San Isidro: la fiesta de los claveles

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Llegamos en metro, después de un apretado viaje en el espacio reducido del pasillo de la Línea 5. El viaje fue más largo de lo habitual, multitud de gente esperaba en cada parada en virtud de llegar al destino indicado. El metro nos depararía un trayecto de largas esperas en cada parada con tiempos más extendidos de lo usual. Quizás todo condicionado por los aires de fiesta y el hecho de que casi todos confluíamos para llegar al mismo lugar en ocasión de las fiestas de San Isidro.

Por suerte, pudimos tomar asiento y de camino hablábamos de cualquier tema que de interés despertara la conversación. La cosa es que en el metro uno nunca se aburre, porque siempre hay algo interesante que llama la atención o algo de lo que reír en medio de la seriedad que imponen los rostros con mascarillas. De pronto veo que una de nosotras me tira del brazo para señalarme lo que considero una de las indiscreciones más descaradas que pueden acontecer en el transporte público: una persona le miraba el teléfono descaradamente a otra. Solo faltaba que en ese momento se sacara unas gafas para leer con más detenimiento y hasta que le pidiese permiso para acceder a esa conversación ajena que, al parecer, encontró bastante más entretenida que prestar atención a sus asuntos. 

Todo acabó cuando nos tocó bajarnos, no parábamos de reír y asombrarnos de tamaña indiscreción y descaro. El incidente quedó eclipsado totalmente por el ambiente de celebración que nos acogió al salir del metro. Madrid viste de fiesta y solo basta con salir a la calle para respirarlo. La ciudad celebra uno de los patronos santorales venerado por la población madrileña. Cuenta la leyenda que San Isidro era un hombre sencillo y muy piadoso, que rezaba siempre, lo que le valió acusaciones de vago ante su patrón, el que al observarlo rezando en una ocasión, vio como los ángeles guiaban a los bueyes para que arasen solos.

Sus dones están relacionados con la capacidad de apaciguar las sequías, de ahí a que el agua sea unos de los elementos que se asocia a esta santidad. Muchos devotos van a beber a su ermita y a llenar botellas de agua, haciendo cola durante horas. A su muerte, lo enterraron en la iglesia de San Andrés y cuarenta años después, al ser exhumado, se descubrió que su cuerpo estaba impoluto, lo que llevó a que se extendieran demandas para convertirlo en santidad.

Las fiestas de San Isidro me recuerdan la Feria de Sevilla, dos tipos de festividades que celebran culturas y tradiciones locales. Aunque la de San Isidro celebra a esta figura religiosa, no deja de tener ciertos parecidos con las celebraciones de la feria sevillana, en donde lo que se celebra es una fiesta social. La Feria tuvo en sus principios un carácter mercantil porque constituía el espacio para llevar a cabo la compra y venta de ganado. Con los años se ha convertido en uno de los festejos más relevantes de Sevilla y en una de los eventos sociales más populares no solo de esta ciudad, sino también de toda la península Ibérica. Ha sido interrumpida dos años durante la Guerra Civil, y recientemente en 2020 y 2021 por la crisis sanitaria mundial de la COVID-19.

Cuando Sevilla se viste flamenco, van y vienen trajes de sevillanas, cantes, carricoches y toda una ambientación que puede dar la sensación de que estás inmersa en una película del siglo pasado. Mientras, las fiestas en Madrid son un ir y venir tan variopinto, multicultural que parece una ambientación más moderna mezclada con tradición e historia. Cualquier comparación debería resaltar el lugar especial que estas dos festividades guardan en la vida de los sevillanos y madrileños.

Era maravilloso observar a personas de todos lados, con claveles o sin claveles, con traje y sin traje, niños, jóvenes y adultos, vestidos casuales o de etiqueta u otras, que como yo, llevábamos un largo día en el que, por mala planificación, decidimos ponernos cualquier cosa, en mi caso, un vestido largo, tipo casual tirando para vestido de andar en casa. La única cosa que me aportaba era la chaqueta, pero eran las 7 pm de un sábado de mayo 2022 en Madrid, el calor se sentía, no de forma abrumadora, pero abrazaba a ratos. Muchas personas vestían ropas tradicionales, los llamados chulapos y chulapas, trajes típicos que forman parte de la ocasión.

Y andando veíamos toda una larga vía llena de puestos y chiringuitos, mientras de un lado y otro se podían ver montones de personas que yacían en el césped. Cualquier cosa era posible comprar, desde las famosas rosquillas del Santo, torraos, garrapiñadas, hasta objetos artesanales de todo tipo, ello incluía, por supuesto, la venta del sello de la fiesta: los claveles. Entre tanta multitud siempre hay algo curioso que salta a la vista, y una de ellas fue la de observar a dos extraños en perfecta combinación de vestuario, acuclillados en medio de la acera en posición fecal. La verdad es que me despertó la curiosidad, puesto que todavía me quedan dudas de si se trataba de una performance o simplemente, llamando la atención del público por el solo placer de hacerlo.

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Claveles por doquier, estos eran el elemento unitario de toda la pasarela.

Me faltó el parque de diversiones, endiosado por los más pequeños de casa y por supuesto que también por muchos adultos.

San Isidro fue un llegar e irnos con el deseo de regresar.


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