaría los estereotipos de género. De una forma u otra, estos se repiten en todos los dibujos animados de Disney. En lo que concierne al tratamiento de la raza en estas producciones, son escasas de manera general.

El personaje de Jazmine en Aladdin fue un intento por dar visibilidad a una mayor diversidad racial: la primera princesa árabe fue alabada y criticada por este mismo motivo. Es válido señalar que la presencia de caracteres como este en la filmografía, también despertó críticas, pues la película magnifica los estereotipos populares asociados con la cultura árabe. Mientras algunos vieron un acto de buena fe, otros leyeron un intento de Disney de expandirse a otros mercados al introducir a una protagonista que, aunque nacida en el Medio Oriente, está fuertemente americanizada (Míguez, 2015, p. 49).

Jazmine en Aladdin.

Pero este no sería el primer intento por hacer colar la diversidad interracial. La representación de los afroamericanos en el trabajo de Disney ha sido motivo de gran polémica desde mucho antes. La canción del Sur (Song of the South, 1946) y El Libro de la selva (The Jungle Books, 1967) son dos ejemplos que han sido puestos en tela de juicio por la denigración que hacen de las personas negras. «Además, en los años 50 aparecieron en Frontierland representaciones racistas de los nativos norteamericanos como “pieles rojas” violentos» (Giroux, 1997, p. 72).

Otro intento por mostrar la heterogeneidad racial fue la aparición de Tiana en La princesa y el sapo: una princesa trabajadora que pretende ascender socialmente por sus propios medios y no a través del patrón seguido por muchos animados: el matrimonio. El final no termina de mostrar un empoderamiento real de la protagonista pero constituye una práctica que pone en cuestión la raza y rompe con el criterio normativo que asume a lxs protagonistas como personajes blancxs.

La princesa Tiana en La princesa y el sapo.

El propósito de utilizar diversos referentes es un elemento a favor de la educación de lxs más pequeñxs. Lo negativo radica en la historia de vender la idea de «la fantasía, el deseo y la inocencia en el aseguramiento de intereses ideológicos particulares, la legitimación de relaciones sociales específicas y la realización de una afirmación clara sobre el significado de la memoria pública » (íbidem, p. 78).

El valor educativo de esta industria es sumamente importante, por lo que debemos verla como un lugar donde confluyan paisajes culturales diversos y heterogéneos. La reciente designación de la joven actriz y cantante Halle Bailey para el personaje de Ariel en La Sirenita puede estar dirigida en este camino. No sabemos cómo se desarrollará el filme porque todavía no se ha estrenado, pero sin dudas constituye un esfuerzo por rescatar la raza frente a una industria que siempre ha respondido al criterio de la normatividad “blanca” y a cánones establecidos.

Halle Bailey tras la decisión de Disney expresó en su cuenta de Twitter: “sueño hecho realidad”.

Detengámonos a pensar en esto, puesto que la elección ha despertado olas de críticas en contra y en apoyo a la decisión de Disney de elegir a una mujer negra para encarnar este personaje en la próxima adaptación live-action del clásico animado. La selección de Bailey para protagonizar La Sirenita rompe con la normada blanquitud que ha caracterizado al personaje de Ariel.

Recordemos que La Sirenita se basa en el cuento original del escritor danés Christian Andersen, escrita en 1936. Fue adaptada originalmente como un ballet, pero a este se sumarían otras adaptaciones que incluirían un musical, una película animada japonesa de Toei Animation y la película animada de Walt Disney.

Muchas han sido las críticas que ha despertado la noticia. Merece la pena mostrar el caso de la red social Twitter, en donde se dio toda una explosión de mensajes que, posicionados bajo la etiqueta #notmyariel, arremetieron de manera negativa en contra de la designación de Halle como protagonista.


Traducción:
No es una película sobre sirenas … es sobre la película de Disney de 1989 basada en la historia “La Sirenita”, escrita por Hans Christian Andersen, donde la describe de piel blanca y de ojos azules. Ariel es de DINAMARCA … nórdica.
Traducción: Hablaré en nombre de los niños de los años 90. Las películas de Disney eran nuestras posesiones más preciadas. Memorizamos cada canción y conocíamos las películas de memoria. Ariel era una princesa en lo profundo de nuestros corazones. Fingimos ser ella cuando nadamos. Esto no es racista! Disney- Haz una nueva historia.

Estas personas parecen olvidar o desconocer que la adaptación de La Sirenita por Disney difiere en otros muchos argumentos del cuento original de Andersen.  En el cuento danés la sirenita no se queda con el príncipe; tampoco tiene nombre propio; la bruja es un personaje secundario y neutral y el príncipe está enamorado desde el principio de otra princesa ¿y esto ha levantado algún revuelo? La respuesta es no.

Traducción: No se trata de racismo, a la mierda … Se trata sólo de que la actriz elegida no se parece a la pequeña sirena que todos conocen y aman en sus mentes … No todo es odio y discriminación en este mundo queridos neomillenials …
Traducción: El racismo no tiene nada que ver con eso.

Tal como se encuentran insultados estos usuarios pareciera que se está cometiendo un pecado atroz contra el personaje de la sirenita como si se le estuviera amputando una característica esencial, cual si las sirenas fuesen originalmente mujeres, blancas, con cabello rojo y de origen danés.

La decisión de Disney ha dividido opiniones. Es importante destacar, cómo, desde las distintas posiciones a favor o en contra, se ha despertado la reflexión crítica en torno al problema social del racismo, el sexismo y la inclusión social en el cine; temas que, lejos de ser nuevos, rescatan la necesidad de poner el dedo sobre las patas de las que cojea la industria del cine.

Utilizar como argumentos los anteriores nos lleva a recordar cuántas películas han sido protagonizadas por actrices que no cumplen las características básicas del personaje que encarnan; pero las críticas sobre estas han pasado desapercibidas.

Podría llevarse a cabo un estudio comparativo bien detallado sobre cuánta polémica ha enraizado la selección de diversas actrices cuyo origen de procedencia no responden al contexto geográfico que describe la trama. Por citar algunos ejemplos tenemos a Emma Stone para interpretar el papel de una militar nativa de Hawai en el filme Aloha. O cuando Scarlett Johansson protagonizó la película Ghost in a Shell interpretando a un personaje asiático. O también se podría señalar a la actriz británica Naomi Scott, al encarnar el personaje de Jasmine en Aladdin.

De todos estos precedentes, ninguno ha sido tan viral como la elección de Halle para interpretar a La Sirenita. Quiérase o no, los comentarios racistas que enarbolan las críticas están injustificados e inevitablemente han incidido en la reflexión en torno a las prácticas de un racismo que intenta solaparse pero que está siendo muy real y evidente.

Toda esta masa crítica de opiniones en contra o a favor también ejerce, inevitablemente, grupos de presión sobre el papel que desempeñará la actriz. Todo el mundo está a la expectativa del estreno, algunxs para juzgar negativamente cualquier elemento de la actuación de Halle, la que de antemano se encuentra puesta en tela de juicio sin ningún objetivo claro, mas que la pretensión de censurarla al mínimo descontento.

Claro está que al final lo importante es lo que significará su protagonismo como mujer negra dentro del filme, pequeños pasos hacia la deconstrucción de los modelos preestablecidos y hacia la educación de todxs sobre la necesidad de entender que la diversidad de colores de piel debe ser respetada. Somos diversos por naturaleza, así también la producción que deviene de nuestros esfuerzos. Quiérase o no, imponer como modelo único, el de la princesa, blanca, proveniente de un país nórdico, desdibuja nuestra rica diversidad.

Sí, La Sirenita puede ser negra, y blanca y amarilla… Todos aquellos argumentos basados en que el color de la piel no tiene nada que ver con la oposición a la decisión de Disney, no son más que absurdas justificaciones que a toda voz gritan el evidente racismo al que aseguran no responder cuando dicen: “no soy racista, pero…”.

Referencias bibliográficas

Barnes, Brooks (2009, 29 de mayo). Her Prince Has Come. Critics, Too. The New York Times. Recuperado el 8 de julio de 2019 de http://www.nytimes.com/2009/05/31/fashion/31disney.html?pagewanted=all&_r=0l   

Digón, P. (2006) “El caduco mundo de Disney: propuesta de análisis crítico en la escuela”.  Comunicar no. 26. pp. 163-169.

Giroux, Henry, (1997), “¿Son las películas de Disney buenas para sus hijos?”, en Steinberg, Shirley R. y Kincheloe, Joe L. (Comps), Cultura infantil y multinacionales, Morata, Madrid, pp. 65-78.

Míguez, María (2015). De Blancanieves, Cenicienta y Aurora a Tiana, Rapunzel y Elsa: ¿qué imagen de la mujer transmite Disney? Revista Internacional de Comunicación y Desarrollo, 2, pp. 41-58.

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El Taxi

Era una mañana de esas en las que da pereza levantarse y hacer cualquier cosa. Claro que la falta de presión vino condicionada al hecho de que al fin de cuentas era fin de semana, podía descansar y decidir tranquilamente qué hacer durante el día. Lamentablemente mi espíritu de acción estaba decidido a seguir descansando aun cuando mis ojos se resistían a cerrarse porque ya mi cuerpo había cubierto las horas necesarias de sueño. Así fue que tomé la decisión de quedarme tumbada sobre la cama mirando al techo.

De repente, se me antojó un poco de música para terminar de ponerle el melodrama a esa situación tan penosa de hastío, inercia y paralización de casi todos mis sentidos. Agarré el móvil sin tener que hacer otro movimiento que el de estirar mi brazo hasta alcanzar la mesita de noche que tenía justo al lado de la cama.  Lo desbloqueé y ahí estaba esperándome la última playlist de Spotify.

Normalmente voy directo a mi música favorita, pero esta vez quise escuchar una lista diferente, así que dejé que la suerte del ‘Reproducir playlist’ me sorprendiera… el resultado no fue lo tan sorprendente ni grato que esperaba.

El Taxi… esa canción cargada de recuerdos y que ha quedado en mi cabeza como uno de los peores temas musicales, totalmente a la altura de esa categoría. Sólo atiné a dar un suspiro profundo de queja por mi mala suerte.

Yo la conocí en un taxi, en camino al club
Yo la conocí en un taxi, en camino al club

Así empieza la letra, pero claro, una se entera antes de que efectivamente es “la canción” porque ese ruido del background del principio es identificable a mil leguas de distancia. Debo reconocer que mis oídos se han hecho sensibles a su detección. Digo ruido y con eso ya quiero posicionarme claramente en que se trata de un tema que me desagrada desde principio a fin, y una de mis motivaciones para creer en esto, además de la letra, es la trayectoria poco fiable de su autor: Osmani García, el tan mal aclamado y autodenominado “La Voz”.

La espectacularización vanal de su vida es lo que ha despertado más que nada la relativa fama de este hombre. Cubano y residente actualmente en Miami, Estados Unidos. Osmani García ha levantado su fama a través de los escándalos asociados a sus relaciones personales, en donde él y su exmusa Dayami han sido la historia que ha dado visibilidad a su carrera artística.

Además de eso no hay más nada, o si, una carrera musical prácticamente vacía y sin otra visible proyección que la de generar interés con su perfil en redes sociales. Si no lo creen basta con visitarlas o, también CiberCuba puede ser una referencia, medio que al parecer ha seguido bastante activamente la vida de este personaje.

Hay que reconocer que la canción de El Taxi ganó mucha popularidad. No se puede tapar el sol con un dedo, el reguetón vende.

Críticas pudiéramos señalar muchas sin ser expertos en música: la canción es extensa, hay una muy evidente pobreza léxica. Ante todo esto, el autor se vale de ello para reafirmar su masculinidad en el discurso, posicionándose como protagonista central, ilustrando a la mujer como el objeto de su virilidad,  y de placer.

Me lo paro
El taxi
Me lo paro
El taxi
Me lo paro
El taxi
Me lo paro

Lo paro con una mano, lo paro que yo la vi
Cho cho cho fe para el taxi
Cho cho cho cho cho fe para el taxi

Quizás también este hombre viva de la autoemoción que le genera su música. A muchas personas les gusta esta canción y respeto la decisión, como bien dicen, “para gustos los colores”. Seguro que habrá peor música en toda la historia, pero no dejo de hilvanar cada letra de El Taxi y con ello cuestionarme en si no habrá sido una invención propia de su falta de talento y habilidades como cantante.

La canción reproduce los mitos relativos al ámbito de las conquistas sexuales como espacio de legitimación de la masculinidad donde la idea es vincularse sexualmente, pero no afectivamente. La mujer se percibe como ese objeto a alcanzar cual si fuese un premio para un hombre que se plantea la conquista como “la colección de ‘medallas de guerra’ que representan a cada mujer o coito logrado” (Salas, 2005, p. 71).

Ella está pa un accidente, no me importa si está crazy
No me importa si hace vino por ahí

(…)

No me importa si es casada
No la quiero pa instalarme
Yo no quiero que sea sólo para mí

(…)

Ella hace de todo to to to to to
Ella sabe de todo to to to to to

Y me pregunto, ¿qué querrá decir exactamente eso de “ella hace de todo to to to to to”?

En su Sitio Web La fábrica de éxitos se vale de la palabra para adornar su carrera musical. Se trata de un Web desactualizada que parece ser que en algún momento le sirvió para visibilizar su contenido artístico. Insisto en que me gustaría saber quién está detrás de esas aduladoras letras que casi que lo describen como el nuevo talento del siglo XXI. Se dice que “Osmani tiene precisamente eso, una Fábrica de Éxitos, lo mismo cuando compone un merengue, un reguetón, una balada o incursiona en cualquier nuevo género musical”. O cosas como que “todo lo que toca se convierte en melodía que llega al mismo corazón de su pueblo”… ¿en serio? Supongo que el fenómeno de generalizar lo hayan exagerado “un poquito”.

La letra no tiene ningún atractivo. Todo su discurso gira en torno a la figura de la mujer y a la sexualidad femenina, en un intento por casar este binomio presente en la música de este tipo de género musical. La participación de las mujeres queda reducida al coro y a la ‘sensualidad’ de la imagen de sus cuerpos en la producción audiovisual. Se convierte en esa imagen mutilada, puesta en función de los intereses de esa masculinidad construida.

Está dura, dura, qué dura
Pero ya tú sabes que ella quiere efectivo dinero, visa qué chula,
Lula,
Con culo de mula,
Y no le tengas duda, ella le saca todo el jugo a la uva
Que hace vino, sí Hace vino

Parece “cool” terminar en inglés y esta práctica es seguida por muchos temas de reguetón. Osmany la sigue para no quedarse atrás y sellar su canción con broche de oro:

Everything is just fine, why?
Because she makes wine
Everything is just fine, why?
Because she makes wine

La visión de la masculinidad en este ritmo musical coincide con una visión tradicional del rol de los hombres como parte del sistema patriarcal. Se trata de un contenido posicionado porque de alguna manera bebe de códigos legitimados socialmente para despertar el interés de las audiencias. Esto último se presenta como una de las razones para poder entender por qué sigue generando convocatoria y aceptación en general.

Reconozco que El Taxi, después de todo, ha merecido mi atención, pero no precisamente porque despierte mi satisfacción. Creo que si de algo ha servido, es para alentar a la crítica de los mitos y estereotipos que tienen normalizados, muchas canciones de este género musical.

Sólo espero que la suerte no me vuelva a tentar a escucharla.

Referencias bibliográficas

Salas, José Manuel (2005). Hombres que rompen mandatos: la prevención de la violencia. San José. Instituto WEM.

La historia de Ana…

Getty Images

Ella se llama Ana María pero todo el mundo le dice Ana. Su mamá está acostumbrada a seguir viéndola como la pequeña de casa. Le llama Anita, su niñita traviesa, la que siempre reía, la que siempre la recibía con un abrazo tierno cada vez que llegaba del trabajo cansada.

Ese abrazo revitalizador era su gloria, y lo que la cargaba de energías para empezar su segunda gran faena del día: las tareas del hogar. Sumaba a ello el dejar planchado y tendido el uniforme que al día siguiente utilizaría Anita para ir a la escuela.

Su padre también palpitaba de emoción con la alegría que irradiaba, aunque era más serio y sus demostraciones de afecto eran más medidas, también la adoraba y Anita sentía lo mismo por él. A ella sólo le parecía que su padre era un poco controlador. Sus reclamos así lo hacían ver: que si las niñas juegan con niñas y muñecas, no con niños; que si las niñas no juegan pelota, mejor apuntarla en clases de baile; que si la saya que tiene puesta está muy corta, qué pensarán de ella; que si las niñas no salen solas, la calle no es un lugar seguro; etc.

Por suerte, abuela y abuelo siempre estaban ahí para mediar ante las restricciones que se le imponían. No por gusto, eran sus guardianes, los que ella llamaba todo el rato sin cansarse “los requetemejores abus del mundo”.

Con el tiempo, Anita fue creciendo, seguía siendo la pequeña de la casa pese a que ya era notable que estaba casi a las puertas de la juventud. Sus diversiones transitarían de juegos de barbies entre amiguitas a invitaciones de fiestas nocturnas con lxs amigxs hasta llevar a casa al primer novio. Con el tiempo también tendría que despedirse de muchas cosas: tocó hacerlo de sus abus para siempre, de su pasión por la pelota, de los besos matutinos a mamá y papá, de su vivacidad y hasta un poco de ella misma.

Anita desde hace mucho se convirtió en Ana. La madre de una niña preciosa a la que adora, la esposa de un hombre del que se enamoró casi a primera vista y que la hizo la mujer más feliz sobre la tierra el día que le pidió matrimonio.

Ella de Psicología y él de Derecho. Ambos se conocieron en una fiesta de la Universidad de La Habana y la atracción fue mutua al instante. Un amigo en común los presentó, luego una cosa llevó a la otra, entre el baile, el ambiente y el alcohol.

Ellos se querían, ante sus amistades eran la pareja perfecta pero a veces tenían problemas como todas las parejas. Él a veces se ponía violento pero para Ana, esto era pasajero, intentaba excusarlo bajo la frase “él tiene su carácter, todos tenemos nuestro carácter”. Cuando se mudaron a vivir juntos, a veces discutían y él tiraba alguna cosa al suelo con la intención de hacerla callar cuando la discusión se ponía intensa. Para ella no pasaba nada, “todas las relaciones tienen sus diferencias” y ellos seguían enamorados.

Ana también amaba su profesión y a ello se dedicaría con todas sus fuerzas hasta que nació la pequeña de casa, a la que llamó María, como su mamá. Cuando supo que estaba embarazada fue como recibir un regalo, lo que tanto esperaba. Pasados 9 meses, nació María, luego pasarían 12 meses más en los que asumiría la licencia de maternidad por un año, para cuidar a la niña. Pero ese tiempo terminaría postergándose.

El esposo comenzó a trabajar como abogado para una firma internacional y no veía razón alguna por la que ella tuviese que trabajar porque, según él: “con mi salario es suficiente para mantenernos, ¿no ves que el salario tuyo no representa absolutamente nada? No tiene sentido que pierdas tu tiempo trabajando mientras puedes estar en casa dedicándole el tiempo completo a María”. Ella se opuso a esto y empezó a trabajar pero luego la salud de la niña se vino abajo y abría que dedicarle tiempo de cuidados, tiempos que el padre no estaba dispuesto a sacrificar.

Poco a poco Ana se vio alejándose de su vida profesional y ocupándose de ser madre a tiempo completo. Después vendría lo peor. Cada vez que llegaba el esposo del trabajo era un insulto tras otro hacia ella por diversas razones: porque no le gustaba la comida, o porque la casa estaba sucia, o porque ella cada vez se mostraba menos interesada en hacer el amor con él, o porque le reclamaba en qué se gastaba el dinero que él le daba, al fin de cuentas, “él era quien mantenía la casa” y se lo recordaba todos los días.

De insultos repetidos, él pasó a los golpes y a las amenazas, algunas de estas últimas eran de muerte. Ana se fue marchitando hasta un punto en que ya ni ella misma se reconocía. Un día él llegó tan borracho a casa que ella le gritó furiosa porque había despertado a la niña y esta lloraba sin parar. En un ataque de ira y descontrol él le fue arriba con todo; fueron golpes, patadas, le arrojó todo lo que tenía a su alcance, ni la pequeña lámpara de la sala salió invicta. Quedó inconsciente y rota, por dentro y por fuera. 

Ella nunca antes se había quejado porque le daba vergüenza que sus padres la vieran así, porque tenía miedo de que él la matase o le pasara algo a la niña. Temía también que, como abogado, pudiera crear una artimaña en su contra si intentaba denunciar, ya eso él le había advertido.

El amor se fue apagando hasta que desapareció y casi por poco a Ana la mata su esposo, pero no fue así. Esta historia no tiene un final trágico ni fatal porque esta no es la verdadera historia Ana, esta puede ser la historia de cualquier mujer que ha sido víctima de violencia de género. Los matices no son absolutos, sólo son un referente de historias diversas pero en nada se pretende que abarquen las distintas formas de expresión, ámbitos y prácticas concretas de este problema social.

Este ejemplo viene a poner un nombre a todas las víctimas de esta lacra, para visualizar los relatos que se esconden detrás de las vidas rotas, algunas no recuperadas porque han dejado de existir.

En Cuba, la violencia de género es una problemática que no ha merecido toda la atención que requiere y las cifras poco han ayudado a la visibilización del problema. En este sentido, merece la pena destacar las estadísticas recientes anunciadas este año en un Informe nacional ofrecido a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), sobre cómo se afronta la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En el mismo se ofrecen datos  sobre la tasa de femicidios* en 2016.

“El número de muerte ocasionadas por su pareja o expareja han disminuido entre el 2013 y 2016 en un 33,0 por ciento. En este último año la tasa de femicidios fue de 0,99 por 100 000 habitantes de la población femenina de 15 años y más”. (Informe voluntario de Cuba, 2019, p. 64)

Aunque resulta una novedad que se den a conocer estas cifras en un país en el que poco se conoce de casos específicos de agresiones contra la mujer, su publicación no es suficiente si tenemos en cuenta que: no es un dato que ha sido argumentado de forma sistemática; no se profundiza en cómo se determinaron estas cifras; se utiliza una categoría que ni siquiera se encuentra amparada en el marco regulatorio jurídico-penal del país.

Hacen falta muchos esfuerzos y no sólo el de mostrar los datos de la cantidad de víctimas, también debe concentrarse en normativas, procedimientos, acciones y la preparación de las autoridades responsables en atender los casos de violencia de género.

Un gran logro se verá cuando ya no existan víctimas… Confío en que llegará el día en que historias como la de Ana, nunca más se repitan.

*Femicidios: Marcela Lagarde lo propone como ‘feminicidio’. Según la autora, femicidio sólo significa el homicidio de mujeres y oculta la verdadera implicación social del asesinato de mujeres por parte de los hombres, de ahí a que proponga como voz de mayores connotaciones el “feminicidio”, calificándolo como “conjunto de violaciones a los derechos humanos de las mujeres que contienen los crímenes y las desapariciones de las mujeres (…) es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres” (Lagarde, 2008, p. 216).

Referencias bibliográficas

Lagarde, M. (2008). Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres. México: Universidad Autónoma de México (UNAM).

“Mammy”

La actriz británica Vivien Leigh (1913-1967) se apoya en una columna mientras la actriz estadounidense, Hattie McDaniel (1895-1952), aprieta su corsé en un fotograma de la película “Lo que el viento se llevó”.

Cuando vemos a la actriz Hattie McDaniel interpretando el personaje de Mammy en la película Lo que el viento se llevó (Gone with the wind), casi que con efecto inmediato nos mueve a trasladarnos en el tiempo.

De la película se pueden destacar un sinnúmero de elementos que nos ayudan a polemizar sobre la situación de la mujer en la época en que se desarrolla. Mucho se ha hablado del papel de los personajes que protagonizan la trama. Pero, en esta ocasión, hablemos de Mammy.

La película data de 1939 y recrea la historia de vida de Scarlett O’Hara, una bella joven adinerada, procedente del sur de los Estados Unidos. Se narra su supervivencia a través de la historia trágica del Sur durante la Guerra de Secesión, y sus enredos amorosos. Fue inmensamente popular, convirtiéndose en su momento, en la más rentable hasta entonces, y manteniendo esa posición durante más de un cuarto de siglo.

Uno de sus factores de popularidad estuvo condicionado por el hecho de que condujo a la primera nominación y premiación de una mujer negra a un premio Óscar. Reencarnando el papel de Mammy, se nos presenta a un personaje de buena criada, alegre y maternal, cuya vida estaba sujeta a la complacencia, servidumbre y fidelidad a su dueña, la señorita Scarlett (Vivien Leigh).  

Pero, ¿quién era esta mujer que, pese al profundo racismo que prevalecía socialmente en la época, supo imponerse para destacar exitosamente en la industria televisiva?  

Hattie McDaniel tuvo que superar la pobreza de su familia y alzarse ante una sociedad racista como la de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX.

Fue la menor de 13 hermanos que vivían en el seno de una familia muy pobre. Su sueño de convertirse en artista lo empezaría a andar cuando tomó la decisión de viajar a Denver. El talento natural que poseía la elevaría a alcanzar reconocimientos importantes en radio y televisión, deviniendo de lo primero, la ocupación de un puesto en la estación radial KOA de Denver. De 1931 a 1936 actuó en 12 películas y su nombre se fue haciendo popular. De las 94 películas en las que actuó, en 74 encarnó personajes del servicio; estos serían los papeles en los que principalmente se vería envuelta.

«Espero sinceramente servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga». Estas fueron sus palabras ante las críticas que la perseguían por reafirmar los estereotipos racistas, lo que para ella significaba una forma de atacar la discriminación.

Su actuación no era más que el reflejo de la condición social que muchas veces “tocaba” a las mujeres negras. Fue importante, no solo en la medida en que impulsó el camino hacia la presencia de las mismas en la industria fílmica, también contribuyó a mostrar una parte de la realidad social de la época. Esto no significa que haya constituido un triunfo en la lucha por la igualdad ni que haya cumplido el objetivo de ponerle fin a la segregación, pero sin duda, ratificó un mundo construido a la medida de una norma patriarcal y etnocéntrica. Fue un paso significativo en la visualización de los problemas acuciantes de la época, entre ellos, la disparidad racial.

La creciente discriminación no le sería ajena a la actriz pese a su reconocido papel y popularidad. Sufrió también exclusión, y uno de los ejemplos más brutales ocurrió cuando le fue impedido asistir, por su color de piel, al estreno de la película en la ciudad sureña de Atlanta.

Hattie falleció el 26 de octubre de 1952 y sin duda sentó un precedente para las personas afrodescendientes en la historia del cine.

La imagen de la “Mammy” que reencarnó la industria fílmica emergería de la esclavitud y estaría representada por actrices negras con el continuo propósito de estereotipar a la criada en los filmes de Hollywood.

«”Mammy” representa a la mujer negra que trabaja para los blancos y es mucho más que una empleada doméstica, es una verdadera madre, en muchas ocasiones ocupándose más de la familia blanca que de la propia» (Parkhurst, 1938).

El estereotipo de la mujer negra, cuidadora de niños blancos y cocinera del hogar se ha consolidado de muchas maneras, pero fundamentalmente a través del cine y el arte. Kimberly Wallace-Sanders (2008) ha analizado las diversas formas en la que esta figura sin nombre propio es parte de la memoria racial del sur de los Estados Unidos y ha influido en las diversas nociones populares sobre la servidumbre.

Este personaje seguiría siendo visualizado con los años, volviendo a mostrar el estereotipo de la empleada doméstica negra de los clásicos filmes hollywoodenses. En 2011, en la película Criadas y señoras (The Help), este personaje tomaría también la escena.

El filme cuenta la historia de tres mujeres que se arriesgan a cambiar sus entornos en un contexto marcado por la represión y el racismo. Se desenvuelve en el pueblo sureño de Jackson, Mississippi, en donde una aspirante a periodista Skeeter (Emma Stone), busca romper con los estigmas y prejuicios de la sociedad estadounidense, visualizando la vida de dos sirvientas negras (Viola Davis como Aibileen y Octavia Spencer como Minnie), que trabajan y son denigradas por familias blancas.

Las mammys devendrían como una representación sumisa y dócil al servicio de una comunidad liderada por personas blancas.

«A través de esta imagen se fue excluyendo a las mujeres negras de la categoría de la maternidad, alejándolas del ideal de feminidad que acompañaba tradicionalmente a la familia “ideal”, y que se apoyaba en una imagen de mujer que poseía las cuatro virtudes cardinales: piedad, pureza, sumisión y domesticidad» (Collins, 2000, p. 72).

Lo que el viento se llevó y Criadas y señoras representan una parte de la realidad social de la época, ubicando a las mujeres negras en un rol de otredad, de mammys. Ambos productos fílmicos abordan el tema del privilegio, la subordinación y las relaciones raciales en contextos distintos de cambio.

Referencias bibliográficas

Collins, Patricia Hill (2000). Black Feminist Thought. New York: Routledge.

Parkhurst, Jessie W. “The Role of the Black Mammy in the Plantation Household”, The Journal of Negro History, Vol. 23, No. 3, Jul., 1938, pp. 349-369. http://www.jstor.org/stable/2714687, consultado el 03/12/2014

Wallace-Sanders, K. (2008). Mammy: A Century of Race, Gender, and Southern Memory. Lansing: University of Michigan Press.

¿Cómo leer entre líneas el personaje de Viola Davis en “How to get away with murder”?

Digamos que nunca he sido muy fanática a ver series. No es por falta de opciones que me he acostumbrado a otro de tipo de entretenimientos. Sencillamente me causa ansiedad estar sentada largas horas observando la pantalla del televisor o del ordenador, dedicando un tiempo precioso a esta distracción.

Un capítulo termina engarzando con otro y luego con otro. Al final se genera un ciclo de adicción que me hace difícil controlar los tiempos. Al menos, ese era mi temor.   

Si se preguntan por qué han sido tan rentables las series televisivas dentro de la industria audiovisual a través de los años, pues ahí tienen parte de la respuesta. Las producciones seriadas logran conectar con los espectadores a través de la familiaridad, la empatía con los personajes, además de que crean momentos de compenetración  con los públicos. La duración de cada capítulo y su fácil consumo, también propiciado por la gratuidad del acceso en Internet, hacen sumar las ventajas en la elección de este tipo de productos.

Por más que me he resistido, en los últimos meses he cedido ante ello. Vino condicionado a que se me antojaba un momento de relax y por ello la imposibilidad autodeterminada de no ver ni un capítulo se convirtió, después de todo, en un “no pasa nada, un ratico estará bien”.

Entre una y otra llegué a How to get away with murder. Ya había escuchado hablar de esta, pero nada que me alentara a verla de inmediato. Confieso que la imagen de presentación me llamaba la atención, pero fueron varias las razones que mediaron en mi elección: el ver que una mujer negra era la protagonista; el elenco de actores que encabeza toda la trama y el vago recuerdo que tenía de alguien que me la había recomendado. Todo ello condicionó a que me encontrara con el contundente personaje de Annalise Keating, encarnado por la actriz Viola Davis.

El hilo conductor de la serie gira en torno a la historia de Annalise, una prestigiosa profesora de derecho penal de la universidad ficticia de Middletown en Pensilvania, la que también tiene bajo su cargo un pequeño bufete personal en el que se ha especializado en defender causas penales no resueltas. Cada año contrata como becarios a los estudiantes más brillantes, para que puedan aprender de primera mano sus estrategias y trucos para defender a personas culpabilizadas de asesinatos.

La aparición de un cadáver es el punto de inflexión de un misterio que implicará a todos los personajes hasta límites desbordantes.

La representación de la negritud en Davis es algo que captó mi atención desde el primer segundo en que empecé el episodio no. 1. Quizás fue por lo diferente en que se manifestó. Sin duda, la serie rompe con los esquemas que han enmarcado a las mujeres negras como personajes terciarios o esporádicos, prácticamente invisibilizadas e infrarrepresentadas, poco atractivas, inferiores, hipersexualizadas, esclavas, etc.

«Black women are frequently portrayed in media as unattractive, threatening, hypersexualized, and inferior to all others» (Chavez, 2013).

En Annalise vemos cómo confluyen los elementos sexo, raza, clase y orientación sexual para ilustrar la complejidad de un personaje que rompe con la naturalización de algunos de los estereotipos vinculados a estas categorías. A ella la caracteriza el ser mujer, negra, de alta posición social y el que haya mantenido relaciones sentimentales homosexuales, aunque esto último no se llega a visibilizar públicamente durante la trama.

Todo en su conjunto arma el paquete de las distintas opresiones a las que se enfrenta y esto confluye directamente con el concepto acuñado por Kimberlé Crenshaw como “interseccionalidad”. Para esta autora, cada una de estas opresiones interseccionan de forma diferente en cada situación personal mostrando estructuras de poder existentes en el seno de la sociedad.

La serie sirve para cuestionar las estructuras de poder dominantes a través del personaje de Annalise Keating, una mujer que se realza como ‘no canon’. Con ella prepondera una alternativa distinta al protagonismo normativo femenino y esto crea atracción durante todo el relato.

En las ocasiones en que se despoja del pelo, del maquillaje, para lucir su esencia misma, se va encontrando, e inevitablemente acerca al espectador a descubrir en ella su verdadera identidad.

El hecho de ser madre es otro aspecto que se le priva a la protagonista. El drama que envuelve los momentos en los que se evocan recuerdos pasados sobre la maternidad fallida y el accidente de coche con el que mueren sus esperanzas de tener un hijo, también forma parte de la construcción de este personaje peculiar.

Siempre que se cruzan los recuerdos de la maternidad, es visible una evocación entristecedora de su deseo por gestar, no obstante, esto no la convierte en una persona totalmente frustrada, ni histérica, como en muchas ocasiones se ha llegado a representar a la mujer cuando no se posiciona en el rol de “amada esposa y querida madre”. El personaje encuentra una posible salida a este infortunio, que aunque la marcan de por vida, hace su representación más humana y llena de las imperfecciones.

Su carácter se encuentra definido por los avatares que han marcado su vida. Es inevitable que encontremos momentos relacionados con la fortaleza que ha acumulado a partir de su experiencia como mujer negra en un mundo heterenormativo, patriarcal, etnocéntrico, en donde la blanquitud se percibe como la medida de todo, mientras que la negritud es excluida.

Los medios han contribuido a reproducir la imagen de las mujeres negras como sujetos subalternos, entendiendo a la subalternidad como «una condición del sujeto sometido y subordinado en términos de clase, casta, género, oficio o de cualquier otra manera » (Guha, 1998).

La definición de las mujeres negras ha sido pautada, no por ellas mismas, sino por lo que “los otros” dicen de ellas, con lo cual han sido construidas en oposición a un “ser hegemónico”.

El personaje que encarna Viola Davis rompe con la tradicional invisibilidad de las mujeres negras en el discurso mediático y, por otro lado, permite subvertir algunos estereotipos de género al mostrarla como protagonista, profesional de éxito, independiente económicamente, cuyo papel no está asociado a un personaje masculino. Tampoco se aprecia el énfasis en el físico y el atractivo sexual.

En Annalise predomina un carácter cargado de autonomía, sobre la que gira toda la trama. El elemento edad también resulta transgresor, por ser este un factor recurrente de las producciones seriadas, en donde predominan mujeres jóvenes caracterizadas por una apariencia estética que erotiza sus cuerpos.

How to get away with murder no gira en torno a un drama romántico. La prestigiada profesora no anda buscando un príncipe azul ni tampoco se encuentra definida por la emotividad, aunque el personaje vive momentos emotivos como cualquier otro ser humano. Se muestran diversas facetas de su vida que la humanizan y no restringen su capacidad sensitiva a la idealizada sensibilidad con la que se ha representado a las mujeres. Annalise es temperamental, a veces violenta y cruel, fuerte de carácter, determinada, vulnerable, sobreprotectora.

La heteronormativad también se ve cuestionada con la relación amorosa entre la protagonista e Eve. Fueron compañeras durante sus estudios de Derecho y desde esta etapa iniciaron una relación sentimental continuada hasta que Davis conoce a Sam, quien sería su esposo. Aunque esta trama específica se encuentra tímidamente mostrada, tenemos el personaje de Connor, alumno de ella, cuya homosexualidad se ratifica con fuerza durante toda la serie.  

Pese a elementos presentes en este personaje que busca otro modo distinto del tradicional de reafirmar la identidad de la protagonista, también se debe ser consciente de que esta representación no carece de limitaciones. En lo que se intenta reivindicar a un personaje autónomo, se reproducen estereotipos subyacentes que legitiman la imagen tradicional de la mujer. Un ejemplo de ello es la inestabilidad emocional que caracteriza al personaje principal, reproduciendo el mito de que cuando una mujer tiene éxito es porque ha tomado la elección de dejar su vida sentimental relegada, como si la vida profesional y la sentimental estuviesen en oposición.

How to get away with murder se nos presenta como una serie transgresora de los mitos y estereotipos étnicos y de género que ha caracterizado la ficción televisiva a través de los años. El discurso no está exento de hándicaps que hacen traslucir vestigios de la normatividad patriarcal, pero sin duda la cuestiona, así como también critica los prejuicios raciales y otros tabúes presentes en la sociedad contemporánea actual.

Encontramos en Annalise una MUJER que ES y se reafirma continuamente en su NEGRITUD.

Referencias bibliográficas

Chavez, L. R. (2013). The Latino threat: Constructing immigrants, citizens, and the nation. Stanford, CA: Stanford University Press.

Crenshaw, Kimberlé (1995). Mapping the Margins: Interseccionality, Identity Polítics and violence Againts Women of Color en K. Crenshaw; N. Cotanda; C. Peller; K. Thomas (eds.) Critical Race Theory. The key writings that formed the movement. p. 357-383. New York: The New Press.

Guha, R. (1998). On some aspect of the historiography of Colonial India, R. y Spivak, G (Eds.) Selected Studies. Oxford: Oxford University Press.

“Me gritaron ¡Negra!”

Mercedes Argudin Pacheco (Foto: Andres Urzua)

No dejo de pensar la primera vez que escuché el poema de Victoria Santa Cruz. Cada palabra de su voz resuena en mis oídos cuando lo recuerdo y es como volver a escucharlo otra vez. Quizás me impactó más por la manera en la que llegué a él: sin recomendaciones,  sin referencias, sin pretenderlo. Es ante estos casos que agradezco siempre que la búsqueda en “San Google” devuelva resultados de todo tipo.  

Ahora lo escucho cada vez que quiero. Dejarme atrapar por estos versos de resistencia también condicionó que me diera a la búsqueda de saber: ¿quién es esa mujer de la que no recordaba haber escuchado hablar y que levantó mi más alto interés en cuestiones de segundos?  

Y entonces, conocí su historia. La versión resumida quizás podría dejarla anotada en breves líneas: Su nombre completo es Victoria Eugenia Santa Cruz Gamarra. Nació el 27 de octubre de 1922 en La Victoria, provincia de Lima y murió el 30 de agosto de 2014, en Lima. Fue compositora, coreógrafa, diseñadora e investigadora de las culturas de raíz africana, exponente del arte afroperuano.

Victoria Santa Cruz

Pero mi curiosidad fue más fuerte. Seguí bebiendo de la historia de una mujer cuyas raíces e identidad negra definieron todo lo que hizo. La fuerza de sus discursos de resistencia provenía de una vida marcada por experiencias que la hicieron tomar conciencia de que su negritud estaba socialmente marcada como un peso negativo. Ello lo declama en su poema “Me gritaron negra”, en donde, tomando su propio relato de vida como referente, narra cómo el color de la piel actúa a través de los cuerpos para vaciarlos e inferiorizarlos mediante la categoría “raza”.

«Yo era la única negra. Un día había una niña entre ellas, una de pelo rubio y de inmediato dijo: “Si la negrita quiere jugar con nosotras, yo me voy”. Y yo pensé, “¿Quién es ella?” Acababa de llegar y ya estaba dictando las leyes. Qué sorpresa me llevé cuando mis amigas me dijeron: “Te puede ir Victoria”. Dije yo: “¿Qué?” (…) Yo estaba pequeña y cuando vi que mis amigas me hacían a un lado, me fui. Pero nunca olvidé. Nunca olvidé la importancia del sufrimiento. El punto no es ser víctima. Me pregunté: “¿Quién sufre? ¿Y por qué?” Y otras emociones empezaron a emanar (…). Esa niña estimuló algo en mi sin saberlo. Y llegué a descubrir lo que significa ponerse de pie sin buscar a quien echarle la culpa, sufriendo pero descubriendo cosas. Empecé a descubrir la vida (…) Una puñalada es una caricia comparado con aquello que me pasó. Yo no sabía que era negra. Cuando digo no sabía que era negra no estoy hablando del color, sino de lo que eso implicaba».

Esta fue la antesala de lo que sería su vida, cargada de folklore, acción, entrega y reafirmación de su identidad como mujer negra. Su poema favorece un discurso de resistencia ante la discriminación racial y de enunciación de los orígenes africanos de sus antepasados mediante el ritmo y la coreografía, de lo cual ya tenía una carrera reconocida.

Victoria inició su trayectoria profesional por las Bellas Artes en 1958 con el grupo de danza y teatro Cumanana, junto a su hermano Nicomedes Santa Cruz, poeta y estudioso del folklore peruano.

En 1961, es becada por el gobierno francés para estudiar en la Universidad del Teatro de las Naciones. En 1968 fundó Teatro y Danzas Negras del Perú. El folklore era su vida. Fue una de las pocas mujeres, latinoamericanas y negras, catedrática en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), de la que fue profesora vitalicia.

«Fui bailarina de Charleston desde que era pequeña y, poco a poco, empecé a descubrir el significado de la danza, la importancia de bailar lo africano. Los seres humanos no conocen su origen. ¿Cómo es posible que se critiquen y se desprecien tanto? Cuando te empiezas a descubrir a ti, entiendes qué es ser blanco, negro, indio, o rubio… Empezamos a entender la vida y cosas muy importantes».

Esto se refuerza en “Me gritaron negra”, lo que también ensalza su capacidad de conectar inmediatamente con su público. En todo momento su voz y el ritmo imponente de la melodía, llegan a envolver de una manera tan potente que cuando se escucha, es inevitable sentir la sensación de que una misma es la protagonista. Y es que Victoria se afirma continuamente en sus letras y las hace del todo suyas:

“Empiezo no a pensar en lo que digo sino a vivirlo. Y la gente se conecta. Hay una serie de cosas que la gente no sabe. Hay una vibración y eso entra ahí y hay un silencio”.

En el poema revoca el sentido humillante que exponen, los otrxs, de su negritud, para afirmarse en sí misma hasta sentir que sus palabras irradian orgullo de ser negra. Desafía a la cultura dominante y en ello reivindica la suya propia. Ella era una mujer que sabía bien quién era y por ello dedicó su vida a desafiar públicamente las opresiones que sufrían las comunidades marginadas por el color de la piel.

«Es terriblemente importante saber que no hay revolución sin evolución. Y en el presente yo sé quién soy. Sé quiénes somos y tenemos que hacer algo para ser libres y no tratar de hacer esta u otra cosa para mostrarles a los demás que soy superior. No debemos ser estúpidos».

Poema: “Me gritaron negra”

Tenía siete años apenas, apenas siete años,
¡Que siete años!
¡No llegaba a cinco siquiera!

De pronto unas voces en la calle
me gritaron ¡Negra!
¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra!

“¿Soy acaso negra?”– me dije ¡SÍ! “¿Qué cosa es ser negra?” ¡Negra!
Y yo no sabía la triste verdad que aquello escondía ¡ Negra!
Y me sentí negra, ¡Negra!
Como ellos decían ¡Negra!
Y retrocedí ¡Negra!
Como ellos querían ¡Negra!
Y odié mis cabellos y mis labios gruesos y miré apenada mi carne tostada
Y retrocedí ¡Negra!
Y retrocedí…
¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra!
¡Negra! ¡Negra! ¡Neeegra!
¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra!
¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra!

Y pasaba el tiempo,
y siempre amargada
Seguía llevando a mi espalda mi pesada carga

¡Y cómo pesaba! …
Me alacié el cabello,
me polveé la cara,
y entre mis cabellos siempre resonaba la misma palabra

¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Neeegra!
Hasta que un día que retrocedía, retrocedía y que iba a caer ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! ¿Y qué?

¿Y qué? ¡Negra! Sí ¡Negra!
Soy ¡Negra! Negra ¡Negra! Negra soy

¡Negra! Sí
¡Negra! Soy
¡Negra! Negra
¡Negra! Negra soy
De hoy en adelante no quiero laciar mi cabello

No quiero
Y voy a reírme de aquellos,
que por evitar – según ellos –
que por evitarnos algún sinsabor Llaman a los negros gente de color ¡Y de qué color! NEGRO
¡Y qué lindo suena! NEGRO
¡Y qué ritmo tiene!
NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO
Al fin
Al fin comprendí AL FIN
Ya no retrocedo AL FIN
Y avanzo segura AL FIN
Avanzo y espero AL FIN
Y bendigo al cielo porque quiso Dios que negro azabache fuese mi color Y ya comprendí AL FIN
Ya tengo la llave
NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO NEGRO
¡Negra soy!

Referencia: Jones, M., Carrillo, M., CRUZ, V., & Martínez, A. (2011). UNA ENTREVISTA CON VICTORIA SANTA CRUZ. Callaloo,34 (2), 518-522. Recuperado de: http://www.jstor.org/stable/41243115.

Había una vez, una princesa que se salvó sola

Ella se levanta temprano como todos los días, más bien madruga. Está acostumbrada a que cada día su reloj biológico sea su principal alarma. No necesita otra cosa, sabe que nunca le fallaría y no me pregunten, no sé por qué extraña razón se siente tan segura de ello.

Se mueve un poco sobre la cama pero bastan tan solo cinco segundos para poner sus pies desnudos en el suelo. Parece como si la frialdad del piso del cuarto, le hiciera aterrizar de sus sueños.

En lo que canta un gallo ya se aseó, tendió la cama. Agarra su pelo largo, canoso, desrizado desde hace más de 4 meses y lo hace una cebolla tan perfecta en tan poco tiempo que me quedo mirándola y preguntándome ¿cómo es que lo hace? Pero esto no es lo que más admiro de ella, es todo a la vez: su despreocupación por vestir de un modo u otro, ella vive feliz vistiendo como le da su gana; su capacidad para retener en la memoria cada detalle, cada mínima acción; su sapiencia y su don de acertar casi siempre en todo; su transparencia; su luz.

Ella era una mujer fugaz. Mientras, yo todavía andaba dando vueltas del cuarto al baño, de ahí a la cocina y luego de vuelta frente al espejo porque esa blusa que pensé del día antes, no me convencía del todo, tenía que decidirme por otra y pronto, porque no podía correr el riesgo de perder el bus del trabajo.

De repente mi pelo desrizado tampoco me gustó como había quedado, demasiado peinado para mi gusto. De chiquita siempre me preguntaba si era posible mantener un peinado para todo la vida, sin volver a tocarlo y dejarlo intacto de una vez y por todas. Pero claro, esta ilusión infantil se desmoronó a medida que fui creciendo y se fue complicando también con toda la cantidad de tratamientos químicos para el pelo a los que terminaría haciéndome dependiente. Actualmente todavía pienso en el día en que lo dejaré para no volver jamás atrás, mientras tanto, la dependencia sigue siendo mi peor compañía.

Debía apresurarme, me daba dolor de cabeza nada más pensar en que, debido a mi retraso, podría volver a irme en la puerta del bus, después de estar una hora o más esperándolo y, desde luego, invocar a los dioses no resolvería el problema.

Desde arriba ya podía escuchar el sonido de una televisión encendida y la voz firme del periodista que presenta la Revista de la mañana “Buenos días”. Desde arriba también podía sentir el aroma del café y el leve ruido de la cafetera al colar. Era como si por arte de magia la cafeína hiciera su efecto. Yo me apresuraba por terminar, mis minutos estaban contados, tenía que bajar de inmediato a desayunar.

Descendía las escaleras en lo que sentía el mecer de su sillón, era inconfundible ese sonido. Ella perdía siempre la concentración cada vez que yo bajaba. Era como si verme la hiciera salir de su mundo para, entre otras cosas, reprenderme porque como siempre, ya se me hacía tarde. El café estaba listo y servido, yo agarraba cualquier cosa del refrigerador, la mañana nunca me ha despertado mucha hambre, a ella tampoco. Le era suficiente el vasito de cristal especialmente destinado para su café solo y su vaso de café con leche.

Yo la miraba. Ella me miraba y con la mirada sabía perfectamente lo que estaba pensando: “siempre estás en lo mismo vieja, llegando tarde todo el tiempo”. Nuestras mentes se comunicaban con una facilidad única en la que el resultado devenía inevitablemente en una sonrisa de mi parte y un “estate tranquila que todavía tengo tiempo”. Ella me reviraba los ojos como niña chiquita, no se lo creía, nunca se lo creía. La mayor parte de las veces tenía razón en no hacerlo.

Tengo que reconocer que casi siempre acertaba. Como cuando me decía que debía estudiar más, que las niñas debían esforzarse el doble por ser alguien en la vida y nosotras el triple, tras lo que perfectamente entendía que el “nosotras” hacía referencia a nuestro color de piel. Su ejemplo es mi inspiración porque, por muy triste que sea la situación anterior, desde pequeña, nunca me ocultó la realidad que castraba y limitaba un poco nuestras vidas como mujeres negras.

La recuerdo tanta veces con su mano detrás de la nuca. Pensando, meditando en su mundo interior que sabe Dios cuán complejo era.

Una vez se me ocurre preguntarle que por qué no se afeitaba el sobaco (debajo de los brazos), a lo que ella respondía: “porque no me da la gana”. Su respuesta era cortante, radical y sin argumentos explicativos, pero su tono me hacía comprender que era mejor no seguir insistiendo en mi incomprendida pregunta si no quería problemas con ella. Caigo luego en la cuenta de que era lo mejor, de que estamos acostumbradas como mujeres a dar tantas explicaciones sobre nuestras vidas, a reinventarnos como quieren las demás personas que seamos, a ceder ante las presiones de la normativa feminidad, a buscarnos en imágenes ajenas a nuestros cuerpos para tener la aceptación del resto del mundo.

A veces quisiera volver a ser la niña despreocupada y feliz, me salto la parte de llorona y peleona porque no es algo de lo que esté muy orgullosa que digamos. Pero desear volver atrás me hace querer vivir de nuevo tantas reuniones de padres a las que ella asistía, asegurándose de que todo marchaba bien y contando con que no hubiera indisciplinas mía o de mi hermana, que contarle a mi madre cuando llegara del trabajo. Ella era una madre y padre por dos. Eso lo aprendió muy bien a fuerza de sobrevivir y luchar sola con sus hijos e hijas.

Quizás por eso nunca me he creído las historias estereotípicas que les cuentan a los niños y a las niñas donde se repite el aburrido guión de una princesa que es rescatada por un príncipe, donde esta tiene que encontrar el amor verdadero para ser feliz. La suya se salía de estas líneas; tal vez por eso siempre ha sido mi modelo a seguir, porque era real y verdadera. En mi cabeza, su historia es mi favorita: la de una princesa que se salva sola.

Porque cada instante me trae de vuelta tu dulce recuerdo…

“Hi, would you like something to drink?”

Hace unos días atrás fui a un bar con unas amigas. Para nuestra sorpresa, cuando se nos acerca el camarero, su primera frase de presentación en un mal pronunciado inglés, fue la siguiente: «Hi, would you like something to drink?».

Nosotras nos quedamos mirando extrañadas, estaba convencida de que telepáticamente las tres nos hacíamos la misma pregunta: ¿por qué nos habla en inglés?

Para contextualizar un poco: éramos tres chicas negras, sentadas en un bar en la calle Alameda, radicada en Sevilla, España. Una colombiana, una nigeriana y una cubana que charlaban tranquilamente en una asidua zona de la capital andaluza. Las tres hablábamos español, pero claro, parece ser que nuestro color de piel “gritaba” a viva voz que éramos extranjeras.

Llevábamos semanas decidiendo hacer ese encuentro, y aunque el plan era que se unieran más chicas, terminamos siendo tres, pero con el empuje de un millón. La idea que nos llevó ahí era crear redes de trabajo sobre experiencias de mujeres negras en Sevilla. El camarero, sin saberlo, nos ayudó por lo menos, a romper el hielo.

Puede que se pregunten: ¿qué es lo raro de que les hablen en inglés si son extranjeras? ¿Pudiéramos ser de un país anglo parlante? Si, una de nosotras lo era aunque hablaba español impecablemente ¿Pudiéramos ser de un país hispanoparlante? Si, en efecto también lo éramos. ¿Pudiera ser que no nos haya escuchado hablar español ya sentadas? También, puede ser. Pero este hecho tenía precedentes para las tres, no sólo nos unía en ese momento nuestro color de piel, sino que las tres ya habíamos vivido situaciones similares en otras ocasiones.

Debo reconocer que cada vez que paso por ello no puedo evitar reír. El conflicto no radica en si es evidente o no que seamos extranjeras, sino que nuestra negritud es lo que se asocia con algo de afuera, de otros contextos y no propio de este lugar. Por mi parte, llevo menos de dos años viviendo en España, pero mis compañeras llevan entre 15 y 17 años viviendo aquí. Sus historias tienen un vínculo especial con este país y aunque sus orígenes sean foráneos, ellas han desarrollado un sentido de pertenencia e identidad que las ha hecho formar parte, involucrarse, mezclarse con una cultura que también les pertenece de una forma u otra.

Lo gracioso y que nos puso a pensar es: nosotras nacimos en otro país, somos extranjeras pero, ¿qué pasa con lxs negrxs espanolxs nacidos aquí? ¿Es contradictorio decir que se es negro o negra español o española? La respuesta parece no ser tan obvia en un país que niega la negritud como característica propia, así lo apunta Deborah Ekoka, gestora cultural y coordinadora de la librería United Minds, al decir que:

«España es un territorio que siempre tiende a ocultar su pasado relacionado con la negritud para parecer más europeo. Pero ha habido personas afroespañolas desde hace siglos. Se ha querido blanquear a España negando la diversidad real».

Las historias de vida de mujeres y hombres españolxs negrxs también ratifican esta realidad que atenta contra su integración e identidades individuales. En este sentido, la periodista Lucia Mbomío apunta:

“España se piensa y se ve solo de una manera y no entiende que su riqueza cultural tiene que ver con las diásporas múltiples. Muchos españoles se sorprenden de que haya personas negras que hablen perfectamente en castellano… Creces sintiéndote sola, desde pequeña estás en una batalla constante”.

Por no hablar del papel de los medios de comunicación y su contribución en la perpetuación de prejuicios, estereotipos y mitos racistas.  En un análisis que hace el lingüista neerlandés Teun A. van Dijk, titulado “El racismo y la prensa en España”, el autor analiza la manera en que la prensa de calidad española aborda los sucesos étnicos y la inmigración.

En su trabajo llega a la conclusión de que, así como ocurre con el resto de Europa, los periódicos apenas contratan periodistas que pertenezcan a alguna minoría, de ahí a que no exista diversidad en las redacciones. Las organizaciones que representan a los inmigrantes rara vez aparecen citadas como protagonistas de noticias y tampoco hay un hábito de ofrecer información sobre los eventos étnicos.

Existe un sesgo perceptible que viene condicionado por la negación del racismo y la supremacía que se le otorga a los valores “democráticos” europeos. Se apunta además que las mediaciones viene influidas también por las imágenes estereotípicas de los inmigrantes, el énfasis del alarmismo sobre el control de las fronteras, la “invasión” de pateras desde el norte de África y la propia argumentación del discurso. En muy contadas ocasiones se habla de la discriminación cotidiana que sufren miles de personas.

Mientras esta realidad que comunican los medios siga siendo una constante, historias como la de Silvia Albert, actriz nacida en San Sebastián, País Vasco, serán propensas a repetirse una y otra vez dada la influencia del racismo y la omisión de la negritud como parte de la propia raíz de la nación española.

«Soy negra, española, vasca, catalana, alicantina, murciana y olé. Y en mis 41 años me han preguntado si soy nigeriana, guineana, camerunesa, congoleña, brasileña, colombiana, dominicana, neoyorkina, francesa, portuguesa… Pero jamás nadie, nunca, me ha preguntado si soy de aquí». 

Cada historia es un mundo distinto a otro. El mito de que todas las personas negras son africanas, es una falsa; así como también lo es la generalización de hablar de África como si fuera un país cuando es un continente conformado por 54 países reconocidos por la ONU. Es considerado el de mayor cantidad de países, en donde inglés y francés son los idiomas oficiales más hablados, pero donde la diversidad lingüística es tan rica que existen más de 2000 lenguas,  así que ¿cuántas historias únicas no existirán en África?

Algo parecido sucede con América. En lugar de generalizar, casi siempre se restringe su territorialidad a un solo país. Es muy frecuente asociar lo americano a lo perteneciente a Estados Unidos, como si este lo representara por sí solo. El continente americano es uno de los más grandes del planeta y su territorio lo conforma casi el 12% de población mundial; español e inglés son los idiomas más hablados. En su espacio geográfico están asentadas 35 naciones soberanas, 1 Estado Libre Asociado  y 24 territorios independientes.

Estos dos continentes agrupan múltiples y variadas historias. Todas ellas importan. Cada una tiene algo que las distingue y esto es lo que las hace especiales. Es importante saber valorar sus especificidades, puesto que al decir de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie, el no hacerlo puede atentar contra la dignidad de los pueblos que representan.

«Las historias importan. Importan muchas historias. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla», Ngozi en “El peligro de la historia única”.

Sobre esto y otros temas giró nuestra conversación, aquella que comentaba al principio… la de tres chicas negras sentadas en un bar en la Alameda. Ni siquiera éramos conscientes de que se hacía tarde.

Estábamos concentradas en proyectos, en conocer las historias particulares de cada una, en preguntarnos y respondernos cuestionamientos, muchos de los cuales eran recíprocos, en intentar entender la realidad que nos rodeaba… También sabíamos que un día no iba a ser suficiente para ponernos al corriente de todo y evacuar tantas interrogantes.

Mientras nos decidíamos a continuar la interesantísima charla en otro momento, alcé mi mano y de un golpe, las tres respondimos alto, claro, en perfecto castellano y al unísono como si nos hubiéramos puesto de acuerdo:

«Por favor, la cuenta» .

Apropiación cultural y el peligroso roce con “estar a la moda”

“Estar a la moda”, ese deseo que nos mantiene pendientes a las últimas tendencias en materia de ropa, calzado, bisutería y un gran número de indumentarias poco indispensables para la vida. Aún a sabiendas de que no satisfacen necesidades básicas, nos constreñimos a una espiral que nos va consumiendo poco a poco en ciclos de permanente cambio de apariencia.

La costumbre e inclinación por “estar a la moda” ha sido algo natural que define momentos y lugares específicos. Nuestra percepción en este sentido no es invariable, al contrario, puede cambiar a la par de nuevas tendencias y estilos que, de forma cíclica, vienen y van.

No sólo son los consumidores quienes marcan qué es lo que está de moda, las grandes empresas comercializadoras de productos también influyen sobre esto y en esencia, definen los patrones de consumo. Es por esto que existe una relación dual entre la oferta y la demanda que lleva a que la producción y el consumo sean elementos inseparables. En estas lógicas muchas veces se generan procesos de apropiación cultural.

La moda está en constante transformación y mueve dinámicas de cambio en el campo de la producción, poniendo todo el tiempo en oposición, discursos en torno a lo que se considera nuevo y viejo, caro y barato.

La excesiva preocupación que genera el consumo de lo que “está a la moda” no sólo refuerza ataduras a normas y determinados esquemas de belleza, sino que también legitima la explotación que genera la industria sobre las personas que trabajan detrás de las grandes empresas como mano de obra barata y bajo condiciones muy desfavorables. La industria la ha utilizado como instrumento de distinción de clases, reproduciendo en ello una segregación social y cultural que intenta visibilizar una aparente igualdad.

Las tendencias de moda han bebido de una fuerte mediatización. Sus productos se han visto insertados dentro de una industria cultural que busca apropiarse de las tradiciones simbólicas de las distintas culturas para ponerlas a la vista de un mercado que termina desvalorizando su significado. Un ejemplo lo tenemos en el uso de los rastas o dreadlocks, cuyo valor ha sido minorizado a través de la mediatización de simbolismos, volviéndolo un peinado exótico que en el fondo, seculariza la visión de Rastafari, de donde proviene este elemento cultural.

Estas tendencias de apropiación también han sido desarrolladas por los grandes grupos empresariales. Con el interés de ganar consumidores y aprovechándose de un prestigio de marca, se han adueñado de elementos culturales (peinados, danza, música, etc.) que han formado parte de la raíz histórica de naciones oprimidas. Esta práctica es conocida como apropiación cultural, lo que ejercen muchas empresas al extraer elementos culturales pertenecientes a un grupo social o comunidad y utilizarlo en provecho de sus beneficios económicos, e induciendo el silencio en torno a su origen, borrando toda huella de la cultura original.

Apropiarse significa hacer propio lo que a uno no le pertenece, por tanto es un ejercicio de poder. Ello refuerza el desequilibrio, al tomar sin permiso aquello que se quiere, normalmente sin respeto o conocimiento, despojando a las naciones de su historia y cultura. De ello ha traslucido además, la trivialización de la opresión histórica de una cultura sobre otra, el lucro resultante de la marginación cultural de elementos definitorios de otras naciones y la formación de prejuicios y estereotipos sobre las mismas.

Las empresas de moda han recurrido a estas prácticas al intentar apropiarse de algún aspecto de una cultura para implementarlo en su marca. El desarraigo cultural y el irrespeto a la cultura de naciones menos privilegiadas resulta ser un negocio rentable para las mismas puesto que les ha supuesto cuantiosas ganancias económicas.

Existe una larga lista de ejemplos. La podemos encabezar con John Galliano, diseñador británico que en 2003, al frente de la compañía que fuera fundada por el diseñador de moda Christian Dior, presentó un desfile de la colección Spring Couture. El mismo se termina convirtiendo en un show mediático ofensivo hacia elementos definitorios intrínsecos de la cultura china y japonesa. 

Desfile de la colección Spring Couture de Christian Dior, 2003.

Victoria’s Secret se convierte en otro ejemplo que pone de manifiesto la perpetuación de estereotipos sobre una cultura que ha sido marginada. En el año 2017 se colocó su desfile, Nomadic Adventure, en el centro de las críticas al representar en una colección en la pasarela de Shanghái, la exotización de las nativas americanas a través de modelos adornadas con plumas, coronas, alas. El show refuerza en todo momento la sexualización de la mujer y con ello el despretigio de la cultura nativa americana. Es sin dudas un ejemplo fiel al problema de la apropiación cultural.

Desfile de Victoria’s Secret en Shanghái, 2017.

Zara también ha entrado en controversia más de una vez. En 2018 puso a la venta un diseño en un color y forma muy similar al del Lungi, sin darle crédito a la cultura de la que se deriva. El “lungi” es una prenda tradicionalmente usada por hombres en países como India, Sri Lanka, Bangladesh, Pakistán, Nepal, Camboya y Tailandia, regiones en las que su uso viene asociado a su capacidad por soportar el clima húmedo que predomina.  

El respeto hacia las culturas, pasa por conocer sus orígenes, su historia, sus voces protagonistas. Un paso en este camino se dará cuando tengamos en cuenta de que lo que consumimos también nos define y nos hace partícipes de las dinámicas de apropiación cultural que despojan a las culturas de su historia. Compartir, escuchar, formarnos e informarnos, abrirnos al conocimiento de las distintas realidades culturales que existen y consumir con responsabilidad, es un paso en el camino hacia una sociedad en donde el intercambio respetuoso sea una premisa básica.

“Clarita te ves más bonita”

La semana pasada una amiga compartió conmigo un post publicado en Twitter, en el que Dominique Apollon, vicepresidente de investigación de la ONG contra el racismo Race Forward, expuso su testimonio al encontrar curitas del color de su piel. Emocionado por encontrar un producto adaptado a él, expresó su satisfacción por la existencia de una opción distinta a la experiencia blanca. En el tweet decía lo siguiente:

“Me costó 45 viajes alrededor del sol, pero por primera vez en mi vida sé lo que se siente tener una curita de mi propio tono de piel. Apenas se puede ver en la primera imagen. De verdad estoy conteniendo las lágrimas” (Traducción al Español).

Es poco frecuente encontrar productos adaptados a tonos distintos de piel. En un mundo pluricultural y diverso como el que vivimos no se tiene en cuenta la diversidad. Por ejemplo, casi toda la industria cosmética de los productos de belleza está diseñada a la medida de tonos de piel claros, en su mayoría blancos. Todo pareciera indicar que la exclusión es la norma.

La adaptación de los productos a tonos de piel clara ha condicionado la exclusión del resto. Y un fenómeno que se ha globalizado como consecuencia de ello es la “blanquitud deseada” que promueven los medios de comunicación y el incentivo que ponen sobre tratamientos de blanqueo de la piel. Todo esto influye directamente sobre la educación de las personas y sobre la naturalización de prácticas racistas en nuestra cotidianidad. Las mujeres se han visto especialmente afectadas por este bombardeo mediático de anuncios publicitarios y comerciales que dictan la norma de lo que “está de moda” y de “cómo estar a la moda”.

El blanqueamiento de la piel es un fenómeno muy popular en numerosos países, para el que se emplean varios métodos, que suelen tener efectos adversos para la salud. Un documento publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2011 muestra los altos porcentajes en la utilización de productos de blanqueamiento en varios países de Asia y África

-África (25% de las mujeres en Malí, el 77% en Nigeria, el 27% en Senegal, el 35% en Sudáfrica y el 59% en Togo).
-En 2004, casi el 40% de las mujeres encuestadas en China (Provincia de Taiwán y Región Administrativa Especial de Hong Kong), Filipinas, Malasia y la República de Corea usaban productos para aclarar la piel.
-En la India, los productos para aclarar la piel constituyen el 61% del mercado de productos dermatológicos (OMS, 2011).

Aunque estos tratamientos son actualmente prohibitivos en países como Nigeria, Sudáfrica y Kenia, se adolece de vías de control ya que siguen siendo accesibles en los mercados. En 2017, la firma de inteligencia de mercado Global Industry Analysts mostró estadísticas globales en donde la demanda de blanqueadores se calculó en 17.9 mil millones de dólares y se estimaba que alcanzaría los 31.2 mil millones para 2024.

Ante esta situación los medios actúan como detonantes en contra de la necesaria educación sobre el tema, ratificando en ello conductas racistas. Ejemplos de malas prácticas publicitarias podemos encontrar un gran número. Algunas no tan recientes, como es el caso del anuncio promocionado por la empresa de productos de limpieza The Fairbank Corporation, a principios del Siglo XX, en el que se anunciaba un jabón con la imagen de un niño blanco y rubio, ofreciéndole a otro niño negro que usase una determinada marca de detergentes.

Anuncio del jabón Fairy.

La industria cosmética en Asia, por otra parte, se ha enrriquecido a raíz de la obsesión por la piel clara. En este país se vincula el color de la piel con el estatus, el éxito en la vida, la meta de conseguir pareja y hasta con la felicidad. Un ejemplo es el anuncio protagonizado por la cantante, modelo y actriz tailandesa Cris Horwang en 2016, la que enfatiza que su tez clara es lo que le ha llevado a la fama. El lema del anuncio era “ser blanco te hace ganar”.

La aseveración de la compañía estuvo basada en que su producto contiene un compuesto de semillas de kiwi que ayuda a “no volverte negro”. El anuncio reproduce la idea ancestral de asociar la negritud con lo sucio, lo mundano, lo bajo en la escala social, y además, hay un fuerte contenido sexista que exalta el mito de la belleza como la meta a alcanzar.

Anuncio publicitario de la marca Seoul Secret.

La Campaña de Dove también ha estado en el centro del banquillo con alto contenido racista. En 2011 un anuncio de una línea jabón de esta empresa fue acusado por alinear a tres mujeres del tono de piel más claro a más oscuro para indicar un “antes” y un “después”. Esta publicidad termina reproduciendo el mismo error de Fairy años antes, se asocia la supuesta limpieza de la piel con la blanquitud, como si los colores oscuros representaran suciedad.

Anuncio publicitario de Dove.

Otro anuncio, también indignante, fue la campaña de publicidad desarrollada en Malasia por la empresa de bellezaWatsons en 2017. En 14 extensos minutos condensa como plato fuerte  todo lo que de racista, xenofóbico y sexista puede existir.

El anuncio cuenta la historia de cómo, un grupo de princesas, hacen una audición para impresionar a un comerciante rico. En el minuto nueve el protagonista escucha la voz de una dama que está cantando. Su rostro está cubierto con una máscara y cuando el comerciante le pide que lo descubra, la mujer deja al descubierto su negritud ¿Cómo se describe el final feliz? Después de que ella lavara su piel oscura, el comerciante se enamora perdidamente y esta le confiesa: “No soy negra, de hecho, estoy impecable”.

Imagen de la protagonista del anuncio de Watsons.

Ante la representación en extremo ofensiva y desagradable dirigida por la empresa, tampoco se contribuyó a apagar ni un poco el caos que incitó, pues sus argumentos de supuesta disculpa fueron: “El video fue rodado para resaltar la leyenda y sus valores morales de belleza interior y que el amor verdadero existe”.

Los mitos del amor romántico pueden ser visibilizados ampliamente en este comercial: el asociar a la consecución del amor con la felicidad, glorificando la búsqueda de la otra mitad como una meta vital. El predominio del carácter patriarcal del anuncio, en donde la hombría es relacionada con la fortaleza, la independencia, el poder, la autoridad; mientras que la feminidad se asocia con la inestabilidad, la afectividad, la pasividad, el cuerpo y la belleza normada.

Los medios han fortalecido la exclusión de la industria de la belleza. Luego de que han salido anuncios publicitarios racistas, algunas compañías reconocen públicamente la publicidad negativa, otras simplemente silencian los errores y punto en boca. Pero todas las acciones tienen consecuencias, y que estos errores sigan estando a la orden del día en la actualidad, es un reflejo de lo arraigado que está el problema socialmente.

Pero también es válido señalar buenas prácticas.  “Oscuro es bello” es un ejemplo de ello. Se trata de una campaña que se impulsó en 2013 y que levanta su esencia contra los prejuicios hacia la piel oscura. El anuncio celebra la diversidad de los colores de piel en India.

“Dark is beautiful”, campaña por la diversidad de colores de piel.

Por más que se diga que la moda es cíclica, no es un secreto para nadie el hecho de que está sujeta a esquemas en donde casi siempre predomina lo blanco, las tallas pequeñas, la estatura “adecuada”, lo excesivamente delgado… Cuestionemos las normas porque no están hechas para que nos sintamos prisioneras de ellas; celebremos los colores de piel, por diversos que sean, todxs merecemos celebrar la belleza existente en nuestra infinidad de matices.

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